Por Silvia Gamarra y Jon Zabala
Plata o mierda es un largometraje documental que ofrece una mirada cruda y profundamente íntima sobre la vida en el sistema penitenciario bonaerense. Ganadora del premio a Mejor Largometraje de la Competencia Oficial Argentina del último Bafici, la película no fue registrada por un equipo de filmación externo, sino que es el resultado de un intercambio de audios y videos que duró seis años y medio entre Marcos Joubert, un joven que se encontraba privado de su libertad, y la directora Toia Bonino.
Utilizando la cámara de un teléfono celular como herramienta de escape y expresión, Marcos capturó desde la tediosa rutina de los “llamados de lista” hasta la belleza melancólica de las tormentas vistas desde su celda. En esta entrevista, Joubert, que aparece acreditado como codirector, reflexiona sobre cómo el cine se convirtió en su forma de “sacar la mente de adentro” durante su condena.
–No es común que una película se filme íntegramente desde el interior de una cárcel. ¿Cómo nació el proyecto?
–Todo empezó por una nota. Yo conocía a Toia de un almuerzo, porque era amiga de la familia de la que era mi novia en ese momento. Cuando caí preso y estaba en la comisaría de Burzaco, le mandé a decir en una notita: “Si Toia se enterara de que estoy preso, seguro me interesaría hacer algo“. Ella no se pudo resistir y ahí empezó un intercambio de audios y videos que duró más de seis años. Al principio era una ayuda, una forma de descargarme, y después le fuimos dando forma a la película.
–¿Tenías alguna relación con el cine o la fotografía antes de este encuentro con Toia?
–Relación con el cine, cero. Mi relación empezó cuando la conocí a ella. Sí te puedo decir que siempre me había interesado el tema de la fotografía, pero nada más que eso.

–En la película se nota una búsqueda visual muy cuidada, a pesar de las limitaciones técnicas. ¿Cómo era filmar en ese contexto?
–Era complicado porque el espacio era súper reducido y no había muchos lugares donde ubicar el teléfono. A veces me daba bronca porque el teléfono no tenía buena definición o se desenfocaba, pero al final eso le dio un toque especial, que no sea tan prolijo. No tenía accesorios, así que la estabilidad era a puro pulso o apoyando el celular donde podía.
–¿Por qué eligieron Plata o mierda como título?
–Descartamos un montón de nombres. Al final quedó ese porque sinceramente era eso: “Plata o mierda”. No sabíamos qué iba a pasar con todo este material, era probar suerte y ver si salía algo bueno o no. Por lo que se ve, salió.
–Hay dos elementos que se repiten mucho en tus grabaciones: los llamados de lista y las tormentas. ¿Qué significaban para vos?
–La lista me molestaba muchísimo. Era una rutina de mierda que te cortaba el sueño a cualquier hora; aparecía la lucecita en la cara y te tenías que levantar. En cambio, las tormentas me encantaban. Pasaron muchos años en los que no me mojaba la lluvia, entonces grabar era lo más cercano a sentir esa sensación: sacar el brazo por la reja y sentir un poco de agua. Además, en Sierra Chica el cielo está despejado y los relámpagos se ven con una claridad que no tenés en la ciudad.

–¿Qué significó tener ese teléfono y la cámara durante tu encierro?
–Me sirvió para sacar mi mente de adentro. Me ayudaba a no estar matándome la cabeza pensando en cuánto tiempo me faltaba para salir o en que mi novia me estaba por dejar. Mientras otros presos agarraban un libro o un instrumento, yo usaba la cámara para despejarme y ponerme de acuerdo con Toia sobre qué grabar. Fue mi conexión con el afuera.
–Ahora que estás afuera, ¿cambió tu percepción del tiempo después de haberlo registrado de forma tan minuciosa en la película?
–Sí, hoy tengo una mejor relación con el tiempo. Aunque estuve mucho tiempo adentro, por suerte no sufrí tragedias familiares como perder a una madre o un hijo. Ver las escenas ahora me mueve todo el piso, pero estoy contento de estar acá y de que la película haya terminado así.
