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jueves, marzo 19, 2026

“Los medios prefirieron sumarse al discurso oficial antes que confrontarlo”

Por Celeste Nicole De Santo

La dictadura cívico-militar de 1976 no solo desplegó un plan sistemático de secuestros, desapariciones y torturas. También reorganizó la economía, reconfiguró la vida social y estableció un modo particular de administrar la información. En ese esquema, el periodismo no actuó como un actor neutral, sino que acompañó, reforzó y ayudó a legitimar el relato oficial del régimen.

Pablo Llonto, periodista, abogado de derechos humanos y querellante en juicios de lesa humanidad, lo sabe porque estuvo allí. Trabajó en redacciones durante los últimos años de la dictadura y, desde entonces, dedicó gran parte de su vida a investigar la relación entre los medios y el poder militar.

Para Llonto, los diarios y las revistas jugaron un papel decisivo desde el comienzo. Suele recordar que, si un solo medio masivo hubiera investigado la existencia de la ESMA, el impacto social habría sido inmediato. Considera que “la dictadura aprovechó la confianza casi automática que la sociedad tenía en la prensa tradicional” y que esa credibilidad permitió instalar “comunicados falsos como verdades absolutas”. Ese engranaje informativo fue tan eficaz como silencioso, sostiene. 

En su análisis, la conducta de los medios no se explica únicamente por el terror o la censura. Hubo también una adhesión ideológica al proyecto económico de José Alfredo Martínez de Hoz. Dentro de las redacciones, muchos periodistas asumieron como propia la narrativa de que el plan económico era “necesario” para ordenar el país. Esa convicción convivía con signos claros del efecto contrario: inflación creciente, caída del empleo y destrucción de la industria nacional. Según Llonto, la información sobre ese deterioro ya circulaba en los primeros años del régimen, pero buena parte del periodismo decidió no confrontarla.

El repertorio de operaciones informativas de la época también fue extenso. Uno de los casos más conocidos es la carta apócrifa atribuida al futbolista Ruud Krol, publicada por El Gráfico para desacreditar denuncias internacionales. Llonto considera que estos episodios eran posibles porque predominaba la idea de que “los medios no mentían” y porque casi no existía una cultura de chequeo o verificación de datos. Además, recuerda que muchos periodistas se beneficiaban con prebendas, viajes, regalos o vínculos políticos que consolidaban un círculo de favores y silencios.

La carta apócrifa de Ruud Krol.

Uno de los ejemplos más extremos de colaboración mediática fue el caso de Thelma Jara de Cabezas, obligada a participar de un reportaje montado por la revista Para Ti mientras estaba secuestrada en la ESMA. Llonto señala que ese tipo de vínculos entre periodistas y mandos militares no era una excepción, sino parte de una dinámica habitual. En distintas redacciones se celebraba el acceso directo a figuras como Jorge Rafael Videla o Emilio Eduardo Massera aun cuando ya se conocían historias del horror. Ese acercamiento, sumado a la ausencia total de editoriales en defensa de la Constitución, señala un nivel de complicidad que atraviesa a todo el sistema mediático de la época.

El lenguaje fue otra herramienta decisiva. Términos como “subversivos”, “sediciosos” o “abatidos” construyeron una narrativa que convirtió la represión en una acción casi administrativa. Llonto advierte que, después de una larga serie de comunicados donde solo aparecían muertos del “otro lado”, resultaba evidente que había preguntas que nadie quería hacer. Ese modo de nombrar la violencia influyó en el sentido común de la época y, según él, continúa funcionando hoy en distintas formas de criminalización que se reproducen sin investigar quiénes son realmente las víctimas.

Tampoco fue casual el silencio ante las denuncias internacionales que llegaban desde Europa. Para Llonto, en la mayoría de los casos se trató de la decisión política de “sumarse al discurso oficial antes que confrontarlo”. Cita, por ejemplo, el rol de un director de una revista de gran masividad que viajó a Europa para desacreditar a organismos que denunciaban desapariciones, para asegurarse un doble beneficio: quedar bien con su propia empresa y, a la vez, con los jerarcas militares que facilitaban accesos, viajes y publicidad.

Cincuenta años después, Llonto remarca que la autocrítica periodística sigue siendo una deuda pendiente. Explica que muchos periodistas temen revisar su pasado porque podría afectar su prestigio y recuerda que solo un puñado de figuras reconocieron públicamente su responsabilidad en aquellos años. Para él, ese silencio no es menor: condiciona la posibilidad de que las nuevas generaciones comprendan la dimensión ética del oficio.

Su propia experiencia en Clarín en 1978 lo marcó profundamente. Llegó con la convicción de que el periodismo no mentía, pero con el tiempo descubrió las distorsiones, los intereses y las presiones internas. Fueron trabajadores no jerárquicos, politizados y atentos a la realidad quienes le mostraron que detrás de cada silencio había una decisión. Esa enseñanza, sostiene, sigue vigente, porque hoy persisten problemas similares: precarización, falta de periodismo sindical y poca investigación sobre bancos, apuestas o empresas que manejan grandes porciones de la economía. Aunque las redacciones son más pequeñas, la autocensura frente al poder empresarial continúa siendo un rasgo estructural.

Sobre el avance del negacionismo en la actualidad, Llonto es tajante. Considera que los medios tienen una responsabilidad central para desmontar discursos que buscan relativizar o maquillar los crímenes de la dictadura. Sin embargo, observa que buena parte de la prensa elige dedicar su energía a escándalos superficiales o contenidos virales que no contribuyen a una discusión pública seria. “Nueve de cada diez periodistas quieren ser panelistas o influencers”, suele decir, y advierte que mientras la investigación quede relegada, los silencios del pasado encontrarán nuevas formas de reproducirse.

Medio siglo después del golpe, su reflexión funciona como advertencia y, a la vez, como desafío. El papel del periodismo durante la dictadura no puede entenderse solo como un error del pasado, es una trama ética y política que continúa proyectándose sobre el presente. La pregunta que Llonto deja planteada es “qué habría ocurrido si un solo medio se animaba a ver lo que tenía delante”. Es también un llamado a no repetir hoy esos mismos silencios.

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