Por Faustina Ganin, Juana García Cassataro, Josefina Girotti y Lucas Porta
Verónica Castelli tenía dos años y medio cuando secuestraron a sus papás, el 28 de febrero de 1977. Luego de enterarse de que tenía una hermana o hermano nacido en cautiverio, comenzó la búsqueda incansable, abrió una causa judicial y se alejó de la familia que la había criado.
–¿Cómo fue la búsqueda de tu hermana?
–Primero me acerqué a Abuelas y dejé mi muestra de sangre. Empecé a rastrear testimonios sobre el secuestro de mis padres que me permitieran reconstruir qué había pasado con ellos ya que, en ese momento, yo no tenía mucha información. Comencé a militar en la agrupación Hijos por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S.). Fui miembro fundadora de lo que fue la Comisión de Hermanos. Entre todas las cosas que fuimos haciendo, terminamos abriendo una causa judicial a mi nombre, ya que la agrupación en ese momento no tenía personería jurídica, lo cual nos permitía presentar las denuncias de la fecha posible de nacimiento de mi hermana en adelante.
–¿Cómo siguió el proceso?
–Una vez que completábamos una investigación, hacíamos lo que se denomina acercamientos. Consistía en convocar a la persona sobre la cual existían dudas sobre su identidad, decirle que existió una investigación, que documentalmente no habíamos podido corroborar si realmente era hijo de quienes le figuraban como sus padres y que era necesario realizar una muestra de ADN para poder saber si se trataba o no de un hijo o hija de desaparecidos. Podía suceder que la persona dijera que no quería saberlo de todas formas; en ese caso, la única alternativa para poder dar curso a la investigación era hacerlo a través de una denuncia judicial. En el momento que abrí esa causa, estaba pensando en el total de las investigaciones, pero nunca imaginé que a raíz de una investigación judicial podría llegar a encontrar a mi hermana.
–¿De qué te enteraste durante la investigación?
–Durante la mayor parte de su secuestro, mis papás estuvieron en el centro clandestino de detención El Vesubio, que queda en Autopista Ricchieri y Camino de Cintura, en el sur del conurbano bonaerense. De ese lugar mi mamá fue llevada al Hospital Militar de Campo de Mayo, donde le realizaron una cesárea sin que esto fuera necesario, ya que ella no se encontraba con trabajo de parto, sino en una fecha previa a la prevista. El parto siguiente al de mi mamá en Vesubio es el de Rosa Taranto de Altamiranda, que hace exactamente el mismo recorrido. Rosita llegó a avisarles a otras compañeras que había tenido una nena. La hija de Rosita se presenta voluntariamente en la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) queriendo averiguar sobre sus orígenes, y ahí se supo que ella había sido dada en adopción a través del Movimiento Familiar Cristiano y figuraba en su expediente de adopción como NN. Esto, sumado al testimonio de algunas sobrevivientes que habían tenido una complicación durante su embarazo y también fueron llevadas al Hospital Militar de Campo de Mayo, marcó lo que se repetía: había monjas en el momento en que las embarazadas secuestradas eran llevadas a ese hospital.
–¿Qué rol cumplían esas monjas?
–La investigación de esas monjas, junto con el caso de la hija de Rosita, llevaron al equipo de adopción del Movimiento Familiar Cristiano. Ahí se relevaron los expedientes de adopción que había a través de esta organización y encontraron uno coincidente con la posible fecha de parto de mi mamá. Había sido una nena dada en adopción y originalmente figuraba como NN en el expediente, entonces gracias a esa investigación judicial es que yo pude encontrar a mi hermana.

–¿Qué sentiste durante todos esos años?
–Pensaba mucho en qué es lo que mis padres hubieran querido que haga, desde pensar en mí y que lo que fuera de la vida de mi hermana, quién era mi hermana, era también parte de mi identidad. Entonces mi identidad iba a estar incompleta hasta poder encontrarla a ella. Y desde pensar en ella, no saber si ella sabía o no cuál era su historia. Independientemente de lo que uno elija, desconocer la base de tu historia te lleva quizás a conclusiones que no te permiten completar la construcción de tu propia identidad. El entender todo eso en el plano familiar es lo que me llevó a buscarla. También tenía muy claro que la única posibilidad de encontrar a mi hermana era buscándolos a todos y todas los hijos de desaparecidos que fueron robados y apropiados por la última dictadura militar.
–¿Cómo fue el momento del encuentro?
–Mi hermana apareció en 2008. No fue hace tanto, pero era muy diferente a cuando aparece un nieto ahora. En ese momento yo estaba en Córdoba porque era la primera sentencia a uno de los jefes del Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del Tercer Cuerpo, y habíamos viajado hijos de todo el país a ver esa sentencia. Estaba en una parrilla esperando que nos trajeran el asado, cuando me llamó el juez para avisarme que había aparecido mi hermana. Me estalló la cabeza de felicidad y fue uno de los momentos más felices de mi vida. El otro es el nacimiento de mi hijo, lo puedo comparar solamente con esa situación. Después de la conferencia de prensa donde anunciamos que la encontramos, mi hermana me llamó. Creo que a ella la debe haber tranquilizado el hecho de saber que yo no la iba a exponer, que la iba a cuidar, que nadie la iba a molestar. No se me iba a salir ni medio dato, pese a que me lo preguntaron muchas veces, sobre cuál era la identidad con la que ella se había criado. Tuve el cuidado de ser muy firme en que eso no lo iba a contestar.
–¿Qué pasó la primera vez que se vieron?
–Una semana después de saber que la había encontrado, nos vimos por primera vez, vino a mi casa, fue relindo. Fue más normal de lo que la gente se puede imaginar. Pasaron pavadas, en ese momento a mí me gustaba el café instantáneo hecho todo con leche, que en una persona adulta es raro. Cuando llegó ella a mi casa, le pregunté qué quería tomar y me dijo: “Un café, pero hacelo todo con leche”. A mí me re emocionó, caí en que somos hermanas. Lo que me pidió es que quería ver mis pies, porque según ella sus pies no eran lindos. Para mí, mis pies y los de ella son iguales. Otras cosas después ya más graciosas: una amiga mía que destacaba “tienen el mismo color de pelo”, pero en realidad era la tintura. Las dos nos teñíamos de un tono más oscuro que nuestro color original, por ende, “tienen el mismo color de pelo” quería decir que nos gustaba la misma tintura.
–¿Cómo fue la construcción del vínculo?
–Despacio, siempre pensando en el “de acá para adelante”. Siempre fue muy de compartir qué nos gustaba y qué no nos gustaba, hasta ropa. A mí me gusta la relación que tengo con mi hermana, me parece una relación sana. Siempre fui muy cuidadosa con ella, traté de no invadirla. Si iba a contar algo, esperar a que ella lo preguntara. Las veces que hemos hablado de cosas de mi mamá o mi papá, fue esperar a que ella lo preguntara, y si no, no es un tema que vaya a sacar yo. A la vez, considero que es parte de lo que hicieron con nosotros, que es irreparable. No hay forma de arreglar todos los años que no vivimos juntas. Mi hermana y yo no nos criamos juntas y mis padres fueron asesinados, nadie me los va a devolver.
–¿Cómo es hoy la vida de ella?
–Ella no vive en la ciudad de Buenos Aires, vive a más de cien kilómetros, por ende tenemos el vínculo con todo lo que la distancia permite. Además, ambas estamos en la edad adulta, cada una tiene su trabajo. Parece que no, pero la distancia influye un montón, no la veo tan seguido como quisiera. El momento que recuerdo de comunicación más fluida fue la pandemia, porque como la comunicación era virtual con todo el mundo, fue cuando más comunicadas estuvimos. Creo que tenemos un vínculo resano, más allá de lo asiduo.
