Buenos Aires

martes, abril 7, 2026

Una vida breve que dejó huella en la Argentina

Por Julián Carlotto

Dejó jirones de su vida para cambiar una realidad que oprimió durante años a los relegados de una nación y fue la voz de un pueblo silenciado por décadas. Sus palabras, la herramienta de cambio y una caricia al alma para los descamisados que la transformaron en la abanderada de los humildes, esa mujer que llegó a la política desde un plano lejano y la modificó para siempre.

Sus discursos se multiplicaron en las gargantas de aquellas personas que se sintieron acogidas por sus palabras, las mujeres del campo, del quebrachal y del ingenio, esas mujeres de su país que trabajaron y lucharon rudamente por su hogar y  a quienes les otorgó –luego de una larga historia de lucha, tropiezos y esperanzas– el derecho a elegir y ser elegidas.

María Eva Duarte nació el 7 de mayo de 1919 en Los Toldos, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, dentro de la “familia ilegítima” de Juan Duarte, un estanciero y político conservador, que murió cuando ella tenía seis años y generó un silencio que puso a un pueblo de espaldas ante una familia en ruinas.

A los 15 años acomodó en palabras sus sueños y emigró a la ciudad de Buenos Aires con la intención de convertirse en actriz. La joven Eva era parte del proceso migratorio interno que transformó a la Argentina durante las décadas de 1930 y 1940 y que tuvo como protagonistas a los “cabecitas negras”, esos inmigrantes que no tenían voz, solamente sus manos y su cuerpo para trabajar.

En su primer papel como actriz se reflejan los valores de una mujer que nunca fue y a los que años después se enfrentaría: una esposa silenciosa, servicial y sumisa ante un marido disgustado por la comida que le sirven en la mesa, quien le recomienda que hable con su madre para aprender sus gustos y poder agasajarlo como corresponde.

El destino y una tragedia, el terremoto que sacudió la provincia de San Juan y que casi destruye completamente la capital, la unieron con quien sería el amor de su vida, Juan Domingo Perón, y la razón de su ingreso a la política. Entrenada por la actuación y la locución radial, su voz fue la más activa en las campañas solidarias.

Nadie más que el pueblo la llamó Evita, su nombre se hizo eco en los barrios, las plazas y las canchas. Ella supo, al asumir su nueva identidad, que eligió el camino de su pueblo, al que amó hasta que su voz quedó sin fuerza y se convirtió en un susurro. En su último discurso, breve ya que no podía sostenerse en pie con facilidad, rasgó su garganta para vociferar: “No hay grandeza de la Patria a base del dolor del pueblo, sino a base de la felicidad del pueblo trabajador”.

Evita murió de cáncer de cuello de útero el 26 de julio de 1952. Setenta y dos horas de paro y treinta días de duelo no ayudaron a sanar a un pueblo enmudecido por el dolor.

Dejó jirones de su vida para cambiar una realidad, en muy poco tiempo hizo efectivo ese cambio y el pueblo, silenciado por décadas, gritará su nombre eternamente. Sus palabras serán recordadas por los humildes y por sus detractores, quienes nunca podrán superar a esa mujer que llegó a la política desde un plano lejano y la modificó para siempre.

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