Por Sofía Ceballos
La dictadura militar que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983 no solo dejó un saldo trágico en términos de violaciones a los derechos humanos. El proyecto político-económico impulsado por el régimen transformó de manera radical el rumbo social del país: desindustrialización, endeudamiento acelerado, reconfiguración del mundo del trabajo y disciplinamiento de las organizaciones sindicales formaron parte de una agenda que continuaría influyendo en la vida democrática posterior. Hoy, con un contexto en el que aquella etapa sigue siendo materia de disputa simbólica, analizar sus efectos estructurales resulta clave para comprender muchos de los debates contemporáneos.
El sociólogo Martín Delgadillo, investigador del Instituto de Estudios Sociales del Cono Sur (IESCo), sintetiza ese cambio en tres claves: “La dictadura no vino solo a reprimir políticamente, vino a reformatear la sociedad argentina. Entre 1976 y 1983 no se buscó simplemente desactivar la militancia laboral y política: se intentó modificar la estructura misma del mundo del trabajo, debilitando a los sindicatos y desarticulando el modelo productivo que los había hecho actores centrales”.
La represión sistemática fue uno de los pilares de esta estrategia. Más de 10 mil trabajadores y delegados sindicales fueron detenidos-desaparecidos, según organismos de derechos humanos. “Esa persecución tuvo un efecto disciplinador profundo. La desaparición de cuadros sindicales con fuerte legitimidad en las fábricas y empresas generó un vacío que no se llenaría fácilmente. La dictadura entendió que para transformar la economía debía primero neutralizar a quienes podían organizar la resistencia en el plano laboral”, sostiene Delgadillo.
Las reformas económicas alteraron la estructura productiva. La apertura indiscriminada a las importaciones afectó a las industrias textil, metalmecánica, del calzado y del mueble. Miles de pequeñas y medianas empresas cerraron sus puertas. Esta contracción industrial se tradujo en un mercado laboral más fragmentado y vulnerable. El empleo formal, que había sido la norma durante las décadas previas, comenzó a desgastarse. Las nuevas reglas financieras fomentaron inversiones de corto plazo, mientras la deuda externa se disparaba a niveles sin precedentes.
A pesar de la represión y de los intentos de debilitamiento institucional, las organizaciones sindicales conservaron una cohesión que sería decisiva en los años posteriores. La Comisión de los 25 primero y la CGT Brasil después se convirtieron en espacios desde los cuales se reconstruyó un discurso de resistencia. El paro general de 1979, convocado por la CGT Brasil, fue un punto de inflexión. Aunque la dictadura intentó minimizarlo, marcó la reaparición pública del movimiento obrero como actor político.
“Los sindicatos fueron, paradójicamente, uno de los primeros sectores en reorganizarse y uno de los últimos en ser completamente neutralizados por la dictadura”, comenta Delgadillo. “Aún en su debilidad, lograron mantener redes de solidaridad y memoria que serían fundamentales para la transición democrática. El sindicalismo argentino, con sus contradicciones y tensiones internas, tuvo un rol clave en la recuperación de la vida política”.
El retorno de la democracia abrió un nuevo capítulo, pero no deshizo las huellas socioeconómicas del período. Muchas de las reformas instaladas por la dictadura se mantuvieron, ya sea por convicción de los gobiernos democráticos, por imposición de los mercados o por las dificultades estructurales para revertirlas. La desindustrialización, por ejemplo, dejó zonas enteras del país con menos capacidad productiva y, por ende, con menos empleo estable.
En los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín, la preocupación principal fue consolidar el sistema democrático, reconstruir instituciones y abrir procesos de memoria, verdad y justicia. El Juicio a las Juntas marcó un hito internacional. Sin embargo, en materia económica, la herencia dictatorial condicionó de manera profunda las posibilidades de reforma. La inflación creciente, la deuda externa y la fragilidad industrial limitaron la capacidad del Estado para impulsar un modelo alternativo de desarrollo.
El sindicalismo recuperó fuerza y protagonismo en esta etapa, aunque su relación con el gobierno democrático no estuvo exenta de conflictos. Las huelgas generales de la CGT en la segunda mitad de los años ochenta reflejaron tensiones entre un movimiento obrero que buscaba recomponer salarios y un gobierno sometido a crecientes presiones económicas. En este punto, puede observarse una continuidad paradójica: la dictadura había intentado disciplinar a los sindicatos desde la represión; la democracia debió lidiar con su legitimidad social restituida, pero en un contexto económico deteriorado.
Las transformaciones sociales también se hicieron sentir en el plano cultural. El miedo, la fragmentación y el repliegue al ámbito privado durante la dictadura dejaron marcas en las formas de participación colectiva. “La dictadura produjo una sociedad del silencio. La reconstrucción del lazo social fue lenta y compleja. La democracia trajo aire, pero también evidenció que gran parte del entramado comunitario había sido erosionado”, reflexiona Delgadillo.
En los años noventa, nuevas reformas neoliberales profundizaron tendencias iniciadas durante la dictadura: mayor apertura, privatizaciones, flexibilización laboral. Algunos analistas sostienen que esta secuencia no hubiera sido posible sin las transformaciones estructurales del período militar. El propio Delgadillo coincide que sin la desarticulación industrial de los setenta y la fragmentación social que produjo la represión, el avance de las reformas de los noventa habría encontrado una resistencia más organizada y que la dictadura fue un punto de quiebre que modificó para siempre las capacidades de acción colectivas.
Hoy, a más de cuarenta años del retorno democrático, los debates sobre el legado de la dictadura siguen vigentes. Los juicios por delitos de lesa humanidad continúan, los sindicatos enfrentan nuevos desafíos en un mercado laboral transformado por la tecnología y la precarización, y la memoria colectiva se disputa en escuelas, redes sociales y espacios públicos. Pero las huellas profundas de aquel período oscuro siguen presentes.
“Entender la dictadura como un proyecto de reconfiguración social permite comprender por qué sus efectos no se limitaron a su duración formal”, concluye Delgadillo. “La Argentina posterior no puede explicarse sin ese quiebre. Y la democracia, con todas sus dificultades, es también el espacio donde esa historia se revisa, se discute y se resignifica”.
La historia reciente argentina, así, sigue siendo terreno fértil para la reflexión. Porque cada revisión del pasado no solo ilumina lo que fue, sino también lo que está en juego en el presente. Y porque las transformaciones iniciadas en aquellos años continúan, silenciosamente, moldeando el país.
