Pablo Ehulech, 10 años
Hoy: Ingeniero en software

Mi abuelo fue una persona muy importante en mi vida. Durante mi infancia, él me acompañó en momentos muy importantes. Siempre estaba presente. Yo lo admiraba mucho y disfrutaba pasar tiempo con él pero, sobre todo, una de las cosas que con más afecto guardo en mi memoria son las largas charlas que teníamos junto a la chimenea. Los sábados a la noche era nuestro día. Después de comer nos sentábamos al lado del fuego y él me contaba alguna historia. Siempre tenía algo distinto, un as bajo la manga con el que lograba entretenerme.

En una ocasión me contó un hecho que realmente me dejó pensando muchos días. Estos encuentros siempre me dejaban alguna idea rondando en la cabeza pero esta fue distinta, tal vez por su naturaleza o por la reflexión de mi abuelo. No lo sé, sólo sé que la historia involucraba militares, fuego y libros.

Claramente era la quema de libros que se llevó a cabo durante la dictadura. Mi abuelo era una persona muy correcta y le encantaba leer. Pasaba horas y horas sentado en una mecedora con un libro en su mano. Por eso, para él fue un hecho terrible a pesar de haberse convertido en una práctica habitual de los gobiernos dictatoriales. 

Yo no terminaba de entender la gravedad de quemar libros. La verdad, no era muy fanático de la lectura; siempre preferí los deportes. En mi mente la solución era tan fácil como comprar otro ejemplar y punto. Pero mi abuelo me cambió la perspectiva con las siguientes palabras: “La cultura es una de las cosas más importantes que un país puede tener: forma parte de su identidad, es característico y distintivo. Por eso, jamás se debe permitir que nada ni nadie la mate porque si ésta desaparece, desaparecen las ideas y es muy peligroso que todos piensen igual. La diversidad es muy importante y hay que luchar contra el fanatismo de la monotonía. Sin dudas, esas palabras me sirvieron no sólo para reflexionar sobre ese hecho sino también para agudizar mi mirada sobre otras cuestiones.

Producción: Inés Ehulech