Buenos Aires

jueves, marzo 19, 2026

“Uno se acostumbra a militar en ausencia, pero una nieta es una presencia”

Por Faustina Ganin, Juana García Cassataro, Josefina Girotti y Lucas Porta

Ramón Inama convivió durante casi cincuenta años con una certeza y una duda. La certeza era que su padre había sido secuestrado y desaparecido en noviembre de 1977 junto con su pareja, embarazada de seis o siete meses. En contraparte, la duda era si ese embarazo había llegado a término y si el hijo o la hija había sobrevivido. “Toda mi vida supe que tenía un hermano o hermana posiblemente apropiados”, dice. 

Desde muy joven, Ramón se involucró en la búsqueda. Dio sangre para el Banco Nacional de Datos Genéticos en 1991, cuando el sistema aún estaba dando sus primeros pasos. Militó en HIJOS La Plata, formó parte de la Comisión de Hermanos. Siguió de cerca cada pista que aparecía acerca del Atlético, el centro clandestino donde estuvieron detenidos su padre y su compañera embarazada. Cada identificación ajena era una mezcla de alivio colectivo y golpe personal: “Cada vez que aparecía un hermano que podía ser el mío, y no era, me iba quedando sin esperanzas”.

Con los años, su búsqueda se volvió más silenciosa. La vida, los hijos, el trabajo y una sensación inevitable de derrota: “Yo ya daba el caso por perdido”. Y por eso, la llamada que recibió en enero de 2025 lo descolocó por completo. Era Manuel Gonçalves Granada, nieto restituido y referente de Abuelas de Plaza de Mayo, insistiendo por teléfono. Ramón, desconcertado, terminó mandándole un mensaje: “Manu, si tiene que ver con mi hermano o hermana, por favor llamame ya”. La respuesta llegó en segundos: sí, tenía que ver.

“Me agarró totalmente desprevenido. Me largué a llorar solo en un departamento vacío donde estaba arreglando un termotanque”. La noticia venía con un vértigo inevitable ya que su hermana, que había transcurrido toda su vida sin dudar de su identidad, estaba de vacaciones en Brasil. Ella se enteró por videollamada de una irregularidad en su partida de nacimiento. No porque dudara, sino porque la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), un organismo dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos, detectó que el médico que firmó su partida, un traumatólogo, había certificado trece nacimientos en circunstancias idénticas. Esa anomalía fue la que encendió las alarmas.

Cuando regresó al país, comenzó un proceso que Abuelas conoce bien: acompañar, explicar, amortiguar. Puentes. “Ellas tienen un modo muy amoroso, saben que están uniendo dos identidades que a veces no saben si quieren encontrarse”, cuenta Inama. A través de mensajes, audios y fotos, Paula, la nieta 139, empezó a conocer a Ramón y a la otra hermana, increíblemente también llamada Paula. Primero cautelosamente; luego, con una curiosidad que se volvió necesidad.

El encuentro presencial llegó en marzo, en un departamento de La Plata, durante un fin de semana largo de carnaval. “No podía hablar. Las miraba a las dos, a Paula y Paula, y no lo podía creer. Era demasiado fuerte”, evoca el hermano varón. Hablaron durante horas, como quien abre un archivo sellado durante medio siglo. También la imagen de la abuela paterna, Lela, una figura poderosa en el recuerdo de Ramón: “Las dos se parecen a ella. Ver eso fue muy emocionante”.

La aparición de su hermana transformó para él el sentido de la memoria: “Uno se acostumbra a militar en ausencia: hablar de los desaparecidos, de lo que falta. Pero una nieta es una presencia. Es completamente distinto. Te devuelve algo que creías perdido para siempre“. La palabra “presencia”, en boca de Ramón, deja de ser un concepto histórico y vuelve a ser algo concreto, se vuelve una voz, un cuerpo, alguien que responde, que pregunta, que interpela.

Esa presencia tomó forma pública pocas semanas después: en la primera marcha del 24 de marzo que compartieron, caminaron juntos detrás de la bandera de Abuelas. Ella todavía no había hecho pública su identidad y podía avanzar entre la multitud sin ser reconocida. Cuando Ramón escuchó a Estela de Carlotto hablar desde el escenario, se quebró: “En menos de dos meses estaba marchando el 24 conmigo. Fue muchísimo”.

Desde entonces, el vínculo entre los tres hermanos creció con un ritmo propio, sin aceleraciones forzadas. Más audios, más encuentros, más visitas. También, la complejidad inevitable que implica la causa judicial contra sus apropiadores, la revisión dolorosa de una biografía entera, las contradicciones y la bronca. Pero la voluntad, siempre, de mantenerse cerca. “No es que todo sea color de rosa, pero ella quiere conocernos. Y eso es un montón”, celebra Ramón.

En septiembre, Paula dio una entrevista al diario Página/12 y aceptó aparecer sin nombre, pero con su rostro. Poco después habló en la apertura de Teatro x la Identidad en La Plata, acompañada por sus dos hermanos. Fue, para los tres, una forma de empezar a habitar públicamente esa historia.

El testimonio de Ramón revela algo que excede su vida personal. Habla de la persistencia de Abuelas, de un sistema de memoria construido durante más de cuarenta años, de la potencia de la identidad como derecho y como reparación, y de un hecho tantas veces olvidado: la recuperación no es un final sino un inicio. Lo que para él significa la aparición de su hermana puede resumirse en la frase que repite varias veces: “Es una presencia”. En un país donde la memoria tiende a formularse a partir de lo que falta, esa presencia, improbable, milagrosa, es también una forma esperanzadora de futuro.

+ DE ESTE TEMA

+Temas

ENTREVISTAS

LO ÚLTIMO