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jueves, marzo 19, 2026

“El Mundial 78 fue la fiesta de la dictadura”

Por Luca Manessi, Iván Sierkovich y Valentín Clinaz

—¿En qué momento decidiste que tenías que escribir tu libro La vergüenza de todos, sobre el Mundial de 1978? ¿Fue una búsqueda periodística, ideológica o algo más personal?
—Desde 1983 me da vueltas en la cabeza hacer algo sobre el Mundial. Creo que nos pasó a muchos periodistas deportivos que vivimos esa época, fue un momento de toma de conciencia. Yo tenía 18 años en el 8 y formé parte de una generación que festejó ese Mundial engañada por la prensa, nuestros profesores, nuestras familias. Nos hicieron creer en un país que no existía, un país “en paz” donde supuestamente no pasaba nada. Esa inquietud me acompañó durante décadas, junté material por años y recién a partir de 2000 empecé a ordenarlo. Entre 2003 y 2004 fueron los años más intensos de trabajo y el libro se publicó en 2005.

—En esa investigación tan extensa, ¿hubo algo que te impactara especialmente?
Lo que más me impactó fue el silencio. El silencio de muchos protagonistas. Hoy los periodistas o quienes estudian periodismo tienen muchísima más facilidad para hablar con futbolistas o con gente que vivió esa época. Hace 25 o 40 años no pasaba. Y después, lo que sigo escuchando, como abogado de causas de lesa humanidad, son testimonios de personas que estaban en cautiverio, siendo torturadas, mientras se jugaba el Mundial. Es durísimo.

—¿Cómo fue reconstruir el Mundial en un contexto donde muchos no querían hablar?
—Era complicado. A veces ni siquiera te dejaban terminar la frase. Por ejemplo, César Luis Menotti, el técnico de la selección argentina campeona del mundo en 1978, se resistió muchísimo en su momento. Después cambió de actitud, pero en la época previa al libro era muy difícil hacerlo hablar del tema.

—¿Algún testimonio te marcó especialmente?
—El de Hebe de Bonafini. Me contó que mientras ella lloraba en la cocina, su marido festejaba los goles en el living. Eso sintetiza lo que vivieron las Madres de Plaza de Mayo en junio del 78, era su peor momento. Pensaban que el Mundial podía ayudarlas a visibilizar, pero pasó lo contrario, ya que la prensa las maltrató y las insultó.

—¿Recibiste presiones o amenazas por investigar estos temas?
—No, nunca. Lo que sí sigue siendo difícil es conseguir documentación sobre el Ente Autárquico Mundial 78 (EAM 78, organismo creado por la dictadura para organizar el certamen). Mucho se destruyó. Vi algunos retazos en expedientes, pero la mayoría desapareció.

—¿Hay algo que le cambiarías al libro hoy?
—Sí. Hoy podría hablar con varios futbolistas que en ese momento no querían abrirse. Con Leopoldo Luque, por ejemplo, después tuve muchas charlas. Y también mantengo una idea que sostuve siempre: la Argentina tendría que devolver la Copa del Mundo a la FIFA para que la entregue su presidente, no un dictador. La imagen de Daniel Passarella recibiendo la Copa de manos de Videla, Massera y Agosti es algo imborrable.

—¿Qué fue lo más eficaz de la estrategia de propaganda de la dictadura durante el Mundial? ¿Cómo lograron engañar a la sociedad?
Porque tenían al cien por ciento de la prensa argentina de su lado. No había excepciones. Las pocas que existieron fueron de periodistas extranjeros. Acá la prensa fue totalmente complaciente. En otros países siempre hubo expresiones críticas, aunque fueran clandestinas. Acá, nada. Era apabullante, lo que decía tu diario, tu radio, tu profesor, tu familia… Todo era lo mismo.

—¿Los periodistas de la época hicieron autocrítica?
—Muy pocos. Se han arrepentido militares, sacerdotes, empresarios… Pero la prensa casi no. Raúl Portal fue uno de los únicos que pidió disculpas públicamente. Cuando doy charlas en provincias, siempre muestro notas de diarios locales de 1978 porque negaban todo, dudaban de las denuncias o las trataban de campaña en contra del país. La editorial Atlántida, por ejemplo, llegó a inventar una carta del capitán de Holanda. Fue una vergüenza.

—¿El Mundial fue la fiesta de la dictadura o la dictadura aprovechó una fiesta que igual iba a existir?
Fue la fiesta de la dictadura. Ellos tomaron la decisión política de hacerlo, incluso cuando en los primeros meses del golpe había dudas. Vieron que el Mundial les venía perfecto para mostrar una “Argentina ordenada”. El 26 de junio de 1978, el día después del título, fue su momento de mayor apogeo. Ese día miles de estudiantes fueron a la Plaza de Mayo a seguir festejando y empezaron a cantar “Videla corazón”. De hecho, Videla salió al balcón y recibió una ovación. Esa era la Argentina del Mundial.

—¿Qué te interesa que las nuevas generaciones aprendan del Mundial 78, más allá de lo deportivo?
—La enseñanza número uno es el Nunca Más. Nunca más tolerar golpes de Estado, nunca más permitir que un gobierno mienta sobre violaciones a los derechos humanos y nunca más un periodismo complaciente. También creo que, dentro de todo, debemos valorar que la Argentina fue el primer país de Latinoamérica en juzgar a sus dictadores en democracia. Eso nos marcó para siempre.

—Si tuvieras que resumir qué significa para vos La vergüenza de todos, ¿qué dirías?
—Que es mi contribución a la memoria y mi forma de sacarme una pequeña porción de la culpa por haber festejado ese Mundial. Yo lo festejé, como muchos, y me arrepiento.

—¿Qué significan los 50 años del golpe?
—Parece medio siglo, pero en la Argentina no es tanto. Todavía hay cosas muy vivas de la dictadura. Incluso ahora aparecen discursos que repiten lo que yo escuchaba a los 17 años: que “hubo una guerra”, que “no existieron las violaciones a los derechos humanos”. Pero cuando escuchás a madres que dieron a luz en centros clandestinos o a familias que siguen buscando a sus nietos, te das cuenta de que eso no fue una guerra. Lo dicen 353 sentencias: fue terrorismo de Estado.

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