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miércoles, mayo 20, 2026

Un periodista en el frente de guerra

Por Facundo García Beraudi

Ignacio Hutin es un periodista argentino nacido en 1989 en Castelar, partido de Morón. Es magíster en Relaciones Internacionales, licenciado en Periodismo y especializado en liderazgo en emergencias humanitarias. Trabajó como cronista en el frente de la guerra en Ucrania y Europa del Este para medios nacionales e internacionales. Escribió y publicó libros como Ucrania. Crónica desde el frente y Ucrania-Donbass. Una renovada Guerra Fría.

UN CRONISTA PARTICULAR

Según los Convenios de Ginebra sancionados en 1949, luego de la Segunda Guerra Mundial, hay una distinción entre ser cronista y corresponsal: un corresponsal es un periodista que se moviliza junto con las fuerzas armadas de un país determinado dentro de un conflicto, forma parte del contingente militar y, por ende, puede ser prisionero de guerra. Un cronista, en cambio, es ajeno al ejército y permanece con todos sus derechos y facultades.

Durante la guerra de Malvinas en 1982, por normativa de la Argentina, a los periodistas les correspondía tener un rango militar aunque fueran civiles. Se les asignó el rango de oficiales. “Un cronista no tiene nada que ver con un ejército ni pertenece a un organismo militar”, explica Ignacio Hutin, y agrega: “No soy corresponsal, porque seguir a una fuerza armada implica seguir solamente sus lineamientos. Yo quiero escuchar a ambos bandos, y como corresponsal no podés hacerlo”.

A diferencia del cronista cotidiano, cuyas intervenciones suceden mayormente después de la noticia, un periodista de guerra no solo es testigo y narrador directo de lo que sucede en el momento. El informador, aquí, acompaña a la noticia. Hutin cuenta qué lo motivó a hacer un tipo de periodismo donde peligra constantemente su vida: “Me quedó muy grabada la Guerra de Kosovo. En 1999 yo tenía diez años y recuerdo ver los tanques en la televisión. Cuando tuve la oportunidad de ir a Kosovo me impactó muchísimo: un lugar donde la guerra había terminado hacía catorce años y, sin embargo, estaba clarísimo que no era así. Eran clarísimas las divisiones y las tensiones. Intentar entender qué ocurría fue un desafío muy grande, y creo que fue eso lo que más me atrajo. En parte, lo que creo que me impulsa es la curiosidad y la idea de romper con los prejuicios. Por ejemplo, romper con la idea de que la guerra es entre buenos y malos o que hay víctimas y victimarios”.

Hutin cubrió la guerra en Ucrania y Europa del Este.

LA DISPUTA POR LA VERDAD

Los conflictos bélicos implican diferentes matices. “Somos animales complejos que vivimos en sociedades complejas. Un conflicto armado, con toda su complejidad, refleja al propio ser humano. Pensar que, quizás, el peor de los villanos tiene un argumento. Hay que tratar de entenderlo y, además, tratar de entender cómo ese argumento puede convencer a otros. Uno podría quedarse con la idea de que Hitler es un hijo de puta y a cuantos millones de personas mató. Pero, ¿por qué prendió toda esa locura en millones de alemanes? Hay un contexto y razones para que eso que él decía prendiera y funcionara.”

La guerra, a pesar de lo que pueden transmitir el cine y la ficción, no se trata de dos polos opuestos que luchan por instaurar un bien común por sobre la maldad o viceversa: las “víctimas” y los “victimarios”. La prensa es un mecanismo que permite visibilizar diferentes puntos de vista. Permite ser un intermediario entre sociedades remotas para mostrar lo que sucede en ellas. El periodista vincula su oficio con la posibilidad de mostrar y contar “historias humanas, porque al final del día los que sufren son los civiles”.

La discusión sobre si los medios de comunicación mienten y desinforman a las masas no inició en el siglo XXI ni con el surgimiento de la inteligencia artificial, aunque ella evidentemente logró profundizar el debate. Joseph Goebbels, jefe de propaganda nazi entre 1933 y 1945, logró influir en la opinión de toda una población mediante la idea de que “una mentira repetida muchas veces puede transformarse en una verdad“. Por el contrario, los mecanismos de manipulación mediática del presente se han transformado al punto de que se relatan tantas mentiras que se imposibilita discernir la realidad (la hoy denominada “slopaganda”).

En este sentido, Hutin profundiza: “El tema de la IA es un quilombo para todos. Yo creo que de acá a un año o menos va a ser completamente indistinguible un video real de uno falso. ¿Qué se hace con eso? Chequear y chequear, pero es un problema para todos: desde los periodistas hasta los lectores”. Para aquellos cuya materia prima de trabajo es la información, el presente indica que el futuro es incierto y que debemos cuestionar nuestra influencia y la capacidad cada vez menos latente que tiene el público de discernir la realidad.

La desinformación se asemeja a la ficción. Cuando Orson Welles narró por la radio La guerra de los mundos provocó un estado de histeria colectiva entre la población que no comprendió que se trataba de una parodia. Las noticias falsas, como la reciente noticia de que el primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, había muerto luego de un ataque iraní, provocan teorías y conspiraciones. La mentira en los medios es una herramienta para quienes desean imponer sus ideas.

IMPARCIALES, NO OBJETIVOS

Naturalmente, el periodismo puede ser funcional a los sistemas hegemónicos de poder. Uno se puede cuestionar cómo opera aquí el trabajo del cronista y si, en parte, muestra una realidad violenta impulsada muchas veces por esos propios sistemas. “Yo tengo mi ideología, no soy, ni intento ni pretendo ser objetivo. Obviamente uno no sale con la idea de mentir y de decir lo que se le ocurra en base a nada, porque esto no es ficción, pero todos tenemos nuestra opinión, obviamente. Nadie pretende ser objetivo ni dejar la ideología de lado, sobre todo cuando tenés la oportunidad de trabajar para un medio o para una organización que te da la posibilidad de decir explícitamente lo que pensás”, relata el periodista, y se pregunta: “Cuando contás una guerra, ¿estás de alguna forma promoviendo el relato violento? ¿Estás diciendo ‘una guerra es lo que corresponde’? ¿Estás jugando para los intereses de uno de los actores en pugna? Y la respuesta es: probablemente o al menos parcialmente.”

La Guerra de Malvinas es un ejemplo claro. Es difícil tener una postura imparcial y no sentirse movilizado. Los colores de la bandera y la lucha por la soberanía en discursos patrióticos cegaron las verdaderas intenciones de aquellos que gobernaban con autoritarismo. Aquellos que promovieron y obligaron a jóvenes a que tomen las armas y se enfrenten a uno de los mayores ejércitos de la historia con casi nulo entrenamiento. “Es muy difícil que como argentino te pongas del bando británico. Quiero creer que como periodistas deberíamos hacer eso, ser primero periodistas y después todo lo demás. Parte de nuestra ideología, siguiendo con el ejemplo, es ser argentinos. Pero también parte de ser un informador implica pensar que el ejército que apoyamos puede estar cometiendo crímenes de guerra.”

Si nos alejamos de nuestras fronteras, cubrir un conflicto bélico o de política exterior, en teoría, nos da la posibilidad como informadores de ser más objetivos. El periodista explica cómo, a pesar de la distancia, el conflicto actual entre Irán, Israel y Estados Unidos sigue siendo cercano: “En Medio Oriente hay una cuestión emocional que no termino de entender bien por dónde viene. No me alcanza con que me digan que es el lugar en donde nació Jesús, la tierra prometida para el pueblo de Israel y además es el lugar en donde se encuentra la Mezquita de Al-Aqsa a la que llegó Mahoma después de subir a los cielos”.

No me alcanza solamente con el factor religioso (en relación con las religiones abrahámicas). Creo que ese es el punto: ver qué tan cerca nos toca un conflicto armado desde lo emotivo, personal y cultural. Desde lo que somos y cómo interpretamos nuestras posiciones políticas. Cuando algo nos toca muy directamente se vuelve mucho más difícil de analizar y es más sencillo caer en el fanatismo como si fuera una historia de héroes y villanos”, reflexiona.

VER, REGISTRAR, ANALIZAR

Nunca hubo un punto en la historia en que no se hayan disputado guerras por intereses económicos, políticos, religiosos o territoriales. Los conflictos han marcado la historia desde que se tiene registro con la creación de la escritura cuneiforme. Por su parte, el periodismo se consolidó con el tiempo. La creación de la imprenta, en 1440, permitió la masificación de los textos y, con transformaciones sociopolíticas como la Revolución Francesa, la prensa se volvió clave para difundir ideas. No fue hasta el siglo XX que el periodista se transformó en un intermediario entre los hechos y la sociedad.

Contradiciendo en parte al entrevistado, estar en el frente en el papel que sea implica ser víctima o victimario. Max Weber, reconocido sociólogo y economista alemán, definió al Estado como la única institución que posee el monopolio del uso legítimo de la violencia a través de la policía o sus fuerzas armadas. Aquel que se dedique a informar tiene como papel el de testigo. Su función y objetivo es observar, narrar y transmitir: “El rol del periodista no es… no somos abogados, no somos jueces. Tenemos que tratar de ver lo que podamos ver, de registrar lo que podamos registrar y de analizar lo que podamos analizar. Nuestro laburo no es juzgar a quien disparó y por qué”. En estos términos, un informador explica un conflicto, no lo justifica. Su influencia puede servir como mecanismo para la denuncia. De igual manera, Max Weber definió a la prensa como una fuerza capaz de incidir en la opinión pública e incluso en el poder político.

Experimentar y evidenciar hechos traumáticos puede afectar gravemente la salud mental. El estrés postraumático no solo afecta a los soldados y civiles. Aquellos cuyo oficio los empuja a vivir y evidenciar experiencias de este tipo muchas veces terminan con lesiones emocionales difíciles de sanar. “Yo por suerte no he evidenciado cosas graves como las que cuentan otros. Sí vi gente herida, cadáveres, destrucción de infraestructura, desplazados y familias separadas. Gente viviendo en búnkers subterráneos durante años, gente enferma”, cuenta antes de preguntarse qué hacer con eso.

Lo mejor que podemos hacer es contarlo. Al igual que en el psicoanálisis, la forma de digerir esas experiencias es contándolo. Nos ayuda a nosotros mismos a entender, analizar y racionalizar lo que estamos viviendo”, dice. Cada individuo incorpora su propio “mecanismo de defensa”. Un mecanismo de protección, si se quiere. “Yo siempre logré abstraerme bastante. Quizá suene un poco frío, pero siempre mantuve la idea de que estaba en un sueño y no estaba formando parte de lo que sucedía.”

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