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jueves, junio 11, 2026

El corresponsal de guerra que miró de frente el horror y entregó su vida

Por Matías Riso

“Siento mucho la muerte de los cuatro colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong. Estaban desarmados y tuvieron tiempo de decir que eran periodistas. Fue una crueldad inútil eliminarlos. Por otra parte, entiendo que el periodismo ha sido sumamente imparcial con el Vietcong. También entiendo que todos los que estamos aquí sentimos que estamos corriendo ese riesgo. Y ése es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento”.

La frase la pronunció Ignacio Ezcurra el 8 de mayo de 1968 cuando fue entrevistado por La Voz de América, una radio estadounidense. Ese mismo día, el corresponsal argentino de La Nación salió del hotel Eden Roc, ubicado en Saigón, con la libreta en su bolsillo. Decidió recorrer Cholon, el barrio chino donde se libraban los combates más duros de la ofensiva del Vietcong. Tenía 28 años, nunca regresó.

La libreta de Ezcurra.

“Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo…”. Esas fueron las últimas palabras que aparecieron en su máquina de escribir. Sobre la cama había varios papeles y apuntes. En el armario estaba su uniforme, necesario para viajar junto a los militares.

Ignacio Ezcurra había nacido en San Isidro en 1939, en una familia de clase media alta. Descendiente de Juan Manuel de Rosas y tataranieto de Bartolomé Mitre, se recibió de bachiller en 1956 en el colegio El Salvador. Comenzó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires, dos años después viajó a los Estados Unidos, donde perfeccionó su inglés en la Universidad de Columbia, y en 1960, gracias a una beca, estudió periodismo en la Universidad de Missouri.

A sus 22 años dió sus primeros pasos en La Nación en la sección de avisos clasificados, pero pronto demostró un estilo distinto: escribía con precisión y sensibilidad, atento a las historias humanas detrás de los hechos. Esa mirada lo llevó a cubrir temas internacionales en Estados Unidos y Medio Oriente.

El periodista convivía con soldados, médicos, campesinos y otros periodistas.

En 1968 pidió viajar a Vietnam. La guerra había estallado en los titulares de todo el mundo y la ofensiva del Tet, iniciada en enero, había puesto a los corresponsales en el centro de la escena. La crudeza de las imágenes y los relatos que enviaban desde el terreno contrastaba con la versión oficial de Washington, que veía en ellos un riesgo para el sostenimiento de la guerra. Ezcurra llegó a Saigón el 24 de abril. En Buenos Aires quedaron su esposa, Inés Lynch, embarazada de tres meses, y su hija Encarnación, de apenas un año.

En las dos semanas que estuvo en Vietnam se volcó al frente. No se conformaba con los partes militares: buscaba el testimonio de los civiles, retrataba aldeas arrasadas y escribía sobre la vida cotidiana bajo las bombas. Convivía con soldados, médicos, campesinos y otros periodistas. Sus crónicas eran enviadas por la agencia Associated Press (AP) y tardaban días en publicarse en La Nación, pero su fuerza radicaba en el tono humano.

Ezcurra buscaba el testimonio de los civiles y retrataba aldeas arrasadas.

El 8 de mayo, tras la entrevista radial, salió en un jeep con dos colegas de Associated Press y otro de la revista Newsweek. En el regreso pidió bajarse y caminar porque quería entrevistar más civiles. En el vehículo dejó su cámara Pentax y su casco con la palabra PRESS, lo único que lo identificaba como periodista en aquel calvario. Nadie volvió a verlo. La hipótesis más aceptada es que cayó bajo fuego del Vietcong, aunque no se descartan otras posibilidades.

“Fueron miembros del Vietcong, pero su independencia de criterios, que lo llevó a mencionar en sus artículos la valentía de los guerrilleros, también podría haber causado enojo entre las tropas estadounidenses. Además, esa zona es donde días atrás habían asesinado a otros cuatro periodistas. Lo más probable es que Ignacio haya estado investigando también este suceso”, explicó Ricardo Preve, cineasta argentino que realiza un documental sobre su vida.

Una de las notas en La Nación firmadas por Ezcurra.

Días después llegó a la redacción en Buenos Aires una foto tomada por un reportero japonés freelance de AP donde se veían dos cuerpos ejecutados en la selva. Algunos reconocieron en uno de ellos a Ezcurra por la ropa y los rasgos, aunque nunca hubo certeza. Lo único indiscutible es que Ignacio Ezcurra fue el único periodista latinoamericano muerto en la guerra de Vietnam.

Sus textos fueron recopilados años después en el libro Hasta Vietnam. En 2018, el gobierno vietnamita y su familia le rindieron homenaje en Ho Chi Minh, nombre que tomó Saigón tras la guerra. Medio siglo más tarde, su historia sigue interpelando al periodismo argentino.

Cada 7 de junio, Argentina celebra el Día del Periodista en homenaje a la aparición de la Gazeta de Buenos Ayres, fundada por Mariano Moreno en 1810. En tiempos de inmediatez digital, la figura de Ignacio Ezcurra sintetiza uno de los valores esenciales del oficio: la decisión de estar donde ocurren los hechos aun cuando eso implique asumir riesgos personales. A casi seis décadas de su desaparición, un joven periodista eligió mirar de frente el horror para que los demás pudieran entenderlo. Su nombre continúa siendo un símbolo del compromiso con la búsqueda de la verdad y del papel que cumple el periodismo para acercar a la sociedad realidades que de otro modo permanecerían ocultas.

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