Buenos Aires

jueves, marzo 19, 2026

Una historia, dos finales

Por Sofía Rossi Sauer y Abril Semo 

“SU VALENTÍA SE LO LLEVÓ POR DELANTE”
Graciela Elsa Lucero, cuñada de Roberto “Tito” Rossi, desaparecido el 15 de junio de 1976. 

El 24 de marzo de 1976 me desperté a las 7 de la mañana. Encendí la radio y comenzó a sonar la marcha militar anunciando el golpe de Estado. También anunciaron el estado de sitio; no nos podíamos juntar más de tres personas en un lugar y no podía haber grupos de gente en la calle. Era por eso que los estudiantes eran uno de los grupos más perseguidos. 

Mi cuñado, Roberto “Tito”Rossi, era periodista, un apasionado por la literatura y activista de la izquierda. Mi marido y yo temíamos por él. No porque fuera una persona peligrosa, sino porque volanteaba con sus compañeros de lucha en las fábricas y alfabetizaba a las personas de menos recursos. Por consecuencia, tanto yo como mi marido y hermano de Roberto también éramos perseguidos. Tuvimos que quemar libros. No podíamos salir porque estábamos espiados y en peligro de desaparecer. 

A Tito lo desaparecieron el 15 de junio de 1976. La noche anterior habíamos cenado todos juntos; mi suegra Margarita, mi esposo Ricardo, mi hijo de 5 años y él. No sabíamos que iba a ser la última vez que lo íbamos a ver, pero así parecía. Nos habían cortado la luz, lo cual era habitual en esa época. Mi esposo le pedía a Tito que se cuidara, que no fuera tonto y que estaban desapareciendo a mucha gente en el Ministerio de Justicia, donde ambos trabajaban. “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”, respondió. Esa madrugada lo desaparecieron en San Martín y General Paz. Nos enteramos por medio de sus compañeros. Hicimos la denuncia y nos mudamos con mi suegra para hacerle compañía porque los militares le habían requisado toda su casa. 

Esperábamos a Tito todos los días. Lo buscamos en las morgues, sufriendo cada día, en carne viva y con mucho dolor. En cada persona veíamos a nuestro querido Tito. 

Ricardo estaba tan desesperado que se infiltró y consiguió un trabajo como chofer de los militares mediante contactos del Ministerio de Justicia. Un día, mientras trabajaba, tuvo a Jorge Rafael Videla enfrente. Me contó que lo primero que pensó fue: “Este hijo de puta me sacó a mi hermano”, y que dudó en dispararle, pero en un segundo de frialdad se acordó de que su madre no podía perder otro hijo. 

Adriana, la novia de Tito y su compañera de militancia, también fue desaparecida ese mismo día. Nosotros teníamos la teoría de que estaba embarazada de dos meses, pero la familia nunca la buscó; tenían mucho miedo. Lo último que supimos es que está enterrada en Chacarita, no sabemos cómo la mataron o si tuvo a su hijo. 

Tras años de buscar, en 2012 pudimos saber que a Tito lo mataron, pero su cuerpo sigue desaparecido. Margarita, mi suegra, guardó cada recuerdo de él en una valija. Desde cuadernos de caligrafía hasta dibujos. Todo el resto tuvo que ser quemado. 

Sufrimos mucho por Tito, su valentía se lo llevó por delante. 

“CONTAR LA HISTORIA QUE MI HERMANO NUNCA QUISO REVELAR”
Susana Ruiz, hermana de Aldo Ruiz, secuestrado el 14 de diciembre de 1977 y liberado el 14 de abril de 1978. 

Cuando anunciaron el golpe de Estado, el 24 de marzo de 1976, yo estaba trabajando en un laboratorio como administrativa y estudiando en la Facultad de Ciencias Exactas, en Ciudad Universitaria. Todos los días salía de rendir a las 11 de la noche y me tomaba el colectivo, la mayoría de las veces la policía montada corría a los estudiantes a palazos. Yo volvía a mi casa asustada y ese miedo era un tema de conversación constante. 

Por otro lado, mi hermano Aldo era contador público nacional y trabajaba en el Banco Nación de La Plata junto a un amigo que también era contador. Ambos llevaban por computación el desenvolvimiento de ATE (Asociación Trabajadores del Estado), sobre todo la parte turística. Y, además, llevaba particularmente la contabilidad de la empresa del padre de un amigo; ese señor era militar y tenía rango de general. 

A mi hermano lo secuestraron el 14 de diciembre de 1977 en la puerta de la casa de mis padres. Recuerdo que había venido a cenar con su esposa, que estaba embarazada de ocho meses, y su hija de dos años. 

Sin mediar palabra, tocaron el timbre y lo subieron a un Ford Falcon verde. Después nos enteramos de que también se habían llevado a las tres personas que trabajaban con él. Mis padres, en ese momento, confirmaron todos los miedos que venían teniendo hacía meses y sobre los que me advertían todos los días. 

Las primeras 48 horas fueron de mucha incertidumbre y temor. A pesar de que su suegro era comodoro retirado, había sido intendente de Quilmes y además era amigo de Albano Harguindeguy, ministro del Interior durante la dictadura, no supimos dónde estaba. Después supimos que lo habían llevado, junto a sus tres compañeros, al Departamento Central de Policía, y que luego lo trasladaban a la cárcel de Caseros

Allí estaba en un pabellón especial junto a uno de sus amigos, separado de los presos comunes, con todos los detenidos por el Poder Ejecutivo Nacional en causas financieras. Se los podía visitar distintos días a los hombres y mujeres, por lo que con mi mamá íbamos martes, jueves y sábados a las 15. 

Me habían dado permiso en el trabajo para poder ir. Llevábamos comida y todo lo que nos pedían. Estábamos en un patio contiguo a su lugar de detención. Recuerdo que la inspección para entrar era violenta, por la revisión de las gendarmes mujeres, que se propasaban con insultos y golpes a las visitantes. Y la inspección de la comida, otro tanto: despedazaban y cortaban todo lo que nosotras habíamos preparado para llevarle.  

La salida era otro suplicio. Se juntaban en una especie de galpón con una puerta pequeña todas las visitantes y sus hijos, hacinadas durante más de media hora, mientras contaban a los presos e iban saliendo de a uno. 

Aldo nos hablaba poco, el maltrato del lugar era insoportable y no terminaba de entender por qué estaba preso allí. Los golpes e insultos eran constantes, casi no le daban de comer, por lo que bajó mucho de peso y estaba muy débil. Aunque estoy segura de que de los peores tratos nunca nos enteramos… Él era un hombre que trataba de ver siempre lo positivo en las situaciones adversas de la vida, por lo que muchas de las peores torturas no nos las contó. 

Lo liberaron el 14 de abril de 1978, sin haberle hecho ninguna pregunta. Lo dejaron desnudo y golpeado, y nunca le dieron la oportunidad de defenderse ni de poder contar su lado de la historia. 

Mi hermano murió por un cáncer terminal el 24 de diciembre de 2015. Nunca quiso contar su historia para no recordar lo malo… pero yo sí quiero contarla. Por la memoria de Aldo, y por todos los desaparecidos, decimos Nunca Más. 

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