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jueves, marzo 19, 2026

“En dictadura crecimos aprendiendo a no respirar demasiado fuerte”

Por Mía Yelpez

Elena no recuerda el 24 de marzo de 1976, lo siente. Todavía lo siente al día de hoy. Cuenta que esa madrugada el silencio tenía dientes. Su padre, un hombre que jamás imponía nada, la despertó con una orden clara y contundente: “Hoy no salgan”. No hubo explicaciones. No hacían falta. La Plata, la ciudad donde vivía, había amanecido detenida, como un animal herido que se mantiene quieto para no morir.

A sus 16 años, la vida de Elena Funes colgaba de un inmenso futuro. La escuela pública, el hockey en un club donde el pasto olía a libertad y un grupo de amigos que creía que lo peor que podía pasar era perder un partido. Hasta ese día. “Sentí que alguien apagaba el país como quien apaga una vela con dos dedos: rápido, frío, sin dejar humo”, cuenta con la cabeza baja y las manos entrelazadas. 

Hablar con Elena es entrar en un cuarto donde todavía se siente miedo. No habla desde la nostalgia, lo hace desde una herida que aprendió que debe cerrarse sola con el paso del tiempo. Dice que la dictadura se metió primero en la escuela. No con soldados, con miradas. “Los profesores caminaban como si el piso estuviera minado”, recuerda. Las palabras empezaron a pesar como si fueran municiones: Aprendimos a pensar sin mover los labios”.

El club, su refugio, se transformó en un eco. Las peñas se prohibieron, las juntadas se cortaron y las risas aflojaron. “La dictadura te robaba lo que más duele perder, a lo que no le dabas importancia: lo cotidiano”, dice.

Después llegó la noche, pero no cualquiera: esa noche. Su hermano Martín tenía 20 años, estudiaba arquitectura y ese día volvió temblando. Tenía restos de polvo en las rodillas y una sombra en los ojos. Lo habían tirado al piso, revisado e insultado. No desapareció. Pero algo sí desapareció de él. “No lo secuestraron, pero igual se lo llevaron un poco. Nunca volvió a caminar igual”, se le cae una lágrima mientras recuerda el momento. 

Desde esa noche, su casa dejó de ser casa. Las persianas se bajaban antes de que cayera el sol. Su mamá apagaba la radio aunque no dijeran nada peligroso. Su papá tomaba mate como si cada sorbo fuera un acto clandestino.“En dictadura, hasta la luz prendida era sospechosa”, afirma.

“Crecimos sabiendo que la vida podía cambiar para siempre con un toque en el hombro de la persona equivocada”, dice. Elena, que sólo quería ser adolescente, aprendió a guardar los cuadernos bajo el colchón y los sueños bajo llave. Cuando llegó la democracia, sintió que volvía a tener 16 años por un minuto. Después recordó todo lo que había perdido.

—¿Dónde estabas y cómo te enteraste del golpe del 24 de marzo de 1976?
—Ese día tenía entrenamiento bien temprano. Me levanté y vi a mi papá escuchando la radio, serio, apoyado en la mesa. Me dijo: “Quédate en casa, no salgas”. Había una calma rara en el barrio, sin colectivos, sin autos, como si la ciudad estuviera reteniendo el aire. Ahí supe que algo grave pasaba.

—¿Recordás algo en particular?
—El silencio. Un silencio que lastimaba. Ese día entendimos que el terror no siempre grita, a veces respira despacio detrás tuyo. Ese día el país no amaneció, se apagó.

—¿Cómo se vivía el miedo?
—Había que medir cada palabra como si pudiera explotar. El miedo se respiraba. Entraba por la ventana, se metía en la ropa, en los cuadernos. La dictadura te enseñaba a bajar la voz incluso cuando estabas solo.

—¿Qué cambió para vos en los días siguientes?
—La escuela. Pasamos de un ambiente bastante libre, con debates y actividades culturales, a uno vigilado. Los profesores tenían miedo, muchos dejaron de dar clases o lo hacían cuidando las palabras. Yo era parte del centro de estudiantes, que por supuesto desapareció. Para mí, que era muy curiosa políticamente, fue como apagar la luz del mundo.

—¿Qué significó lo que le pasó a tu hermano?
—Fue una advertencia. No necesitaban desaparecerte para destruirte la vida. Martín dejó de estudiar porque tenía miedo de volver de noche solo por las calles. Estudiaba arquitectura. Una noche, a fines del 76, volvía de cursar y lo paró una patrulla militar. Le revisaron la mochila, los apuntes y lo hicieron tirar al piso. Volvió a casa temblando. No lo detuvieron, pero ese día dejó la facultad por miedo. Nunca retomó la carrera. Desde ese día, mis padres empezaron a vivir con un terror silencioso. 

—¿Qué te dejó la adolescencia durante la dictadura?
—Una adultez adelantada. A los 16 ya sabía que la libertad se puede romper como un vidrio. En ese momento aprendí el poder que tienen las palabras y nuestras actitudes frente a situaciones que pueden cambiar tu vida en segundos. Mi adolescencia en esa época significó crecer mirando hacia atrás. La juventud no debería aprender a tener miedo, pero la mía lo aprendió de memoria.  

¿Te acordás de algún episodio de tu vida cotidiana que te hiciera tomar conciencia del clima de época?
—El club. Yo jugaba en la línea intermedia de hockey, y durante 1977 empezaron a prohibir reuniones, peñas y festivales. El club era mi mundo, y de pronto todo tenía que ser rápido y sin juntadas sociales. Una compañera dejó de venir, nunca supimos por qué. Años después me enteré de que su papá había sido detenido. Lo que en ese momento era silencio, hoy entiendo que era miedo.

—¿Qué cambió en tu casa?
—Todo. Dejó de ser un refugio. Las paredes parecían tener oídos y las ventanas, ojos. Dejamos de ser cuatro personas, éramos cuatro silencios. Mis padres hablaban bajito, como si las paredes escucharan. En dictadura, incluso las cosas mudas parecen peligrosas. 

—¿Cómo viviste la llegada de la democracia?
—Con mucho alivio. Como si me devolvieran el aire que me habían robado. La libertad tiene un sonido, es el ruido de la gente volviendo a la calle sin esconder la cara. La democracia no llegó como un festejo, fue un rescate. Sentí que volví a nacer y que mi propósito en la vida era otro.  

—¿Qué enseñanza te dejó haber vivido tu adolescencia durante la dictadura?
—Que la libertad parece natural hasta que te la arrebatan. Que los silencios, cuando son obligados, duelen tanto como la violencia. Hoy, cada vez que veo a un pibe marchando, opinando, armando un centro de estudiantes, siento alegría. 

—¿Por qué crees que hay que seguir contando estas historias?
—Porque si no se cuentan, vuelven. La memoria es el candado que le ponemos a la puerta para que el horror no entre otra vez. La memoria no es venganza, es defensa propia. Cuando uno cuenta lo que vivió, evita que se repitan los mismos mecanismos del miedo, la censura y la violencia. Yo no fui una víctima directa, pero crecí en una sociedad herida. Y si algo aprendí es que las heridas que no se nombran vuelven a abrirse.

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