Por Santino Girardi
A medio siglo del golpe de Estado de 1976, la Argentina vuelve a mirar hacia atrás. Hace cincuenta años comenzaba la última dictadura cívico-militar, un capítulo de la historia que todavía permanece latente en el corazón de muchos argentinos y argentinas. Una marca imborrable que definió la identidad nacional para siempre.
Camila Perochena, además de argentina, es historiadora. Su punto de vista posee una perspectiva particular: establece cierta distancia con el pasado, que analiza desde la búsqueda del conocimiento y la aspiración de verdad. Su testimonio permite entender mejor el golpe de 1976, el contexto en que se produjo, sus efectos y los vestigios que hasta hoy interpelan a la sociedad y la invitan a repensar un pasado que todavía sigue presente.
–¿Qué hay que tener en cuenta para interpretar el golpe?
–Para entender el golpe militar en sí mismo hay que sumergirse en el proceso previo, en la historia política y económica previa, en esa especie de transición o camino hacia la dictadura. En primer lugar, la represión hacia los movimientos de izquierda se inicia ya durante el gobierno peronista. Una represión que va a tener una cara ilegal y clandestina, como por ejemplo las organizaciones paramilitares como la Triple A, pero también una cara legal, en modificaciones al Código Penal y la purga del partido peronista. También se inicia, antes del golpe, todo un lenguaje para denominar a las izquierdas: ya se empieza a hablar de subversión, de infiltrados, de enemigos. Además, desde mucho antes se puede rastrear la Doctrina de Seguridad Nacional, que pasa a ser predominante desde 1966 en la Argentina.
–¿Cómo la dictadura afectó la estructura económica y social argentina?
–Antes de la última dictadura se venía dando un proceso de agotamiento del modelo de desarrollo que se había instaurado a partir de 1930, que es el de industria sustitutiva de importaciones. Ese modelo ya estaba en crisis, sobre todo desde 1973, cuando hubo una crisis mundial por el petróleo, y estalla otra local, que se produce en 1975: el Rodrigazo. Frente a esa situación de crisis, el diagnóstico de una parte de las Fuerzas Armadas era que el problema de la Argentina, en términos económicos, era la intervención del Estado y que se requería más desregulación, apertura económica y políticas más liberales. Pero no era un diagnóstico compartido por todos los militares. Había todo un sector nacionalista de las Fuerzas Armadas muy crítico con el sector liberal, y eso dio lugar a que la dictadura tuviera un régimen híbrido en el que se mezclaban políticas más liberales con otras más nacionalistas, que obviamente generaron un cambio en la estructura social y económica de la Argentina. De hecho, ya desde 1975 la Argentina no tiene un modelo de desarrollo a largo plazo, y eso en parte está relacionado con la dictadura.
–¿Cómo se vive un aniversario tan simbólico en medio del clima político actual?
–Los años 70 están en disputa desde la propia transición a la democracia. Esa disputa se volvió mucho más polarizada con el kirchnerismo en 2003 y aumentó con la asunción de Javier Milei. Se activaron otro tipo de memorias justificadoras o banalizadoras del terrorismo de Estado, politizando y faccionalizando aún más la memoria de la dictadura.
–¿La Argentina hizo suficiente autocrítica sobre el golpe en los años posteriores?
–Estoy segura de que aprendimos. Hubo un consenso del Nunca Más muy importante, fundado en el contexto de la transición a la democracia, con el Juicio a las Juntas, donde la memoria colectiva entendió que lo que se había dado en ese momento fue terrorismo de Estado, que la mejor forma de gobierno es la democracia y que había que defenderla. Eso se pudo ver en las siguientes décadas, con el Nunca Más y el consenso democrático. La narrativa principal que nació y se difundió después de la dictadura fue la de la memoria colectiva.
–¿Hay alguna diferencia entre la historia y la memoria?
–Sí, claro que sí. Son dos formas de representar el pasado. La diferencia es que ambas tienen objetivos y lógicas distintas. La memoria busca construir identidad, está mucho más asociada con la emoción que con el conocer. La historia busca acercarse al pasado sin una voluntad identitaria. Tiene métodos y reglas que no son los mismos que cuando hablamos de memoria. La memoria está mucho más destinada a traer el pasado al presente para conmemorar, recordar y enseñar. La historia lo que busca es establecer cierta distancia entre el pasado y el presente. En nuestro país, las dos cosas conviven perfectamente. Siempre depende de quién esté haciendo la representación del pasado, si está relacionado con movimientos políticos y sociales o con espacios educativos y académicos.
–¿Cambió la interpretación de la dictadura con las generaciones que no la vivieron?
–Creo que las redes sociales y los nuevos medios de comunicación suelen llevar a una forma simplificada de entender la dictadura. Y esa forma más simplificada, llena de eslóganes, es de la manera que termina llegando a las generaciones más jóvenes, marcando una visión mucho más partisana o conflictiva que argumental. En ese sentido, creo que sí.
En un aniversario tan cargado de significado, Perochena deja un doble mensaje: “Como historiadora, me parece importante impulsar el estudio de muchos aspectos de la última dictadura que todavía quedan por ser estudiados de manera científica. Como ciudadana, creo que es muy importante recuperar y proteger la memoria de los crímenes aberrantes que sucedieron en ese período y, al mismo tiempo, ayudar a proteger la democracia”.
A cincuenta años del inicio de la última dictadura cívico-militar en la Argentina, el desafío no es solo reconstruir y estudiar el pasado, sino decidir qué hacer con él y qué lugar darle. La historia aporta conocimiento, contexto y verdad; la memoria nos vincula con quienes ya no están y con lo que nunca más debe repetirse.
