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lunes, abril 27, 2026

Ramones: 50 años del disco que convirtió la simpleza en revolución

Por Matías Riso

Hay discos que nacen para acompañar una época y otros que directamente la rompen. El disco debut de Ramones, editado el 23 de abril de 1976, pertenece a ese segundo grupo: no sólo capturó el pulso de una escena subterránea neoyorquina, sino que la comprimió en menos de media hora y la lanzó como una bomba de tres acordes. Medio siglo después, sigue sonando igual de urgente.

EL ESTALLIDO EN LAS MÁRGENES

Antes de ese estallido, la historia venía gestándose en los márgenes. A comienzos de los 70, en un Nueva York áspero, económicamente golpeado y culturalmente fragmentado, cuatro pibes de Queens empezaron a moldear algo distinto. Jeffrey Hyman (Joey), John Cummings (Johnny), Douglas Colvin (Dee Dee) y Thomas Erdelyi (Tommy) compartían el amor por el rock & roll más básico, por las girl bands de los 60, por los cómics y por una estética que rechazaba los excesos del glam rock de aquella época. Como muchos músicos de su generación, eran fanáticos de The Beatles, una influencia menos evidente en el sonido pero clave en la concepción del grupo.

La banda se formó en 1974 casi por descarte y curiosidad. Dee Dee iba a ser el cantante, además de tocar el bajo, y Joey el baterista, hasta que en los primeros ensayos todo se reconfiguró: Joey pasó al frente con su figura desgarbada y su voz nasal inconfundible, Tommy se sentó en la batería pese a no ser un baterista “natural” y Johnny se aferró a una guitarra tocada como una ametralladora. Dee Dee, además de quedarse con el bajo, en parte porque no lograba tocar y cantar al mismo tiempo, se convirtió en el principal motor compositivo del grupo, responsable de buena parte de las canciones que definirían su identidad.

El apellido “Ramone” adoptado por todos era una referencia directa a Paul McCartney, quien utilizaba el seudónimo “Paul Ramon” para registrarse en hoteles en los primeros años de The Beatles. Una apropiación que funcionó como guiño y como punto de partida para construir una identidad propia.

El CBGB los vio nacer, ese sótano que terminaría siendo sinónimo de una escena. Ahí, junto a bandas como Blondie, Television o Patti Smith, los Ramones empezaron a destacar por contraste: mientras otros exploraban climas más complejos, ellos iban directo al hueso con canciones cortas, rápidas, sin solos ni adornos. Temas que rara vez superaban los dos minutos. Un repertorio que parecía más una descarga que un show convencional.

UNA BOMBA DE TRES ACORDES

Ese espíritu fue el que llevaron al estudio cuando firmaron con Sire Records. La grabación del primer disco fue en los estudios de Plaza Sound. Estuvo lejos de los presupuestos millonarios de la época, costó alrededor de 6.400 dólares y se resolvió en apenas una semana entre grabación y mezcla. Fue producido por Craig Leon y el propio Tommy Ramone. Incluso la icónica portada respondió a esa lógica austera: la fotografía en blanco y negro, tomada por Roberta Bayley frente a una pared de ladrillos, costó apenas 125 dólares y terminó convirtiéndose en una de las imágenes más reconocibles de la historia del rock.

No había lugar para la experimentación ni para las segundas vueltas, lo que la banda hacía en vivo tenía que quedar registrado con esa misma crudeza. El resultado fue Ramones, un álbum de 14 canciones en 29 minutos que redefine la idea de urgencia en el rock y que marcaría el punto de partida del punk rock como movimiento.

Desde el conteo inicial de Dee Dee en “Blitzkrieg Bop”, todo avanza sin pausa. “Chain Saw”, “Loudmouth”, “53rd & 3rd”, por mencionar algunos, son títulos provocadores, letras simples, casi infantiles por momentos, pero cargadas de una energía que desbordaba cualquier lectura literal.

En esas canciones también aparece condensado el ADN de la banda. Si “Blitzkrieg Bop” funciona como manifiesto inmediato, con su estribillo coreable convertido en marca registrada, y “Judy Is a Punk” narra en poco más de un minuto una historia caótica y veloz, casi como una viñeta, “Beat on the Brat” combina melodía pop con una letra incómoda y “Now I Wanna Sniff Some Glue” lleva la repetición al extremo hasta volverla hipnótica. No hay desarrollo tradicional ni giros complejos, lo único que hay es impacto directo. Cada tema parece pensado para entrar, golpear y salir.

Musicalmente, el disco era una declaración de principios, y en el centro de ese sonido estaba la guitarra de Johnny Ramone. Su estilo se definía por un enfoque minimalista, rápido y agresivo, basado casi exclusivamente en downstrokes (tocar con la púa únicamente hacia abajo) constantes y veloces. Utilizaba acordes de quinta y cejillas con alta ganancia y prescindía de los solos para sostener un audio compacto, preciso y sin fisuras. Esa forma de tocar no sólo le dio identidad al disco, sino que se convirtió en uno de los pilares del punk rock.

LA HUELLA

Sin embargo, el impacto inicial no se tradujo en éxito comercial. El disco vendió poco en su lanzamiento y apenas logró ingresar en los rankings. Esa es una de las grandes paradojas que acompañó siempre a la banda: su influencia fue gigantesca, pero su reconocimiento masivo llegó más por efecto dominó que por números propios. Recién en 2014, casi cuatro décadas después de su salida, el álbum alcanzó el disco de oro en Estados Unidos, superando las 500 mil copias vendidas. Mientras en su país el crecimiento fue lento, en Inglaterra su llegada encendió la chispa que daría forma al punk británico.

Con el tiempo, Ramones dejó de ser sólo un debut para convertirse en un punto de partida no sólo para el punk, sino para una forma de entender el rock: directo, sin intermediarios, sin pretensiones. Bandas de distintas generaciones, desde The Clash y Sex Pistols hasta Green Day o Nirvana, encontraron en ese disco una referencia inevitable.

Durante 22 años de carrera, entre 1974 y 1996, los Ramones llevaron esa propuesta a un extremo pocas veces visto: tocaron 2.263 conciertos alrededor del mundo, replicando noche tras noche la misma intensidad que habían capturado en su primer álbum.

A 50 años de su lanzamiento, Ramones no envejeció, quedó congelado en su propia velocidad. Sigue durando menos de media hora, sigue empezando con un “1-2-3-4” y sigue sonando como si no hubiera nada antes ni después. En esa insistencia, casi obstinada, está su fuerza. Porque más que un disco histórico fue, y todavía es, una forma de cortar con todo lo anterior y demostrar que el rock, incluso en su versión más simple, podía volver a empezar.

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