Por Tiara D’Avanzo

Ahí está Perón. Dos pasos detrás del vidrio, bajo una lápida de siete palabras. Tres a la izquierda: Solidaridad, Desinterés, Sinceridad. Tres a la derecha: Pueblo, Generosidad, Humildad. Y una justo en el centro: Amor. Esta parece unir a las otras seis por debajo, como si cerrara una grieta. En la pequeña cripta hay también un retrato del General con fecha de 1973, las banderas argentinas y bonaerense, y una mesa con un mantel blanco en el que se exhiben una gorra militar, un sable corvo y una pequeña foto de Perón jurando con la banda presidencial.

Los visitantes caminan bajo el sol por el enorme parque de esta quinta-museo sin poder ingresar a la casona de la localidad de San Vicente, a 60 kilómetros de Capital y donde Perón y Evita venían a escaparse de la rutina urbana. No son muchos visitantes. Quizá 50 o 60 que en pequeños grupos parecen menos todavía. Hay familias con chicos, parejas y algunos grupos de amigos que llegan hasta el sitio por distintas razones.

El Mausoleo de Juan Domingo Perón.

El chalet principal del predio está definitivamente en malas condiciones. Hay un olor penetrante a humedad por las goteras. Ese líquido, a su vez, levanta el empapelado de las paredes y el parquet del piso. La humedad también está en las paredes y el techo del dormitorio principal y el baño, donde aún se exhibe un secador de pelo de pie que usaba la primera dama.

En los pasillos hay cables colgando y enchufes sin tapa, entre pequeños carteles con frases de Perón sobre la quinta: “Cuando estábamos allí no queríamos tener a nadie. Era ella, Evita, quien hacía las camas. Y yo la comida. Soy muy buen cocinero. Hago buenos canelones o tallarines a la boloñesa o a la parmesana“. Ahora todo es más bien lúgubre. 

A pocos metros está la pileta que hizo construir Perón, también descuidada, y un torreón que alberga un tanque de agua y aún tiene una antena de radio. Perón lo usó un par de veces para hablarle al país desde allí, en este paraíso de eucaliptos y cotorras. Los descuidos llegan hasta el tren presidencial que usó para llegar hasta Salta en 1951, en plena campaña presidencial. Está expuesto en un rincón del predio al que se llega caminando alrededor de cientos de metros de maleza descontrolada. Lo mejor del chalet está adentro (dormitorios, comedores, la oficina donde Perón armaba discursos) pero sólo se puede ver desde afuera, a través de las ventanas sucias.

La guía dice que en la quinta trabajan unos 20 empleados “de planta” de la provincia de Buenos Aires, y que varios de ellos son “administrativos”. En el área de Seguridad aseguran que la provincia sólo paga los sueldos y el combustible de los móviles, pero que no hay presupuesto para las reparaciones.

Esos fondos salen de la recaudación de las entradas (60 pesos la general, 30 para jubilados) y los administra la Asociación de Amigos de la Quinta de Perón. La mayoría son militantes y dirigentes de San Vicente que responden a Antonio Arcuri, ex senador provincial que estuvo al frente del Fondo para el Conurbano durante la gobernación de Eduardo Duhalde.

Fotos: Tiara D’Avanzo