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jueves, marzo 19, 2026

“Hubo 21 sacerdotes torturados, presos y desaparecidos o muertos”

Por Silvia Gamarra

Domingo Bresci es uno de los fundadores del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo e integra el Grupo de Curas en la Opción por los Pobres. Hijo de padres trabajadores, se formó en la escuela pública e ingresó a los 16 años al Seminario de Villa Devoto. Desde sus inicios, su vocación se orientó hacia lo social, ayudando en grupos barriales, trabajos universitarios y la autoconstrucción de casas. Antes de ordenarse, a los 24 años, trabajó en la empresa Atma, donde se vinculó con sindicatos. Entre ellos, la Federación de Obreros y Empleados Telefónicos de la República Argentina (Foetra) y la Federación Gráfica. 

A sus 87 años, y con 63 de sacerdocio, Bresci recuerda que su vida estuvo atravesada por los distintos golpes de Estado, sobre todo durante sus años de formación y los primeros como sacerdote. En el 55, yo estaba en el seminario”, recuerda. “Queríamos estar insertos en la realidad de nuestro país y vivíamos de golpe en golpe”, dice. 

En esta entrevista analiza y contextualiza la relación de la Iglesia Católica con la dictadura militar entre 1976 y 1983. “Las Fuerzas Armadas unían la totalidad del poder porque así lo disponían quienes estaban detrás de ellos, que eran los poderes económicos reales y mediáticos, que querían darle un rumbo distinto a la nación después de los años del peronismo”, señala el sacerdote, autor del libro Historia de un compromiso, donde reconstruye ese itinerario. 

–¿Por qué cree que no había estabilidad democrática en esos tiempos? 
–Ayer como hoy, la intención final era hacer desaparecer al peronismo y todo lo que representaba. El golpe de 1966 estuvo conducido por el general Onganía, explícitamente católico, nacionalista, que formaba parte de los cursillos de cristiandad, en los que también participó el luego general Lanusse. Tenían una impronta católica muy fuerte, y de esos sectores se nutría el gobierno. Pero, simultáneamente, su ministro de Economía era Adalbert Krieger Vasena, quien se encargaba de desestructurar económicamente el país. Entre otras cosas, cierra los ingenios de Tucumán, lo que hace que muchos de los curas que estaban en Tucumán se pusieran a acompañar a los trabajadores de la zafra para defender sus derechos. 

–¿Cuál era el rol de la Iglesia ante estas medidas económicas?
–La jerarquía eclesiástica participó de la toma de posición en favor del gobierno de Onganía. Por sus antecedentes y sus objetivos, la jerarquía acompañó. Pero un grupo de sacerdotes, todavía no muy organizado, empezó a cuestionar las orientaciones sociales y políticas de un gobierno que, decía, venía a poner objetivos, no tiempo. Entre esos cuestionadores estaba nada más y nada menos que el que fue obispo de Avellaneda, Jerónimo Podestá. Ahí nos vamos fogueando. Y, en 1968, conformamos el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo (MSTM). Por primera vez había un grupo de curas organizado en todo el país con esta línea de transformación social, política y cultural, que quería más igualdad y justicia para todos los habitantes de la Argentina. Pero empezamos a estar mal vistos, a tener problemas. 

–¿Cómo evolucionó el Movimiento?
–El MSTM llegó a tener más de cuatrocientos sacerdotes vinculados entre sí, con encuentros regionales y anuales donde fijábamos nuestra postura frente a la realidad nacional, muy cuestionadora de los gobiernos militares. Ahí resolvimos que había que seguir al pueblo, como decía Carlos Mugica. Y, si el pueblo era peronista, teníamos que estar con el peronismo.

–Ya que mencionó al Mugica, ¿cómo era el vínculo que tenía con la actividad política?
–Mugica se ordenó en 1959; yo, en 1962. Pasó por una experiencia de trabajo en conventillos, cerca de Once, y después pasó a la Villa 31 de Retiro. Con Mugica íbamos juntos a reuniones quincenales. Él me llevaba en auto. Recuerdo también que me llevó a un encuentro nacional en Santa Fe. Teníamos reuniones más íntimas, también, de revisión de vida. Y luego íbamos a tomar una cervecita. Visité su casa, estuve en el edificio donde vivía su familia. Era un tipo muy entrador, muy entregado, muy jugado. Por su entrega y compromiso, lo llamábamos El Bestia: bestia para estudiar, bestia para jugar, bestia para rezar. Hizo una transformación de su vida. Era de una familia oligárquica y dentro de la Iglesia tenía el camino abierto para ser obispo, pero renunció a todo eso. Él, desde la fe, descubre cuál era el sentido de su misión y la descubre con todos los otros curas hermanos.

–Los años 60 y 70 fueron tiempos muy convulsionados para todos los sectores sociales. Recordamos la militancia civil, pero también la Iglesia tuvo sus mártires, además del padre Mugica. ¿Qué puede contar al respecto?
–Compartimos las experiencias que vivía el pueblo y estábamos a su lado. Y sufrimos las mismas consecuencias de persecución. Hay una lista registrada oficialmente de 21 sacerdotes que fueron torturados, llevados presos y desaparecidos o muertos. Algunos no se sabe dónde están; otros, muertos que pudimos ver sus cuerpos. Veintiuno en total. El primero, Carlos Mujica: 11 de mayo de 1974. El último, en el 83. También hubo 100 sacerdotes que fueron llevados a prisión, torturados, exiliados y expulsados del país por su compromiso. Están los cinco sacerdotes palotinos, que fueron sacados de sus dormitorios, llevados al comedor de la casa parroquial y fusilados por la espalda para escarmentar al resto, a los católicos, a los curas, a los seminaristas o a los laicos que quisieran meterse en política. También recordamos al obispo Enrique Angelelli y los curas Carlos Murias y Gabriel Longueville, de La Rioja, que aparecieron en una vía de tren atados con alambre y torturados y baleados por predicar la justicia social. O el laico Wenceslao Pedernera, casado, con hijos, al que asesinaron luego de ir a buscarlo a su casa.

–¿La Iglesia los reconoce por su entrega y trabajo social?
–Hoy la Iglesia a esos sacerdotes riojanos los reconoce como mártires, cosa que todavía no pasa con los palotinos, ni siquiera con Mugica. De Mugica, no hay causa civil iniciada por nadie. Ni por la familia, que no quiso, ni por la jerarquía. Así que, como decimos los curas que estamos en esta, son santos del pueblo. No hace falta que le hagan ninguna ficha. El pueblo los considera santos. Punto. Con eso basta y alcanza.

–¿Qué provocó el golpe del 76, teniendo en cuenta que Lanusse había llamado a elecciones para que volviera la democracia?
–Para hablar del golpe del 76, tenemos que tener en cuenta que ya estaba en germinación en el 72 o 73. Lanusse creía que iba a vencer al peronismo, pero los otros oficiales no querían saber absolutamente nada. Él ganó la pulseada, en ese momento, pero esta gente siguió conspirando, y explotó o aprovechó la situación en el 76. Dos acontecimientos ayudaron a eso. Primero, el asesinato de Mugica con el peronismo en el gobierno. ¿Quién lo mató? La triple A. ¿Qué era la triple A? El brazo paralelo del Ejército. Fue una advertencia a la Iglesia y a todos los que tomaban el mismo camino. En pocos meses matan a Ortega Peña, a Silvio Frondizi y a Atilio López: descabezamiento de líderes. Y, después de la muerte de Perón, el 1° de julio de 1974, viene el descalabro general. Ya no hay conducción ni orientación, hay enfrentamientos terribles y crece la violencia. Entonces, se crea un clima perfecto para que los militares digan: “¿Ven? Nosotros, como siempre, somos los salvadores de la patria y tenemos que venir a arreglar todo este desaguisado que hacen los civiles”. Y ahí arrancó el periodo más negro y más doloroso de la historia argentina. 

–¿Cómo vivieron esa etapa?
–En las parroquias tenías que hacer la reunión con la gente común con las puertas abiertas. Se grababan nuestras prédicas y teníamos gente merodeando por el barrio, preguntando, escuchando, intentando saber cómo nos movíamos. Así se empezó a instalar un clima de terror muy grande. Entonces el movimiento se retrajo. Cada uno trató de cubrirse, de cuidarse lo más que podía. Nos reuníamos de a dos, de a tres. Comenzamos acompañar a las víctimas del terrorismo de Estado, a sus familiares. Había un manto de silencio, de miedo, un estado de terror. Se cerraron todos los canales de participación. Estábamos prácticamente escondidos, sin conectarnos entre nosotros, acompañando como podíamos a las víctimas. 

–¿La institución religiosa no los protegía en ese contexto?
–La participación de la jerarquía eclesiástica en el silencio, en el apoyo indirecto, implícito y en la argumentación que tenían los militares para la “lucha antiguerrillera”, fue lo más grave para mí. Estuvo en todas las presentaciones públicas donde había una ceremonia, desde que asumieron el poder el 24 de marzo. De ochenta obispos, solo diez estaban en contra de cualquier tipo de apoyo a las Fuerzas Armadas. Y otros diez estaban totalmente implicados, empezando por el vicario general y todos los capellanes militares. Lo más grave es que coincidieron en la argumentación de lo que estaba pasando en la Argentina, incluida la tortura. Son cosas dentro de la institución eclesiástica que nos dolían muchísimo. Y a los más comprometidos se los sancionaba. No se les permitía celebrar misa o, directamente, se los expulsaba. 

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