Por P. Álvarez, A. Ceccarelli, J. Hugo, A. Liotta, R. Melonaro, A. Pereiro y N. Pérez.

La vida y la obra de Adolfo Bioy Casares no transitaban caminos paralelos. La manera en que pensaba, hablaba, actuaba, se relacionaba, vivía, influyó significativamente en las temáticas y los enfoques de cada uno de sus textos.

La vida de Adolfo Bioy Casares estuvo marcada, principalmente, por su amistad con Jorge Luis Borges, su matrimonio con Silvina Ocampo, su vida en Buenos Aires y también, por supuesto, su profesión como escritor.

Buscar una relación entre su vida y su obra requiere, en principio, un vasto conocimiento de sus libros, además de haberlo conocido personalmente. La periodista Silvia Arias reúne ambas condiciones. Radicada en España, brindó, en una entrevista para Diario Publicable, su saber y sus recuerdos sobre Bioy, con quien compartió varios encuentros y del que publicó los libros “Bioy en privado”, en 1998, y “Los Bioy”, en 2002 -en colaboración con Jovita Iglesias-.

VIDA Y MUERTE DE UNA IDEA

Bioy Casares fue un amante de la vida, y lo dejó plasmado en sus obras, incluso luego de las muertes de su esposa y de su hija Marta, que sucedieron en unos pocos días. Según afirmó la periodista consultada, a pesar de la tristeza y la soledad que esas pérdidas le provocaron, la posibilidad que cada nuevo día le brindaba para que se le ocurriera –“como un milagro”, decía él- una historia para escribir mantuvo fiel su devoción por la vida hasta el final.

La relación que mantenía con la muerte era distinta. La consideraba “demasiado larga”, en comparación con la brevedad que criticaba de la vida. Su absoluta convicción de que luego de la muerte “no hay nada” lo atormentaba de la misma manera que un sentimiento estoico de culpa por el dolor que causaría a los demás. Quizá por eso, como sostuvo Arias, aún en su ancianidad, Bioy “seguía siendo ese joven de la época de sus pantalones cortos y primeras salidas”, una juventud que conservaba, tal vez, para retener más tiempo la vida, que se le escurría entre los dedos.

LO PORTEÑO EN SUS MEMORIAS

Las historias de Bioy Casares se destacan, en su mayoría, por estar ambientadas en Buenos Aires. Según Arias, esas calles porteñas “prefiguran un escenario donde se desarrollan sueños extraños”, y suelen sobresalir más por su “ambigüedad y perplejidad” que por su belleza. Su gusto por la ciudad nació a temprana edad, cuando salía con Joaquín, el portero del edificio donde vivía, en Avenida Alvear, quien lo llevaba a un restaurante en la calle Montevideo. Allí, se fascinaba escuchando a taxistas y choferes privados, quienes lo inspiraron a copiar un determinado estilo.

El graffiti de Bioy Casares en la feria de libros de Plaza Italia. (Foto: A. Pereiro)

Arias presume que Bioy no vería con “buenos ojos” la Buenos Aires actual porque, incluso en el último tiempo, se limitaba a recorrer sólo la zona donde él vivía, Recoleta. Veía a la ciudad “un poco abaratada”, como solía decir con ironía, “pero también con un dejo de melancolía y mucha tristeza, porque lo que había sido ya no era, y no volvería a ser”.

HÉROES, LOS DE ANTES

El autor consideraba la vida como fruto de las propias decisiones, pero, a su vez, un destino ya escrito actuaba como “una fuerza ciega” en los personajes que construía, y así el relato implicaba “una fatalidad”, una predestinación que, como tal, debía cumplirse. La voluntad, marcada por las “ansias de ser valiente, de saciar la sed de coraje”, determinada por un destino como la muerte, denota el gusto de Bioy por lo que él mismo llamaba “cierto fatalismo que le permite a uno estar siempre dispuesto a perderlo todo en cualquier momento”.

AMOR Y DESESPERANZA

Aunque en su adultez fue conocido por su galantería y sus múltiples amoríos, Bioy sufrió una adolescencia marcada por el rechazo de las mujeres, quienes si bien lo consideraban buen mozo e inteligente, “por algún motivo, -acaso su timidez-, no lograba enamorarlas”, de acuerdo con Arias.

Y el hecho de que la mayor parte de las mujeres en su obra, explicó Arias, “sean inalcanzables –y, por qué no, fantasmas”, como pueden ser los personajes de Faustine en “La invención de Morel”, o Diana, en “Dormir al sol”, “no puede menos que remitirnos a ese estado de desesperanza inicial”.