Por Lorenzo Santilli
Nacido en Dolores y criado en un entorno rural, Braian Simaldoni pertenece a una nueva generación de artistas que tensionan los límites del folklore sin desprenderse de sus raíces nacionales. Cantor, payador y compositor, comenzó en la infancia, grabó su primer disco a los 14 años y construyó su camino desde la autogestión. Con influencias que van desde la canción testimonial hasta la improvisación criolla, su obra articula identidad, denuncia social y una fuerte impronta personal. Y, a los 19 años, Simaldoni ya participó en el programa de televisión “Got Talent Argentina 2023”
–¿Creés que el folklore sigue siendo una herramienta de denuncia?
–Sí, totalmente. Yo estoy acostumbrado a denunciar cantando. No solamente en canciones como “Por la Libertad”, sino también en otras más recientes donde hablo del hambre, de lo que pasa en la calle. A veces uno ignora esas cosas, pero están. Yo no apuntó contra un político en particular: para mí son todos lo mismo. Creo que la gente ayuda a la gente. El pueblo se levanta solo. Yo siempre voy a cantar lo que siento, lo que me pasa o lo que la gente necesita decir y no puede. Creo que siempre se puede estar mejor. Pero para eso tiene que haber unión. Ojalá algún día los políticos dejen de pelear y realmente quieran sacar adelante a la Argentina.
–Grabaste tu primer disco a los 14 años. ¿Cómo fue ese proceso?
-Fue una decisión fuerte. Vendí la Play en plena pandemia para poder grabarlo. Para un chico es difícil porque todos quieren divertirse, más en ese contexto. Pero elegí este camino y no me arrepiento. Lo grabé en Dolores, en un estudio chico, y fue una experiencia hermosa. Me sirvió muchísimo para aprender cómo colocar la voz, cómo cantar mejor, cómo expresarme. Tenía muchos nervios y no sabía bien cómo usar la voz. Cantaba todo muy de pecho. Con el tiempo fui aprendiendo técnica, vocalización, a manejar los agudos. Todo eso te va formando.
–¿Qué le dirías a un joven que quiere empezar en el folklore?
-Que lo haga. No hace falta que sea algo súper profesional. Yo no tenía videoclips ni grandes producciones, grabé mis canciones y las subí. Lo importante es hacer lo que a uno le gusta. Porque si no te gusta lo que hacés, aunque trabajes todo el día, es como no tener trabajo.
–Mencionás mucho a tu familia. ¿Qué lugar ocupa en tu carrera?
–Es todo. Mis abuelos son mis pilares. Se ganaron el lugar de padres. Estuvieron siempre, sobre todo en los momentos difíciles. Yo digo siempre que los aplausos deberían ser para ellos.
–¿Dónde preferís cantar: en un gran escenario o en una peña chica?
-Las dos cosas tienen su magia, pero me gustan mucho las peñas chicas, de 50 o 100 personas. Poder charlar, tomar un mate, compartir… esa cercanía no se reemplaza. A diferencia de tocar por las redes sociales, por ejemplo, es diferente. La conexión con la gente es distinta. Mirarle la cara o al público no se compara con nada. Pero las redes también sirven, ayudan a llegar. No es lo mismo, pero suman.
–¿Cómo te llevás con las redes sociales?
-Hay que adaptarse. Hoy la industria musical es cara y también pasa por lo digital. Yo trato de mantener un equilibrio entre una buena producción y buena música. Nací en 2005, así que me adapté bastante fácil.

–Sos joven en un género que muchos asocian con gente más grande. ¿Sentís prejuicios?
-Sí, pasa. Me han dicho por qué no hago otros géneros más “pegados”, pero yo creo que esa música es pan para hoy, hambre para mañana. El folklore tiene historia, identidad. Viene de generaciones. Es algo más profundo.
–¿Cómo ves la relación entre folklore y las nuevas generaciones?
-Hay muchos jóvenes haciendo folklore. Quizás no tienen la visibilidad que deberían, pero están. Las redes ayudaron a que esto crezca. Hoy hay una conexión más fuerte que antes. Yo siento que el folklore es mi esencia. Es mi forma de vivir. Me crie en el campo, con mis abuelos, entre caballos y naturaleza. A través del folklore me expreso todo el tiempo.
–Se suele comparar al folklore con el rap. ¿Cómo lo ves?
-Tienen similitudes, sobre todo en la improvisación, pero son culturas distintas. Nosotros improvisamos en estructuras más rígidas, como la décima. El rap viene de afuera; el folklore es nuestro. Pero pueden convivir. Incluso me gustaría hacer una batalla con un rapero, desde el respeto. Yo creo que el rap es música transgénica porque es artificial. Es pan para hoy. A lo que se consume rápido y se olvida rápido. Es lo que vende hoy. Pero no queda. El folklore, en cambio, trasciende. Lo quisieron callar muchas veces, incluso en dictaduras, y sigue vivo.
–¿Cómo imaginás tu futuro?
-Quiero dedicarme a esto profesionalmente, llegar a escenarios grandes como Cosquín y Jesús María y también llevar el folklore argentino al mundo. Quiero llevar mi música a todos lados. Me encantaría ir a Japón, por ejemplo, aunque no entiendan nada. Y también volver a Costa Rica, que me marcó mucho. Pero primero, recorrer toda la Argentina.
