Por Taís Tejo Toribio
Luciana Bertoia supo que quería ser periodista desde que tenía diez años. Fue también por esos tiempos que se inauguró el café literario de las Madres de Plaza de Mayo, a donde le pidió a su mamá que la llevara luego de leer una nota sobre el tema en Clarín. Ahí conoció a Hebe de Bonafini, acontecimiento que para ella significó “una especie de bautismo”.
Inició sus estudios de periodismo en TEA en 2003, en paralelo con la UBA, donde luego de cursar un cuatrimestre de Historia terminó decantándose por la carrera de Ciencia Política. Atribuye parte de su decisión al clima de época de inicios de siglo, con Néstor Kirchner como flamante presidente y en pleno proceso de aplicación de las políticas de memoria, verdad y justicia.
Ya en sus años de estudiante se inclinaba hacia la temática de derechos humanos: en 2005 ganó el concurso que organizó TEA por la víspera del 30° aniversario de la última dictadura militar. Ese mismo año se recibió, aunque recién en 2010 entró como pasante a Página/12, bajo el mando de Santiago O’Donnell. “Me acuerdo de que Santiago, por ejemplo, decía: ‘¿Vos corrés rápido?’. ‘No’. ‘Bueno, ¿pero vos podés tener la información buena?’ ‘Sí’. ‘Entonces asociate con el que corre rápido'”, cuenta entre risas.
Bertoia entró en el diario para trabajar en la sección de noticias internacionales, que no le gustaba, pero trató de buscarle la vuelta y redireccionar su trabajo hacia los derechos humanos, para que le fuera más llevadero. Ya pasaron quince años desde su primera experiencia en el medio fundado por Jorge Lanata, y ahora escribe allí ya no como pasante, sino como una de las firmas más reconocidas.
“Es un diario que no se piensa por fuera del movimiento de derechos humanos, se piensa parte”, reflexiona. “No necesariamente como prensa del movimiento, pero sí compartiendo todas las banderas y la búsqueda de justicia, la búsqueda de la verdad.” Aún recuerda la emoción que sintió al ver impresa en el papel una nota con su nombre junto al recordatorio de un desaparecido; eso hizo que todo valiera la pena.
Trabajó también, como editora y como redactora, en el emblemático Buenos Aires Herald, medio que tuvo un rol clave en contar lo que estaba pasando en la Argentina de los oscuros años 70. Para Bertoia, el del Herald es el ejemplo de la decencia. Robert Cox, quien fue director del diario, “no tenía un discurso grandilocuente ni de una oposición deliberada a la dictadura, pero en su tarea como periodista hacía lo que tenía que hacer”. Rescata no solo la valentía de Cox, sino también su pragmatismo: “Es un periodismo que hace con sus acciones, y me parece que eso es lo mejor del periodismo. No hay que gritar, hay que hacer”.
En el Herald pudo desempeñarse en su sección preferida, Justicia y Derechos Humanos, pero tuvo el desafío de escribir en otro idioma. “Estudié inglés en el conurbano, no soy una persona que haya vivido afuera”, explica, “entonces aprendía mucho de las correcciones”.
Así como el inglés la complicó en su momento, hay otras áreas que prefiere evitar. Por ejemplo, se pone muy nerviosa en televisión, le genera mucho pánico. Como alternativa elige la radio, pero su corazón le pertenece a la prensa gráfica. Actualmente es una referente del periodismo judicial y humanitario, aunque admite que le gustaría ampliar su trabajo a otras ramas de la política. “Muchas veces, cuando te especializás mucho en un tema, la gente solo te ve en ese nicho, y decís ‘estudié Ciencia Política, tengo otra trayectoria, doy clases de otras cosas'”, comenta con humor. “Ese me parece que es un desafío.”
“Cuando era más chica, sentía que era muy periodista para ser politóloga y muy politóloga para ser periodista”, recuerda de sus años de recién graduada, cuando se planteó seguir una ruta laboral más académica. “Ahora ya logré resolver falsas dicotomías.”
A diferencia de cuando comenzó su trayectoria periodística, ahora Bertoia enfrenta la complicada tarea de hablar sobre memoria, verdad y justicia bajo un gobierno negacionista que ha coartado y reducido los mecanismos e instituciones de memoria y reparación, con la bandera de contar “la historia completa”. Sin embargo, ella cree que el consenso social sobre lo ocurrido durante la última dictadura sigue estando firme: “Hay algo muy saludable, que es que un gobierno que evidentemente quiere clausurar una etapa, que hizo intentos, no pudo hacerlo. Y si no pudo hacerlo es porque socialmente es mal visto”. Opina que la mayor parte de los argentinos están de acuerdo en que “no está bien dejar sin justicia lo sucedido”.
Esto no significa dormirse en los laureles. “Soy de las que cree que nada está saldado”, aclara, y advierte que la de la memoria es una lucha que hay que seguir dando todos los días. Además, observa que el hecho de que alguien como Victoria Villarruel, abiertamente defensora de los represores, haya llegado al poder “muestra que efectivamente no solo esos discursos pueden ascender, sino esas personas que los encarnan”, e indica que “hay que estar más en alerta frente a eso”.
Prestar atención sí, pero no esparcir desinformación ni sembrar pánico. Bertoia toma como ejemplo los rumores que compartieron algunos medios en los días previos al 24 de marzo de este año, que hablaban de un supuesto indulto a represores que habría tenido planeado el presidente. Cuenta que recibió gran cantidad de llamadas y mensajes por consultas al respecto, de colegas y conocidos, a quienes les dijo que no sabía nada. Finalmente, el indulto nunca ocurrió. “Si bien hay que denunciar los retrocesos –razona– hay que ser cuidadosos y solo denunciar aquellos que están chequeados, y no alertar como si fuera el cuento de Pedrito y el Lobo.” Recalca la angustia que le genera este tipo de conversaciones a las víctimas y sus familiares. “Cuando tratás estos temas tenés que tener mucha delicadeza.”
“No odiamos lo suficiente a los periodistas”: el eslogan que el ámbito libertario acuñó va en línea con el ataque sistemático que lleva a cabo la Casa Rosada contra la prensa, tanto en redes como fuera de ellas. “El periodismo encarna una oposición y una denuncia que estas derechas no están acostumbradas o no quieren tener”, analiza Bertoia, y remarca que el fenómeno Milei no es un caso aislado, sino que se observa lo mismo con el alza de la derecha radicalizada a nivel mundial. “El periodismo siempre fue perseguido, pero lo que se podía entender como un juego democrático en los años 80, 90, 2000, ahora estamos viendo unas prácticas distintas con la emergencia de las redes sociales”, donde los sectores de poder se ven privilegiados “porque no hay mediación, no están las preguntas de los periodistas”. Lo que la cúpula autoritaria no tolera es “la posibilidad de crítica, que es lo que en todo caso hace el periodismo”.
El discurso que promueven el presidente y sus seguidores tiene como argumento principal la idea de que todos los periodistas son mediocres, corruptos y que “operan” a cambio de dinero. Este es un concepto bastante difundido en la sociedad, y Luciana Bertoia lo sabe. “Se ha generalizado que se hace bastante mal el periodismo. No en todos los lugares, pero sí en los ámbitos más encumbrados, se hace bastante mal periodismo.” Una posible explicación para esto es que, en años recientes y con el avance de la tecnología, “el periodismo se hizo para consumo”. “Mucha gente se mueve por lo que va a ser reproducido en redes sociales, entonces tenés que decir alguna frase ingeniosa que dure menos de un minuto”, explica. “Todo eso va en detrimento de un debate más amplio, más serio.”
LA PRECARIZACIÓN DEL OFICIO
Otro problema que identifica Bertoia, más preocupante, es la precarización de la labor periodística. “Debo tener arriba de cinco trabajos y no llego a fin de mes”, señala. Recuerda otros tiempos en los que podía sobrevivir con un solo empleo y le alcanzaba el tiempo para dedicarse completamente a él: cuando cubría Tribunales pasaba todo el día allí, a tal punto que su teléfono, “totalmente confundido”, lo registraba como su dirección de trabajo. “Todo eso fue desapareciendo, y sí, creo que fue en detrimento de la profesión”, se lamenta. Las empobrecidas condiciones laborales la afectan tanto a ella como a la mayoría de sus pares. “Hay muchos periodistas que quieren hacer buen periodismo, pero si tienen que tener cinco trabajos, seis trabajos para sobrevivir, es muy difícil.”
Ella es una de esas periodistas brillantes, aunque insiste en que nunca hay que caer en la arrogancia. “No te la tenés que creer mucho cuando te sale algo bien”, advierte. Su profesión requiere trabajo “de hormiga”, donde los días inconsecuentes son más que los de gloria. “Ni te tenés que creer que sos el peor de todos cuando te pasa algo, ni sos el mejor cuando hacés algo bien”, resuelve.
La humildad no le impide reconocer sus logros, como la entrevista que le realizó en 2014 al exjuez de la Corte Suprema Eugenio Zaffaroni, para el Herald. Dice que es la mejor entrevista que hizo, por la apertura que tuvo el entrevistado con ella: “Le preguntabas de cualquier tema y él te contestaba de todo, y era impresionante”, cuenta entusiasmada. Otro trabajo del que se enorgullece fue la investigación que hizo sobre “Isabelita”, la espía que se infiltró entre las Madres de Plaza de Mayo, publicada en Página/12.
De todos modos, asegura que es más lo que no hizo que lo que hizo: “El periodismo te permite saber que te falta mucho más que lo que lograste”. Una de sus metas aún no cumplidas es escribir un libro, pero planea alcanzarla en el futuro no tan lejano.
Cuando se le pregunta por qué, a pesar de todo, sigue eligiendo su profesión cada día, responde sin dudarlo y con simpleza: “Porque es lo que sé hacer, porque es lo que imagino hacer y porque creo que en algún momento puedo hacer algo mejor por la sociedad, siempre desde el periodismo“.
