Por Martina Suárez y Angelina Suardini
El 24 de marzo de 1976, la Argentina amaneció bajo el control de las Fuerzas Armadas. Ese día, un golpe de Estado derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón e instauró una dictadura cívico-militar que marcaría a fuego la vida social, política e industrial del país. Con la intervención de los sindicatos, la persecución de delegados y el despliegue de fuerzas militares dentro de los espacios de trabajo, las fábricas se convirtieron en lugares donde el miedo y el silencio se volvieron parte de la rutina cotidiana.
En Campana, en el noreste de la provincia de Buenos Aires, una de las empresas donde el impacto fue inmediato fue Siderca —parte del Grupo Techint, dedicada a la producción de tubos sin costura y considerada el corazón siderúrgico de la región—, cuya actividad reunía a miles de trabajadores y concentraba buena parte de la vida laboral de esa ciudad bonaerense. Allí, en un ámbito atravesado por el ruido de las máquinas y la presencia constante de controles, el golpe no fue una noticia lejana: entró por los portones con uniforme militar.
José Rodríguez trabajaba como operario en Siderca en aquel momento y recuerda con claridad el clima particular de esa mañana entre quienes estaban en su puesto habitual, cumpliendo su turno, mientras el país ingresaba en una de sus etapas más oscuras. Su mirada permite reconstruir de forma cercana cómo impactó el golpe en la rutina laboral y en el ambiente.
—¿Cómo se vivió ese 24 de marzo de 1976 dentro de la fábrica?
—Fue un día extraño, como si el aire estuviera más pesado. Muchos llegamos escuchando la radio: comunicados, marchas militares, la noticia de que las Fuerzas Armadas habían tomado el poder. En cuanto entramos ya se notaba algo distinto. Los jefes estaban tensos, hablaban bajito entre ellos, y nos dijeron que nos mantuviéramos en nuestros puestos sin movernos mucho. A media mañana entraron militares con un par de tipos de seguridad de la empresa, caminaron por los talleres como si inspeccionaran algo, pero en realidad estaban marcando presencia. Los delegados no aparecieron, algunos ni siquiera llegaron a la fábrica. Nadie lo decía abiertamente, pero todos entendimos que había empezado otra etapa. Ese día casi no se habló. Trabajamos como cualquier otro día y las máquinas sonaban igual que siempre, pero nosotros no. Era como si cada uno tuviera miedo de decir una palabra de más. Yo recuerdo mirar a mis compañeros y verles la cara seria, los hombros duros, el mentón apretado. Nadie sabía exactamente qué se venía, pero todos sabíamos que nada iba a ser igual.
—¿Hubo detenciones dentro de la planta de Siderca?
—Sí. Se veían a grupos de militares y personal de la empresa, los jerárquicos, caminando con carpetas en mano. No se los llevaron a todos a la vez, fue selectivo. Fueron directamente a los puestos de nuestros delegados y miembros de la Comisión Interna. Pasábamos caminando, los militares nos veían y nos decían: “Sigan que no es con ustedes”. Tenían listas, sabían a qué personas tenían que buscar y llevarse. Por sobre todo buscaban a quienes tenían actividad en los sindicatos.
—¿Qué rol jugaba la ciudad de Campana en este ambiente? ¿Qué se sentía al salir de la fábrica?
—Se sentía terror. Campana era una ciudad industrial y los militares la controlaban como un cuartel. Ver patrullas del Ejército en la calle era normal. Lo más duro era la incomunicación. En Siderca éramos cientos, pero si secuestraban a uno, el resto no sabía adónde iba, ni dónde estaba. No teníamos manera de saberlo. La ciudad misma parecía estar en silencio, nadie se atrevía a preguntar. La gente se refugiaba en su casa. El terror no tenía horarios, salía con vos de la fábrica. Con un compañero tomamos una medida de prevención, por así decirlo: cada vez que salíamos de nuestro turno nunca íbamos por el mismo camino, íbamos rotando. Porque siempre había militares frenando a la gente y haciendo controles. Por eso, para evitarlo dábamos distintas vueltas con tal de no ser perseguidos.
—Tus compañeros presenciaron el secuestro de uno de los trabajadores. ¿Cómo se vivió ese episodio?
—No había forma de resistir. Estábamos con la ropa de trabajo, entre máquinas, y ellos estaban con fusiles, uniformados, y tenían la autoridad del golpe de Estado. La escena de un compañero siendo arrastrado o simplemente llevado en silencio, sin que nadie pudiera acercarse, era un golpe psicológico. Si intentabas algo, sabías que ibas a ser el siguiente en esa lista. No tenemos la certeza de que Siderca haya tenido un centro clandestino de detención dentro del predio como tal. Pero en Campana teníamos la Comisaría 1ª y el Tiro Federal, que funcionaron como centros de tortura y detención. Lo que sí es claro es que la fábrica fue la zona principal para la identificación y secuestro de los delegados. La fábrica puso el blanco, el Ejército puso el arma. Los compañeros terminaban en los centros de la zona de Campana-Zárate.
—¿Qué fue lo más difícil de ese período para el trabajador de Siderca?
—La impunidad y el silencio. Saber que a los compañeros que defendían nuestros derechos los habían desaparecido y aún así tener que seguir soldando o torneando como si nada hubiera pasado. Fue vivir con el terror constante de que, al terminar el turno, podías ser vos el que no volvía a casa. La dictadura nos robó los derechos y la dignidad en ese mismo día, el 24 de marzo, adentro de la fábrica.
