Por Mora Lopez
El Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisual (INCAA) atraviesa un periodo de cambios, recortes presupuestarios y debate sobre el rol del Estado en cuanto al fomento de la cultura. Andrés Brandariz es diseñador de imagen y sonido por la UBA, realizador integral, editor, asistente de dirección y guionista por la Escuela Nacional de Experimentación y Realización Cinematográfica (ENERC). Dirigió los cortos ANA, Las Cuatro y Media, La Trama de la Frontera y Son las 12. También escribe críticas de cine en el medio web A Sala llena y forma parte del podcast de cine Banda Sonora Original. Basado en su experiencia aporta su mirada sobre la actual situación de la industria del cine argentino.
—¿En qué estado dirías que se encuentra hoy la comunidad audiovisual argentina? ¿Cómo está impactando la falta de rodajes en la vida cotidiana del sector?
—Hoy la comunidad audiovisual argentina está sumida en una profunda crisis laboral y económica. En ciertas áreas la crisis obliga a buscar otra ocupación, desde el viraje a otros rubros hasta el cambio total de profesión, tengo varios colegas que ahora manejan emprendimientos gastronómicos, por ejemplo. A diferencia, en los rubros técnicos, puntualmente dirección de arte, sonido y cámara, existen posibilidades para continuar ejerciendo la expertise más allá del cine. En esos casos, el cambio de paradigma impactó menos. Por supuesto que hay desánimo y pesimismo entre mis colegas, pero también veo una insistencia en resistir, en hacer cine pese a todo.
—La pérdida de dinamismo en salas como el Cine Gaumont no sólo afecta a la exhibición, sino al encuentro entre el público y su cinematografía. ¿Qué perdemos como sociedad cuando el cine nacional se queda sin sus pantallas públicas?
—Se pierde o se limita mucho el acceso del público general a nuestro cine. El cine argentino se convierte en algo de nicho, relegado a complejos de cine arte, museos o cineclubes. El creciente aumento del precio de las entradas en el Gaumont evidencia una política que tiende a restringir el acceso a los sectores más humildes, priorizando una recaudación con objetivos poco claros, ya que nada de ese capital se refleja en mejoras para nuestro cine.
—Desde tu experiencia en la dirección de cortos, ¿es viable la autogestión pura? ¿Hasta qué punto se puede sostener la calidad técnica y narrativa sin que termine en la precarización de los propios realizadores?
—La autogestión pura es viable si nuestro objetivo se limita a filmar un cortometraje cada tanto sin fomentar ningún tipo de industria formal. La calidad narrativa tiene más que ver con el guión y el conocimiento teórico; la calidad técnica es mucho más alcanzable con los recursos actuales que hace diez años. El problema es la precarización del equipo técnico y artístico. Sin una estructura formal que proteja y de derechos a los trabajadores, no hay industria posible, sólo esfuerzos económicos individuales o el financiamiento cada vez más extranjerizado de multimedios que no generan riqueza para el país.
—¿Qué posición debe tomar la prensa ante este escenario? ¿Existe la responsabilidad moral de acompañar y visibilizar con mayor énfasis el cine argentino para protegerlo, o la mirada analítica y rigurosa debe mantenerse sin importar el contexto?
—Todos los críticos argentinos que conozco insisten en la protección y defensa del cine argentino. Pero atenuar la rigurosidad de una crítica porque la mayoría de las películas independientes que logran estrenarse se realizaron en un contexto hostil sería bajarle el precio al cine argentino. Cuando esta crisis termine, que yo creo que terminará, va a ser imposible leer el cine argentino de estos años fuera de su contexto. Pero lo mismo se hace con el cine de cualquier momento histórico, que inevitablemente moldea una sensibilidad y una forma de ver la realidad. Lo único que espero es que el cine argentino responda siempre a las inquietudes de su época, algo que determinó siempre su infinita vitalidad.
