Por Faustina Ganin

Cuando Verónica Castelli tenía dos años, en 1977, la dictadura militar secuestró a sus padres, María Teresa Trotta y Roberto Castelli. El padre pasó por dos centros de detención clandestinos, El Vesubio y el Sheraton, mientras que María Teresa, que estaba embarazada, fue vista también en Campo de Mayo.

Cuando se conocieron, María Teresa Trotta era catequista y Roberto Castelli estaba en el seminario sacerdotal, pero lo abandonó después de enamorarse de ella. En los 70 empezaron a militar juntos dentro de la organización Montoneros, desde la cual se dedicaban a hacer trabajo social en un barrio de Merlo Norte.

El 28 de febrero de 1977, María Teresa, que en ese entonces trabajaba en un jardín de infantes y estaba a punto de recibirse como asistente social, se subió a un colectivo con destino a la estación de San Antonio de Padua, pero nunca llegó. Roberto Castelli y Verónica la estaban esperando en la esquina de la casa de sus padres cuando frente a ellos estacionaron un Falcon verde y un Dodge naranja. Luego de dejar a su hija al cuidado de un almacenero, Roberto se entregó con las manos en alto. 

Además de a sus padres, a Castelli le secuestraron a su hermana Milagros. Ahora sabe que ese es su nombre pero, por 34 años, no lo supo. Lo sabe porque en 1997 se sumó a militar en H.I.J.O.S., donde creó la comisión de Hermanos, desde la que luchó incansablemente hasta encontrar a la suya, en 2008. Pero la búsqueda no había empezado ahí, sino muchos años antes. 

-¿Tenés algún recuerdo de tus padres?
-Tengo uno en el que estoy en un patio y me como un Sugus con papel, entonces mi papá con voz dulce me pregunta si soy tonta. Yo ahí pienso que podría ser un montón de cosas, pero que si quiero el amor de mi papá, tonta no puedo ser. También me acuerdo de mi perro, El Contra. Me acuerdo de estar volviendo de hacer una compra con mi mamá y de repente nos damos vuelta y venía El Contra trayendo la billetera que se le había caído. Otro recuerdo que también tuve muy nítido durante años es un pulóver de rombos de mi papá. De grande me encontré con la compañera de tesis de mi mamá y me dio unas fotos que tenía guardadas de mis viejos, entre las que había una foto en la que mi papá me tiene a upa y tiene puesto ese pulóver.

Verónica y su padre.

-¿Cómo fue tu infancia luego del secuestro de tus padres? ¿Qué te dijo tu familia al respecto?
-Mi familia paterna me dijo que mi papá y mi mamá se habían ido de viaje y que volvían para mi cumpleaños de 15. Yo pierdo todo el recuerdo no sólo de la situación del secuestro de mi papá, sino también del embarazo de mi mamá, pese a que era un embarazo prominente. El tío que me crió era subcomisario de la Policía Federal y llegó a ser comisario inspector. Por ende, yo no fui apropiada en términos jurídicos, pero en términos psicológicos no tengo ninguna duda de que mi caso es un caso de apropiación.

-¿Cuándo te diste cuenta de que tus padres no iban a volver?
-Cuando iba a segundo grado mi compañera de banco me dijo que los papás no se iban tanto tiempo de viaje, que seguramente estaban muertos. Fui a la casa de mi abuela materna y ella me contó que sí, que se los habían llevado los militares y que mi tío paterno había dicho que no me digan la verdad. Años después me entero que tenía que dejar una muestra de ADN para poder encontrar a mi hermana o hermano. En ese momento, en la tele estaban con el caso de una nena y los medios hacían toda una escena diciendo que no quería irse con una abuela. Había todo un circo y un atosigamiento con un menor como protagonista. Yo ahí me asusté, no quería que le pasara eso a mi hermana.

Verónica y su madre.

-¿En qué momento cambiaste esa mentalidad y empezaste la búsqueda de tu hermana?
-En mi adolescencia empiezo a querer averiguar más cosas de mis padres. Mi abuela paterna siempre me habló mucho de mi papá pero a escondidas, sin que mi tío lo supiera. Cuando llego a los 18 años me doy cuenta de que todo este proceso que había hecho para poder reconstruir la figura de mis padres, mi hermana o hermano no lo iba a poder hacer. Lo entendí ahí de forma diferente, enfrenté a mi familia de crianza y me fue re mal. Me dijeron: “Si vas a tomar este camino, te vas y sos persona no grata en esta casa”. Yo no tenía ninguna posibilidad de tomar otro camino, porque es quien soy. Yo soy hija de mis padres y esa era mi hermana, y a mis padres les robaron a su hija y a mi hermana le habían robado la posibilidad de saber quién era. No había elección posible más que irme.

-Imagino que hay heridas que no terminan nunca de cerrarse, pero, ¿encontrar a tu hermana te ayudó a dejar un capítulo de tu vida atrás?
-Soy una convencida de que los hechos que se llaman reparatorios reparan al pueblo argentino pero, en términos individuales, lo que hicieron con nosotros es irreparable. Los 31 años que yo no viví con mi hermana son irreparables. Además, más allá de que el que es encontrado tiene todo un tiempo en el que tiene que reacomodar las piezas desde este nuevo conocimiento, para los que buscamos también es todo un cimbronazo. Yo pasé de ser una persona que había dedicado más de una década a buscar a mi hermana, a ser alguien que había encontrado a mi hermana. Y más allá de la idea que uno se haga de quien iba a ser, después el que aparece es el que es. Cuando te dicen que vas a tener un hermanito o hermanita, te imaginas cómo va a ser el bebé y después nace el que nace, que no necesariamente es el que imaginaste. Eso estirado por 31 años es un montón.