Por Santino Girardi y Sofía Rossi Sauer

Argentina transitó su última dictadura cívico-militar entre marzo de 1976 y diciembre de 1983. Siete años y nueve meses de horror hasta la asunción democrática de Raúl Alfonsín. Pero, ¿el regreso de las urnas terminó con el terror? Laura Reboratti y Norma Suzal se presentan como sobrevivientes de la ex Escuela Mecánica de la Armada (ESMA), emblemático centro clandestino por el que pasaron más de cinco mil personas que, en su mayoría, aún hoy continúan desaparecidas. Ambas son parte de “la primera camada de secuestros”, producidos durante los primeros meses del golpe.

-¿Cómo eran sus vidas antes de ser secuestradas?
Norma Suzal: -Tenía 17 años y estaba en quinto año del secundario. También tenía mis ideales políticos y militaba en UES (Unión de Estudiantes secundarios). El año 1976 fue muy terrible. Todos los días nos enterábamos de desapariciones de compañeros.
Laura Reboratti: -En ese momento tenía 20 años, trabajaba en una oficina de arquitectura y estudiaba agronomía. No tenía militancia política más allá de mis simpatías, pero sí tenía un entorno de gente que militaba, como mi hermano.

-¿Cómo fue el momento del secuestro?
NS: -El 8 de octubre de 1976 cambió mi vida. Entraron cinco hombres a mi casa por la madrugada, me levantaron y me hicieron ir con ellos. Yo estaba paralizada. Cuando salí de mi casa me pusieron una venda elástica en los ojos y me dieron una patada en las rodillas. Logré ver la cuadra de mi casa llena de “camioncitos” de alimentos que usaban para las redadas. Esto fue una redada. Junto a mí fueron secuestrados mis compañeros Eduardo de Gregori y Elizabeth Turrá.
LR: -En la madrugada del 6 de julio de 1976 entró una patota a mi casa para secuestrar a mi hermano. Él ya sabía que lo estaban buscando y se había ido días atrás. Ahí fue cuando me subieron a un auto y me llevaron. Ser joven ya era un peligro en ese entonces. Al llegar a la ESMA, el hombre que estaba al lado mío me dio un beso en la frente y mi primera reacción fue sacarme la venda de los ojos. Pude ver unos edificios e identificar la zona. Rápidamente me taparon con una capucha. Luego pude saber que quienes me secuestraron fueron Salvio Menéndez, jefe del grupo de tareas, y Francis Whamond, conocido como “el Inglés”.

Laura Reboratti en el encuentro Ser mujeres en la Esma II. FOTO: Museo Sitio de la Memoria ESMA.

¿Cómo fueron los días dentro de la ESMA?
NS: -Nosotras somos los primeros relatos. Fue sumamente violento desde que ingresamos, yo estuve todo el tiempo encapuchada. Cuando ingresé un milico me tocó la teta. Empecé a tirar trompadas y patadas gritando que no me toquen. Me agarraron del brazo y me llevaron a una piecita donde estaban mi hermana y su novio. Ellos no estaban encapuchados y me reconocieron. Después de muchos años, me enteré de que quien me llevó era el “Tigre” Acosta. Yo llamaba a mi hermana y le pedía que me mire. Ella me decía que no. Todo fue un confuso infierno. En uno de los interrogatorios me hicieron tocar la picana para que supiera que estaba ahí. Me preguntaron por todo el mundo, pero jamás di un nombre. Ponían música ensordecedora para que no escuchemos los gritos. El último interrogatorio me asustó mucho, me dieron una trompada en el estómago mientras un milico decía que yo era una “guerrillera de ley”.
LR: -Estuve secuestrada 21 días en un colchón en el piso con una capucha puesta, los pies engrillados y las manos esposadas. La comida era miseria y el baño era un balde. Ser mujer ahí tuvo su particularidad: el pudor se destruyó. Recuerdo que un guardia a la mañana nos saludaba diciendo: “¿Cómo están mis muertitos?”. Al momento del interrogatorio, siempre bajaba al sótano con Whamond y contaba cosas que no tenían valor. Como no me creían, me hacían hablar con otros detenidos. El momento del sótano era muy terrible, se escuchaban gritos y la música muy fuerte.

-¿Cómo las liberaron?
NS: -Un día me levanté la capucha y no estaba mi hermana. Me agarró un ataque de ira y empecé a gritar. Le pregunté a un guardia y me dijo que la largaron. Sentí alivio por ella, pero miedo por mí. Ese mismo guardia me dejó ir al baño por primera vez y pude lavarme la cara. Me vi en el espejo y tenía toda la cara sucia con los surcos de las lágrimas. Al rato de volver a mi celda me levantaron para llevarme. Nos sacaron con Elizabeth Turrá en un Falcon, ella iba en el asiento del copiloto y yo atrás con la cabeza atrapada en el pecho de un milico. Así salimos de la ESMA. Yo estaba en shock paralítico. Nos dejaron cerca del puente Saavedra. Era la madrugada y teníamos 17 años, así que tranquilamente nos podían volver a llevar porque no se podía estar en la calle a esa hora. Tomamos un remís que primero me dejó a mí y después a ella. Me liberaron el 11 de octubre de 1976. Nunca volví a ser la misma después de estar secuestrada.
LR: -El 26 de julio es el aniversario de la muerte de Evita y normalmente el peronismo organizaba algún evento. Los militares aprovecharon e hicieron una redada en la que levantaron mucha gente que llegó a la ESMA durante la noche de ese día. En la madrugada del 27 de julio, me llevaron a lo que supuse que era una oficina para hablar con el jefe. Recuerdo que al irme me dijo: “No vas a seguir siendo montonera ¿no?”. A los minutos me devolvieron mi cartera, obviamente sin la plata. Me subieron a un auto donde estaba Whamond. Cuando frenaron para dejarme en la casa de mi prima me avisó que nos íbamos a volver a ver. Me bajé del auto llena de miedo. Cuando toqué la puerta fue un dardo al alma. Mi prima me preguntó si estaba sola. ¿Si no estaba sola no me abrían? Mi familia creía que estaba colaborando con los militares.

Norma Suzal. FOTO: Facebook – Museo Sitio de la memoria ESMA.

-¿Cómo fueron sus vidas luego de la liberación?
NS: –Me aferré al teatro. Ese era el lugar donde podía liberar todas mis emociones. Intentaba ocultar mi tristeza como la actriz que soy. Una mano de acero ajena me había arrancado la vida. Estaba transitando mi vida adulta luego de ser secuestrada. Reconozco que soy una persona con cierta oscuridad.
LR: –Mi familia me consideraba un peligro, fue por eso que mis padres se mudaron y me mandaron a vivir a Goya (provincia de Corrientes) junto a mi familia paterna. Me costó años asumir que mi liberación tuvo que ver con el abuso que sufrí por parte de Whamond. Me había tomado como su querida y pretendía seguir encontrándose conmigo afuera. Hasta me lo propuso.

-¿Cómo fue ser mujer en la ESMA? ¿Cuánto tiempo les costó contar sus historias?
NS: –Nunca me sentí una mujer liberada. Luego del discurso de Néstor Kirchner en 2004 en la ex ESMA, pude hablar por primera vez de mi secuestro en un grupo de canto donde todas éramos mujeres. Era muy importante que alguien nos pida perdón. Ese fue un momento bisagra en mi vida. Es algo que con el pasar de los años sigue doliendo de la misma manera. Cada vez que voy al dentista es un calvario, la luz en frente de mi cara me recuerda a los interrogatorios. No es fácil. Me encargué de que mi hija siempre supiera la verdad y que esto no puede volver a pasar.
LR: -Gracias a todo el movimiento de mujeres se puede saber lo que pasaba en la ESMA. Me costó años contarlo. Se hablaba mucho de que las mujeres secuestradas se habían puesto en pareja con los militares. Una locura. En la ESMA no podía defender mi dignidad como mujer. Los abusos se los pude contar a mis hijas hace relativamente poco. Fue muy difícil porque había sufrido mucho el estigma de que por algo habíamos salido. Se decían cosas horribles, desde que habíamos cantado compañeros hasta que habíamos entregado nuestro cuerpo. Los mismos compañeros y compañeras nos imputaron por colaborar. Pude contar lo que me pasó de forma más abierta en el encuentro “Ser Mujeres en la ESMA II”, luego de esa maravillosa charla con mis hijas. Hoy me siento más libre.

A 49 años del horror, Laura y Norma siguen participando en la lucha por los derechos humanos como mujeres sobrevivientes, defendiendo su lucha con consignas feministas: “Todas merecen ser felices”.