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jueves, noviembre 5, 2026

“Un animal acostumbrado al cautiverio puede perder la capacidad de vivir en libertad”

Por Rocío González Gaudio

El cierre de un zoológico o establecimiento de exhibición de fauna puede significar muchas cosas. Para los turistas es el fin de una historia. Para los animales, el comienzo de una nueva era. Aquellos seres dependientes de los humanos quedan a la deriva y encontrar un lugar que los acoja y cuide como merecen puede llevar meses. “Recibir a un animal en cautiverio es una decisión que lleva tiempo y paciencia”, explica Adelmar Funk, fundador y director del Complejo Ecológico de América, un centro de rescate y refugio de animales silvestres ubicado en la provincia de Buenos Aires. 

Funk habla con la calma de quien tiene más de 35 años de experiencia en el ambiente. En el partido de Rivadavia, su refugio se volvió el destino de aquellos animales que quedan varados sin hogar. “Nos esforzamos por recrear los ambientes de cada especie e imitamos los biomas en el que habitan en la naturaleza para que tengan la posibilidad de reinsertarse“, explicó a Publicable.

—¿Qué sucede con los animales cuando un zoológico cierra sus puertas?
—Según la ley Ley 12.238 de la provincia de Buenos Aires, quien debe hacerse cargo del mantenimiento de los animales es el propietario. Sin embargo, no es lo mismo que el dueño sea el Estado que una institución privada. El Estado cuenta con los medios para solventar los gastos de la población animal sin privarlos de los elementos básicos para sobrevivir, como un ambiente saludable, tratamiento veterinario o alimento. En cambio, en las instituciones privadas esta labor es mucho más compleja ya que todo depende de su situación económica y de los medios con los que cuente para lograrlo. En muchos casos se requiere de una colaboración externa complicada de conseguir.

—Cuando un animal debe ingresar a un centro como el Complejo Ecológico de América, ¿cómo inicia el proceso? 
—Primero alguien debe contactar a la entidad. Comúnmente suele hacerlo el Estado, a través de la Dirección de Fauna de la provincia, o la Justicia mediante expedientes judiciales y operativos de comiso. Incluso muchas veces se requiere de la autorización de un juez que apruebe. Una vez arreglado, deben pautarse las condiciones del traslado. Esto suele tomar tiempo ya que se debe preparar las instalaciones para su alojamiento. No es lo mismo recibir un ave que un oso o un león. Nosotros recibimos a los animales del exzoológico de Bahía Blanca, cuya organización llevó cerca de seis meses. Entre otras tareas, creamos el sector Safari, con potreros de más de una hectárea, pensado para alojar animales de mayor porte como ciervos, llamas y antílopes.

—¿Qué factores deben tenerse en cuenta para organizar ese traslado? 
—Primero se debe definir quién se va a hacer cargo del operativo y quién lo puede financiar. Puede ser el Estado o nuestra institución, dependiendo del caso. En algunas ocasiones tienen que ingresar animales con ciertas características para los que no contamos con los medios necesarios, como el transporte o el dinero. Por eso, cada detalle debe pautarse de antemano con mucha seriedad.

—¿Y esto puede implicar algún riesgo para el animal?
—Por supuesto. Todo traslado implica estrés, incluso cuando el destino es mucho mejor que el lugar de origen. Hay que tener en cuenta que ese ambiente termina siendo el hogar del animal, pese a haber sido maltratado. Ese desarraigo puede derivar, en los casos más extremos, en su muerte. Muchos no están preparados física o psicológicamente para el cambio, por lo que intentamos que no sea repentino.

—¿En qué condiciones suelen recibir a los animales que llegan de zoológicos o circos? 
—Eso depende de la calidad de vida que hayan recibido. Es recomendable que cada especie sea criada en lugares aptos, espaciosos, atractivos y con elementos de antiestrés. A esto lo llamamos enriquecimiento ambiental. Recuerdo que hemos recibido dos osos, diez tigres y tres leones de un circo cerrado en Belleville, en la provincia de Córdoba, en pésimas condiciones. Si bien no aparentaban haber recibido maltrato físico ni haber sufrido violencia, se notaba la falta de nutrición y de los cuidados básicos que requiere un animal en cautiverio. En cambio, los que recibimos de Bahía Blanca se encontraban perfectamente nutridos y saludables. Todo depende de los cuidados que haya dado la entidad de origen, y eso se nota mucho. 

A diferencia de otras instituciones, Eco de América no recibe ningún tipo de ayuda del Estado, ni provincial, ni nacional. Para mantener y solventar los gastos que requieren los animales, el municipio colabora con el pago de los sueldos del personal y la entidad recibe donaciones de diferentes sectores de la industria.

—Con tantos animales bajo su cuidado, ¿cómo logran conseguir el alimento necesario para todos?
—Solemos recibir la ayuda de productores agropecuarios, que nos donan la provisión de carne. Acá se consume prácticamente una vaca por día y su compra significa un gasto casi imposible. Es por eso que aprovechamos a los animales que mueren en la zona rural. Al estar en el noreste de la provincia de Buenos Aires, una zona con muchas invernadas, es común que los animales sean empastados o se quiebren, y es necesario sacrificarlos. Cuando eso ocurre, la gente de campo nos avisa y vamos a buscarlos. Además, todos los días visitamos las verdulerías de la zona, que nos donan las frutas y verduras machucadas que ya no pueden ser ofrecidas al público. Están en buen estado y para nosotros son muy útiles.

—¿Cómo cubren los gastos que no se resuelven con donaciones, como el equipo veterinario?
—Para solventar lo restante ofrecemos visitas guiadas todos los días a las familias y delegaciones estudiantiles interesadas en conocer la fauna de nuestro país. Solemos recibir entre quinientas y mil personas por semana. Desde 2025, además, contamos con una plataforma llamada CuotaQ, un sistema de débito automático al que los interesados en colaborar pueden adherir y aportar de forma continua al cuidado del parque. Nuestro objetivo es que el público que nos visita sea de calidad, y que cada visita se vaya con una enseñanza.

—Pero entonces, ¿no están utilizando a los animales como entretenimiento?
—Claro que no. Los animales que ponemos en exhibición no tienen posibilidad de reinserción en la naturaleza. Muchas veces, un animal acostumbrado al cautiverio puede perder la capacidad de vivir en libertad. Hemos recibido cachorros de pumas encerrados desde su nacimiento, lo que hace casi imposible liberarlos ya que no han aprendido a valerse ni sobrevivir por sí solos. Por otro lado, aquellos en proceso de recuperación y con posibilidad de retorno a la naturaleza no se exhiben. Incluso nosotros mantenemos la menor interacción posible para que no copien nuestras conductas ni se adapten a nuestra presencia. Solo lo hacemos cuando debemos operar con ellos para curarlos y rehabilitarlos. En ese caso están totalmente alejados del público.

—Cuando el animal puede ser restituido en la naturaleza, ¿qué riesgos aparecen?
—Es una situación muy compleja. Los riesgos que se corren son muy altos. Un animal que ha tenido un trato cercano con el ser humano, por un lado, termina perdiendo el temor a la sociedad. En estos casos, aunque pueda valerse por sí mismo, el animal puede querer acercarse a viviendas o ciudades, siendo peligroso tanto para ellos como para la sociedad. Si una persona ve a un puma adulto acercándose a su casa, puede atacar al animal con la intención de espantarlo o matarlo. Y, por otro lado, un animal que ha sido liberado y que le ha perdido el miedo al humano puede atacar. 

La labor de Eco de América es más que alojar animales. Implica brindarles una segunda oportunidad a los seres que ya no tienen a dónde volver. Adelmar Funk y su equipo sostienen un modelo que se aleja del zoológico tradicional y del concepto clásico de santuario. Cada traslado, donación y visita guiada son piezas de un rompecabezas, cuya obra final busca garantizar que ningún animal quede desamparado.

DE PARQUE A ZOO Y DE VUELTA A PARQUE: EL CASO DE BAHÍA BLANCA

El zoológico de Bahía Blanca nació en 1920 por ordenanza del Concejo Deliberante, como parte del Parque Independencia. Al principio recibía todo tipo de animales a través de aportes y donaciones –comadrejas, gallinas de Guinea, cigüeñas, hienas y pumas, entre otros–. Sin embargo, en 1935 se temía por su continuidad ya que el predio era visto como un conjunto de jaulas “sin orden ni armonía”, que no cumplían ninguna función más que el encierro de animales. Para revertir esta situación, el diario La Nueva Provincia alentó a sumar especies autóctonas y colocar una chapa con el nombre del animal en cada jaula, a fin de recuperar el valor educativo del lugar.

El zoológico logró superar esa etapa y en 2006 contaba con 5 hectáreas, unos cien animales y alrededor de treinta especies, en su mayoría autóctonas protegidas. En 2012, sin embargo, el escenario dio un giro inesperado. Un grupo de proteccionistas en contra del cautiverio animal comenzó a plantear su cierre. Entre los hechos que denunciaban figuraban el ataque con arma blanca a dos burros por parte de un adolescente en 2009, la ubicación de coipos en un sector antes ocupado por un zorro y la muerte de un mono por envenenamiento. Ante la Justicia, los manifestantes sostuvieron que ya no se cumplían los objetivos educativos que acreditaban la existencia de un zoológico, y reunieron más de diez mil firmas de vecinos a favor del cierre.

En octubre de 2012, el Concejo Deliberante creó una comisión para definir el futuro de los animales. Desde la Plataforma de Protección Animal, conformada por entidades proteccionistas, se propuso trasladar los animales al Complejo Ecológico de América. La comisión aprobó el proyecto y el director municipal de Espacios Públicos, Marcelo Caramelli, acordó con el director del complejo, Adelmar Funk, el traslado de al menos 51 animales. 

El primer viaje se realizó el 4 de mayo de 2013, con un fuerte operativo de seguridad. El proceso se extendió hasta 2014, cuando el 28 de junio partieron los últimos animales, dos ciervos y un guanaco, y el zoológico dejó de existir.

Actualmente, la provincia y el municipio de Bahía Blanca trabajan en un proyecto para convertir el predio en un parque público orientado a la educación ambiental, la recreación y el encuentro comunitario. “Junto a la Provincia vamos a transformar el lugar en un espacio para disfrutar en familia y aprender sobre el cuidado del medio ambiente en contacto con la naturaleza”, expresó el intendente Federico Susbielles.

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