Buenos Aires

jueves, octubre 15, 2026

La universidad, todavía sí

Por Felipe Colman / Fotos: Clara Nardini

El Congreso, el Obelisco, los árboles con los primeros colores de la primavera, los carteles de las líneas de subte A, C, D y H; el eclecticismo arquitectónico que combina el academicismo francés, el art déco, el estilo italianizante, el racionalismo y el neoclásico.

Las banderas de Camioneros, del Partido Obrero, de la Unión de Secundarios Técnicos, del Partido Justicialista; decenas más, con las siglas de las universidades en pintura. Carteles hechos a mano, afiches, panfletos y tarjetas, cada uno con palabras distintas y un mismo mensaje: los derechos se defienden, el trabajo se defiende, la universidad se defiende, la soberanía se defiende.

Manteles, remeras con las caras del Indio, del Diego, de Cristina; pañuelos verdes, blancos y violetas.

Parrillas con choris, patys, bondiola y vacío; mesitas con salame y queso en rebanadas; sándwiches de milanesa, completos o solo de jamón y queso; heladeritas con cerveza, agua, coca, jugo y hasta algún helado de palito.

Chicos y chicas, estudiantes de la universidad pública y estudiantes que sueñan con ella; laburantes, jubilados que siguen trabajando; familias, niños pequeños, algunos no tanto.

Columnas custodiadas por sus propios integrantes; tambores, bombos, trompetas y platillos.

Policías, camiones hidrantes, ambulancias, escudos, escopetas, bengalas, banderas que se cierran, caras cubiertas. Botas: adelante. Zapatillas: atrás. Ojos que lloran y piernas que corren.

Cámaras, micrófonos, la calle que se vacía y un Congreso que, adentro, nunca se llenó.

Los que vieron el sol, después las nubes y por último la lluvia; los que vieron el gas y las balas de goma, escucharon los gritos de lucha y también los de ayuda, cantaron con la murga y corrieron a su ritmo. Se quedaron porque la universidad es suya y porque la están desarmando.

El subte se llena: el piso empapado, el maquillaje corrido, una sonrisa acá, un llanto allá; desilusión, enojo, impotencia. Hombro con hombro, apretados en los vagones que los alejan del diluvio y de los golpes, vuelven a sus casas.

Afuera, el Congreso sigue en su lugar, con su cúpula verde y sus columnas, mojado y en silencio. Las banderas ya no están; la universidad, todavía sí.

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