Por Taís Tejo Toribio
Sede del partido final del Mundial 2026, que se jurará el 19 de julio en el MetLife Stadium, la exuberante Nueva York es la tercera ciudad más grande de América y la más poblada de los Estados Unidos, con más de 8,5 millones de habitantes. Inmortalizada hasta el cansancio en miles de películas, canciones y libros, la metrópolis fue escenario y testigo de muchos de los acontecimientos que han marcado Occidente. Pero debajo de sus veredas adornadas con rascacielos y calles repletas de taxis amarillos, fluye una de las redes ferroviarias subterráneas más complejas y transitadas del mundo: el emblemático Metro de Nueva York.
Fundado en 1904, el Metro conecta cuatro de los cinco distritos o boroughs en que se divide la ciudad: el Bronx, Brooklyn, Manhattan y Queens, con la excepción de Staten Island. Sus 6.418 vagones recorren 1.062 kilómetros de vías distribuidas entre 469 estaciones, por las que pasan aproximadamente 4,5 millones de pasajeros por día, lo que representa más de la mitad de la población total. Al igual que la ciudad, esta enorme máquina bien engrasada nunca duerme, ya que trabaja las 24 horas, todos los días del año.

El Metro fue siempre una musa inspiradora, como lo muestran los graffitis que cubrían de suelo a techo sus vagones en los años 70 y 80. Las pintadas en el subterráneo eran tantas que en 1972 se formuló un plan de prevención y limpieza para eliminar cualquier rastro de pintura en los coches, que estaba asociada con la criminalidad, aunque no tuvo mucho éxito hasta inicios de la década siguiente con el aumento de la presencia policial. Esos primeros grafiteros que se escabullían de estación en estación sembraron la semilla del street art moderno que luego se esparció por el mundo, reivindicado ya como una forma legítima de expresión. En Subway Art, los fotógrafos Martha Cooper y Henry Chalfant registraron durante una década el movimiento graffiti en Nueva York, y lo retrataron no como simple vandalismo sino como una forma de arte legítima. El libro, publicado en 1984 y apodado “la biblia del graffiti”, fue una referencia para grafiteros de todas las generaciones que le siguieron. Sus páginas son una mezcla de dibujos e inscripciones coloridas y el metal de las vías y vagones del tren.
Ni en Buenos Aires ni en Nueva York es inusual ver artistas callejeros tocar el violín o cantar a viva voz en el transporte público, pero la Gran Manzana fue un paso más allá con la creación del MTA Music, un programa que no solo permite sino que incentiva las performances en estaciones de Metro a través de un sistema de aplicaciones, audiciones y jurados, para garantizar que los pasajeros disfruten de espectáculos de calidad. La Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA) creó la iniciativa en 1985, originalmente con el nombre Music Under New York (Música Bajo Nueva York). La afiliación les otorga a los músicos la posibilidad de reservar turnos en puntos populares de la red y prioridad para presentarse en áreas más concurridas. El MTA Music realiza cerca de 7.500 presentaciones al año, organizadas con una temática diferente cada mes para visibilizar y celebrar a distintos sectores, como el mes de Apreciación de la Música Clásica o el del Patrimonio Hispano. Muchos músicos dieron sus primeros pasos en las estaciones del Metro y luego se convirtieron en figuras reconocidas, como el grupo Hypnotic Brass Ensemble y la cantante de gospel Alice Tan Ridley.

La música no es el único arte que se nutre del Metro. La MetroCard, análoga a la SUBE argentina, fue el medio de pago del transporte público neoyorquino desde su lanzamiento en 1994 hasta que se descontinuó a fines de 2025, debido al incremento de los medios de pago digitales. La medida fue recibida con tristeza por muchos ciudadanos, ya que la tarjeta se había convertido en parte de la identidad de Nueva York, pero fue un golpe duro para quienes la utilizaban como materia prima en sus producciones artísticas. Este es el caso de Lin Shih-Pao, quien desde hace veinte años crea grandes e intrincadas esculturas hechas totalmente de MetroCards, o de Nina Boesch, que las recorta para formar collages detallados. Para ellos, no se trata de encontrar un nuevo material con el que contar su historia, sino que “la historia es la MetroCard”, como expresó Lin en diálogo con el New York Times. Boesch no está tan preocupada como Lin, ya que cuenta con una colección de casi 90 mil tarjetas que acopió a lo largo de los años, pero no todos tienen tanta suerte. Lin les ha pedido ayuda a sus amigos y hasta ha puesto cajas para recolectar tarjetas en algunas iglesias. Las necesita para trabajar y para arreglar algunas de sus esculturas del Zodíaco Chino, que ya requieren mantenimiento.
Para despedir al emblema del Metro, el Museo de Tránsito de Nueva York presentó en marzo una muestra con las obras de estos y otros artistas de MetroCard. Jodi Shapiro, curadora del museo, dijo que los artistas están “atravesando las cinco etapas del duelo” y, aunque empatiza con su situación, queda fuera de su alcance. “Si tuviera una varita mágica, la usaría”, afirmó Shapiro.
Con 122 años de historia, el Metro vio crecer a la ciudad, creció con ella y la transformó. Es el corazón y las arterias de Nueva York, siempre presente y rugiendo bajo la superficie para cualquiera que se detenga a escucharlo.
