Por Inti Camjalli Dioses
Rubens W. Correa nació en 1935 en Olavarría, provincia de Buenos Aires. Actor y director teatral, docente y gestor cultural, desde los años 60 es una figura clave de la escena porteña. Se formó en el teatro independiente y destacó como director de obras como “Paula.doc”, “La clase del Marqués de Sade” y varias puestas emblemáticas en el Teatro San Martín.
En el ámbito gremial, en los 70 fue secretario general de la Asociación Argentina de Actores, desde donde defendió los derechos de los trabajadores de la escena. Como docente, enseñó durante décadas en la Escuela de Formación Actoral del San Martín y desde allí influyó en generaciones de artistas.
Antes del inicio de la última dictadura, Correa vivió en El Salvador y México, donde armó grupos teatrales e montó obras, pero como él mismo dice: “No me aguantaba mucho tiempo lejos de las tierras argentinas”. Entonces volvió y el destino quiso que estuviera en el país el 24 de marzo de hace medio siglo.
—¿Qué hacías antes del golpe de Estado de 1976?
—Empecé a dar clases en Buenos Aires, alquilando una sala. Creo que se armó un solo grupo, que fue el puntapié inicial de mi trabajo docente. También, lentamente, fuimos retomando la idea del grupo de estudio y reflexión con algunos compañeros como Raúl Serrano. Con una compañera arrancamos a preparar lo que pensábamos que sería nuestro primer espectáculo acá en la ciudad de Buenos Aires, era una especie de versión teatral de “Redoble por Rancas”, la novela de Manuel Scorza. Trabajamos bastante en la posible adaptación y llegamos a armar todo el esquema, que todavía conservo.
—¿Cómo viviste el inicio de la dictadura?
—En la misma madrugada del 24 de marzo de 1976 en la que se produjo el golpe, un grupo armado se llevó de su casa al actor y mi amigo personal Jorge Amosa y todo el día lo pasamos buscándolo en comisarías, hospitales, etcétera. Estuvo desaparecido unos ocho o diez días, después lo soltaron. Lo habían llevado a Coordinación Federal, en esa época estaba en la calle Moreno, a dos cuadras del Departamento Central de Policía. También en esos días desaparecieron los hijos de Alberto Adellach (dramaturgo y amigo de Correa). Él me pidió, desde Europa, que hablara con otros autores amigos suyos y con Argentores (Sociedad General de Autores de la Argentina) para reclamar por su aparición. El 5 de mayo, los militares cayeron en mi casa. Yo no estaba. Había ido a la casa de Lucrecia Capello, que era mi novia en ese entonces. Me había invitado a una reunión con un grupo de integrantes del Teatro El galpón de Montevideo. Lucrecia estaba haciendo la obra “Esperando la carroza” en el Teatro del Centro. Cuando terminó la función nos quedamos charlando y Lucrecia dijo: “¡Qué linda esta lámpara!”. “¿Te gusta? La hice yo”, dijo Alejandra, integrante de El galpón. “Es re fácil, la pinté por dentro así. Creo que tengo una damajuana igual, ¿la querés?”. “Bueno”, respondió Lucrecia. Fue a buscarla y se iba haciendo tarde, ya eran más de las dos de la mañana. Nos fuimos, con la damajuana. Cuando llegamos a mi casa y quisimos abrir, la puerta de calle estaba rota. Mi casa quedaba en el final del pasillo del edificio, entonces para llegar tuvimos que caminar y empezamos a ver cosas no comunes. Prendimos la luz y vimos que el picaporte estaba tirado por allá, la puerta partida y pensamos que serían chorros. Entramos en alerta. Lucrecia tuvo un tino que yo no tuve: cuando iba a prender la luz de la segunda parte del pasillo, me dijo que no la prenda. Pasamos el jardín del segundo cuerpo y vimos luz en nuestro departamento. A través de las cortinas de voile notamos gente que estaba sacando cosas del placard alto del living, dentro de nuestra casa. Ahí tuvimos como un dios aparte. Lo primero que se me ocurrió fue: “¡Vamos a la casa de mis viejos!”, que vivían en el mismo edificio. Lucrecia me dijo: “No, vámonos”. Nos fuimos.
—¿Qué hicieron después, dónde fueron?
—A la vuelta, en Las Heras y Billinghurst, había un teléfono público. No había celulares. Primera llamada, a mis padres. Estaban muy asustados, creían que estábamos en casa. Habían escuchado todo, porque cuando los tipos llegaron a nuestro palier llamaron a las cuatro puertas. En dos había gente adentro, que atendió aterrada, los hicieron tirar al suelo con las manos en la cabeza y en las otras dos no atendió nadie y tiraron las puertas abajo. Una era la nuestra. En la otra vivía un capitán del Ejército, tenía dos perros grandes que comenzaron a ladrar y a bajar y subir por las escaleras. Mi viejo, que se había despertado por el alboroto, abrió la ventana y preguntó: “¿Qué pasa, qué pasa?”. “¡Métase adentro, carajo!”, le gritaron. Gente armada, una locura. En esa situación, desde el teléfono público logré que mi viejo entendiera que no estábamos en casa y se tranquilizaran. Luego empecé a llamar a un amigo y a otro y no contestaban, hasta que el tercero que llamé me contestó y le conté lo ocurrido. “Venite para casa”, dijo.
—¿Quién los ayudó?
—Arnaldo Strasnoy (actor y director de teatro). Siempre le estaré agradecido.
—¿En ningún momento se te ocurrió volver a irte del país?
—No, yo no quería. Lucrecia a veces quería irse. Cuando lo pienso, creo que fue una especie de locura pasajera, pero estaba como emperrado: pensaba que si querían que me fuera, entonces no me iba a ir, como un capricho.
—¿Estuvieron en la clandestinidad?
—Con Lucrecia estuvimos un tiempo prófugos. Al principio, sin pisar la calle. A los dos días, la Asociación Argentina de Actores armó una reunión con mi papá para que la familia se tranquilizara y viera que estábamos bien. Gente del Partido Comunista se hizo cargo de mi seguridad con una solidaridad enorme; aun sin ser yo del partido me escondieron, me mudaban cada varios días, me seguían de lejos cuando retomé las salidas. Y cuando volví al conservatorio después de faltar un tiempo, hacían guardias y me acompañaban hasta el colectivo. Varios compañeros, incluso algunos que ni conocía, nos alojaron de casa en casa, y toda esa red —entre conocidos y desconocidos— me llenó de gratitud.
