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jueves, marzo 19, 2026

“El pueblo argentino aprendió que salir a la calle garpa”

Por Sofía Ortmann

Se cumplen cincuenta años del golpe cívico-militar que abrió uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. Medio siglo después, la pregunta que persiste es qué tipo de democracia nace después de 1983. Para Eduardo Rinesi, filósofo, politólogo y exrector de la Universidad Nacional de General Sarmiento, “en los 80 nace en la Argentina una democracia de tono liberal individualista, puesto que eran individuos los que se postulaban como representantes de esa nueva democracia”.

“Veníamos de una dictadura muy atroz que se había llevado puestas las libertades fundamentales de todos los individuos, y entonces tenía mucha pregnancia un discurso antiestatista en defensa de los derechos humanos contra las prepotencias de un Estado autoritario, de rechazo a la injerencia del Estado en nuestras vidas y de afirmación a una democracia bastante más representativa que participativa”, explica sobre un proceso largo y contradictorio. Uno que, en sus primeros años, vio cómo la democracia volvió a abrir espacios públicos, rearmó sindicatos, recuperó prácticas sociales y devolvió la palabra a una sociedad silenciada. “Hubo un renacimiento de la palabra política”, señala.

Los años 90 tensaron ese impulso. La democracia coexistió con la instalación del proyecto neoliberal que buscó achicar el Estado y desregular la vida económica. Según Rinesi, eso produjo una paradoja: “El menemismo fue un gobierno democrático que aplicó políticas que, en otros países, solo se habían podido imponer con dictaduras”.

–¿Por qué en la Argentina el sistema neoliberal nunca puede instalarse completamente en las instituciones democráticas?
–Hay un punto de inflexión muy importante en la historia del capitalismo contemporáneo, que es la crisis del petróleo de 1973 y la gran revolución conservadora que siguió con los Reagan, los Thatcher y toda esa muchachada con un recetario neoliberal que había desarrollado durante décadas un grupo de intelectuales. La palabra, por supuesto, reúne diversas escuelas, diversas tendencias, pero el fin está más centrado en las fuerzas del mercado que en la regulación estatal. Más aperturistas, más amigos de las tesis sobre las ventajas comparativas y la división internacional del trabajo. Eso, efectivamente, en América Latina habría sido muy difícil de imponer de no haber sido utilizando la fuerza militar brutal. Los golpes militares, en América Latina, responden a la necesidad de los sectores más concentrados del capital de desarrollar un programa y las políticas económicas que no habrían podido ser sostenidas, porque el régimen democrático habilita la posibilidad de una cantidad de demandas de voces y de opiniones que habrían sido mayoritariamente contrarias. Hay una transformación estructural del gen que produce cambios muy fuertes a largo de siete u ocho años. A la salida de la dictadura, después del fracaso de la criminal aventura de las Malvinas, quedó como saldo una sociedad estructuralmente muy modificada, estructuralmente muy transformada.

–¿Cómo era la sociedad previa?
–La sociedad argentina entró a la dictadura con una estructura social muy homogénea por abajo y muy heterogénea por arriba. Y salió, ocho años después, con una estructura social justo al revés: muy homogeneizada por arriba, bajo la firme hegemonía de los sectores más concentrados del capital financiero más transnacionalizado, y muy fragmentada, atomizada, estallada y astillada por abajo. Esa sociedad que sale de la dictadura, entonces, es una sociedad que, a diferencia de la de los años 50, 60 o 70, no tenía grandes identidades. O una en la que la mayor parte de los ciudadanos y ciudadanas no se reconocían en grandes colectivos de identificación políticos o sindicales no corporativos, porque esa sociedad empezaba a pensar más bien como lo que empezaba a ser: una serie de individuos más bien sueltos a la buena de Dios en un mundo neoliberalizado.

–¿Qué diferencias hay entre la democracia del siglo XX y la del siglo XXI?
–Los 80 fueron años de intento de construcción de institucionalidad democrática. Alfonsín tenía una real convicción sobre la importancia de instituciones democráticas vigorosas. El menemismo fue el triunfo de la lógica económica por sobre la lógica política y de los poderes económicos sobre las capacidades de la política de ponerle límites y, entonces, las instituciones sin duda se resintieron fuertemente. Una palabrita que hasta entonces no había ocupado un lugar importante es la palabra “república”. Si en los 80 la palabra fue democracia, en los 90 empieza a ser esta otra, sobre todo como señalamiento de los déficits republicanos de un gobierno que no respetaba la división de poderes, por ejemplo.

“Desde 1987 la democracia se vuelve mucho más representativa, mucho más liberal, mucho menos protagónica, mucho menos participativa y mucho menos democrática, en el sentido fuerte en que la palabra democracia alude a la idea de participación y eso abre el camino para lo que siguió”, señala Rinesi. Y agrega: “Por supuesto que existe una gran cantidad de discontinuidades entre el estilo de Alfonsín y el del menemismo, pero me parece que hay una línea de continuidad muy profunda que viene dada por ese privilegio de la lógica de representaciones; es decir, de la separación entre dirigentes y dirigidos, entre gobernantes y gobernados”.

En ese sentido, Rinesi menciona, a modo de ejemplo, lo que sucedió tras los levantamientos carapintada de 1987.  “Lo que pasó ese domingo de Pascua, y que desde entonces, no dejó de profundizarse, es que, al mandarnos a nuestras casas a besar a nuestros hijos, Alfonsín nos estaba diciendo que teníamos que ver la política por televisión, desde nuestra casa, para ser espectadores”.

“Llegando al final de los años 90, la crisis de la representación no era del todo feliz. Aunque creo que habría que decir ‘crisis de la representatividad’, porque lo que empezaba a pasar era que aquellos representantes empezaban a resultar poco representativos, a tener que andar en auto con vidrios polarizados y a no poder bajar del auto sin que los putearan. Empezó a usarse la expresión ‘clase política’, porque a los políticos los veíamos básicamente en la televisión y sobre todo en el programa de los jueves a la noche del ‘Doctor’ (Mariano) Grondona. Eso termina de estallar, acompañando un proceso de creciente pauperización de las mayorías, concentración de la riqueza, etcétera, en diciembre de 2001. La democracia vuelve a quebrarse de cara al siglo XXI, cambian las características de esta democracia que veníamos hablando para encaminarse a ser de otra manera.”

–¿Cómo describirías la democracia de este siglo?
–Después de 2001, el pueblo argentino aprendió que salir a la calle garpa, que algo pasa, que no es indistinta esa forma tan intensa, tan protagónica de participación. Por supuesto que eso no puede reemplazar la política institucional, la política representativa. Por todo tipo de razones, incluyendo que la gente tiene que hacer su vida, no política. Después de eso, las sociedades piden orden. Después del estallido, las sociedades quieren poder estar en paz”.

La crisis de 2001 fue la ruptura de aquel experimento. Para Rinesi, lejos de haber sido el fracaso definitivo de la democracia, abrió una nueva fase. “Lo que surge después de 2001 es una democracia más ruidosa, más conflictiva, más participativa. Una democracia que admite que la política es disputa”, concluye.

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