Esteban Petracchi, 9 años
Hoy: Empleado bancario

Viví en el campo hasta 1979, a 450 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires. Allí todo era muy tranquilo. En mi casa la dictadura no era un tema que generara terror porque estábamos muy alejados de todo eso. Recién a mis 9 años me mudé a la Capital Federal y ahí sí recuerdo que empecé a notar muchos cambios en la conducta de mis padres, de compañeros o la gente que me rodeaba. Parecían dos mundos completamente distintos. 

A los pocos días de habernos instalado en nuestra nueva casa, acá en el centro, mis papás nos sentaron a mis hermanos y a mí y nos dieron una charla. Nos pidieron enfáticamente que en la calle no hiciéramos lío. Recuerdo que me tomó por sorpresa. Yo estaba acostumbrado a jugar con mis amigos en la calle, a andar en bicicleta a toda hora, gritar, correr, reír… ¿Qué significaba no hacer lío? ¿Por qué tenían que advertirme de los peligros que podía correr si no lo cumplía? No lograba entenderlo.

A eso se sumó que debíamos ser educados -muy- y que no podíamos andar de noche y, menos que menos, solos. Y, sin duda, una de las cosas que más me llamó la atención y recuerdo casi como si hubiese sido ayer fue cuando mi papá me miró a los ojos y con gran tensión en su mirada me dijo: “Si te preguntan a qué se dedican tus papás, vos decí que somos trabajadores”. De nuevo, en mi cabeza no paraba de preguntarme, en primer lugar, ¿por qué a alguien le interesaría saber a qué se dedican? ¿Por qué me lo preguntarían en la mitad de la calle? Y, por otro lado, ¿por qué no puedo decir que mi papá trabaja en una empresa?

Viví todo esto con la inocencia propia de un niño de nueve años. No obstante y sin entender mucho, cumplí con todos los pedidos de mis padres y, por suerte, nunca pasé un mal trago. No sentía miedo porque en mi casa nos acercaban la realidad y las noticias más suavizadas. Pero la mirada tensa de mi padre, esos ojos verdes clavándose en los míos —hasta te podría decir, con un dejo de nerviosismo— eso jamás lo olvidaré.  

Producción: Inés Ehulech