Por Matías Riso
Miriam Lewin tenía 20 años cuando su vida quedó atravesada por la violencia estatal. Sobrevivió al circuito represivo que unió el centro clandestino de detención Virrey Cevallos con la ESMA y, ya en democracia, se convirtió en una de las periodistas más relevantes en temas de memoria y derechos humanos. Fue titular de la Defensoría del Público, investigadora de causas emblemáticas y autora de varios libros. Su doble condición de testigo y periodista le da a su mirada un espesor particular.
—A 50 años del golpe de 1976, ¿qué significa para vos esta fecha?
—En lo personal es un shock. Ya cincuenta años de esa mañana en la que mi mamá entró a mi habitación con la radio y una marcha militar. Y también es importante que no hubo otro golpe después del 24 de marzo. Creo que no los hubo porque los militares pagaron un precio muy alto, no solo jurídico sino social. No quieren volver a ser herramientas del poder económico, que ahora llegó por elecciones y quiere pagar una presunta deuda con los represores dejándolos ir a domiciliaria o directamente absolviéndolos, como pasó en Villa Constitución. Para las nuevas generaciones esto tiene que ser objeto de estudio, pero también de celebración: nunca más hubo un régimen militar en la Argentina.
—¿Qué te llevó a estudiar periodismo?
—Decidí que quería ser periodista desde muy chica. Me gustaba escribir y quería estar donde sucedían las cosas. Después vino el periodismo de investigación, que tiene que ver con una necesidad de justicia, de escuchar la voz de los débiles y de reparar ciertos rincones de la sociedad donde ocurren cosas disfuncionales.
—¿Cómo fue el momento de tu detención?
—Empecé militando en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y luego me uní a Montoneros, en la Columna Oeste. Para mayo del 77 había pasado a la clandestinidad porque estaban cayendo compañeros. Me seguían desde hacía días. Cuando intenté llamar desde un teléfono público, me taclearon y me metieron en un auto. Intenté tomarme la pastilla de cianuro y me hicieron escupirla. Era algo que usábamos para evitar dar información bajo tortura.
Lewin estuvo secuestrada en varios centros clandestinos hasta llegar a la ESMA. Allí el aparato represivo articulaba inteligencia, desaparición forzada y propaganda. Ese engranaje es central para comprender cómo los medios narraron, o dejaron de narrar, el terrorismo de Estado.
—Tengo entendido que en la ESMA realizaste tareas vinculadas con prensa. ¿Cómo viviste ese proceso?
—Para ellos, el poder de los medios era fundamental. Habían armado una estructura completa: mantenimiento, falsificación de documentos, producción audiovisual, archivo y oficina de prensa. Hacíamos una síntesis de prensa para (Emilio Eduardo) Massera, que quería construir un proyecto político propio, quería ser el heredero de Perón. Con el Mundial, la propaganda se potenció. Traían periodistas del exterior, organizaban visitas guiadas por los centros clandestinos y disfrazaban a secuestrados como personal de la Federal. El aparato de comunicación funcionó muy bien. Querían vender una Argentina de paz y fraternidad, mientras trasladaban a los detenidos para ocultarlos.
—¿Esa experiencia marcó tu relación posterior con el periodismo?
—Mi sensación era que los periodistas eran títeres del poder más sangriento. Que no hayan matado mi vocación es un milagro. Haber podido separar aquello de lo que es verdaderamente el periodismo, también.
—Con la vuelta a la democracia, ¿cómo viste que los medios empezaron a hablar del terrorismo de Estado?
—Hubo una explosión con el Juicio a las Juntas. Fue un hito mundial. No solo por lo jurídico: se produjo una catarsis colectiva. Tenés que pensar que una de las cosas que había que probar era que efectivamente existían los desaparecidos, porque los militares lo negaban. Después, muchos no denunciaron en la Conadep por miedo. Hubo miles de casos que nunca quedaron registrados.
—La dictadura no solo ejerció violencia física: también fabricó información. ¿Recordás alguna cobertura o titular que muestre esa manipulación informativa?
—Ahora se habla de fake news, pero en dictadura ya existía. Fraguaban enfrentamientos: fusilaban gente y repartían comunicados diciendo que habían muerto en un tiroteo. Secuestraron a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet y montaron una foto para culpar a Montoneros. A Norma Arrostito la secuestraron viva, pero publicaron que estaba muerta. A Thelma Jara de Cabezas la hicieron posar como “madre arrepentida de un subversivo”. Y hubo revistas como Gente que acompañaron la narrativa de la dictadura. Era un dispositivo muy aceitado.
—¿Los medios fueron cómplices?
—Cómplices o rehenes. Porque también hubo más de cien periodistas desaparecidos. Y hubo quienes intentaron pasar información a corresponsales extranjeros y fueron secuestrados o forzados al exilio. Aunque durante el Mundial aminoraron las desapariciones, porque sabían que los ojos del mundo estaban sobre ellos.
—Ya en democracia, el debate mutó con los años. En los 90, ¿cómo recordás el clima mediático respecto de la dictadura?
—Sí, hubo un paño frío. Aparecían posturas como “hay que mirar hacia adelante”, “ya está, ya fueron juzgados”. También los que relativizaban: “No fueron 30.000”, “eran guerrilleros, se lo merecían”, “los militares cometieron excesos”. Y la teoría de los dos demonios. Ese discurso volvió a instalarse en distintos momentos.
—¿Y en los 2000, con la reapertura de los juicios?
—Hubo un cambio. La mayoría de los medios morigeró su discurso. Algunos seguían relegando los juicios, otros los apoyaron. Página/12 tuvo un rol central. Al principio hubo muchísima cobertura y después se fue haciendo más rutinaria, lo cual era señal de normalidad institucional. Pero cuando surgieron discursos negacionistas, creo que los medios podrían haber hecho más.
—Algunos sectores dicen que el kirchnerismo “politizó” la memoria. ¿Cómo ves ese debate?
—Creo que se cometieron errores, como cambiar el prólogo del Nunca Más o decir que la política de derechos humanos empezó en 2003. Pero también hay que contextualizar: el poder militar en los 80 era mucho más fuerte. Y es injusto ignorar el Juicio a las Juntas o demonizar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida sin entender las asonadas militares de esa época.
—¿Y la TV Pública en esos años?
—Estaba más presente, y no solo la TV Pública. En 2006 hicimos un documental en Telenoche por el aniversario del golpe. Los medios se volvieron más permeables a estos temas.
—Hoy, el debate vuelve a tensarse. ¿Qué lectura hacés del mensaje de “memoria completa” difundido por el gobierno de Javier Milei?
—Es deliberadamente confuso. La guerrilla mató gente, sí, eso es indudable, pero la respuesta jamás podía ser desaparición, tortura, apropiación de bebés. El Estado se convirtió en terrorista. Si alguien cometió un delito debía ser detenido, juzgado y condenado con garantías, no desaparecido. Eso es lo que deslegitima su discurso.
—¿Qué papel debería cumplir el periodismo frente a esos discursos?
—Usar terminología correcta, por ejemplo, no decir “presidente Videla”, sino “dictador Videla”, y rescatar historias que interpelan. En los juicios hay cientos de relatos que podrían ser series. Hay que transmitirlos a las nuevas generaciones.
—Si tuvieses que sintetizar cómo evolucionó el periodismo en relación con la dictadura desde 1983 hasta hoy, ¿qué dirías?
—Que siempre se alineó con los vientos del poder político y económico. Algunos medios cambiaron de derecha a centro y de centro a derecha según el momento. A veces por convicción, otras por supervivencia en un sistema mediático en crisis.
—¿Qué advertencia nos dejás a los periodistas jóvenes sobre cómo comunicar la memoria?—Entender por qué es importante tratar estos temas para que no se repitan. No necesariamente de la misma manera, sino de formas similares, enmascaradas. El periodismo puede ayudar a conservar la memoria o a destruirla.
La advertencia final de Lewin no se dirige solo al periodismo: interpela a toda una sociedad que debe decidir qué hace con su historia y qué hace con el silencio.
