Por Valentín Ferré
En la oscuridad de un teatro italiano de mediados del siglo XIX, el público se llena de expectativa. Cuando el coro de los esclavos hebreos en Nabucco comienza a cantar el “Va, pensiero”, la audiencia no solo escucha una melodía de Giuseppe Verdi: escucha un himno de resistencia contra la ocupación austríaca. En ese momento, la ópera deja de ser un espectáculo de élite para transformarse en una tecnología de masas. Es el primer gran vehículo de construcción nacional y sentimiento revolucionario en Europa.
Hoy, en 2026, las revoluciones no suelen empezar en los asientos de los teatros, sino que viajan por los celulares, se difunden en TikTok y miden su impacto en clics. ¿Sigue teniendo el arte el mismo poder para movilizar políticamente a las personas en esta sociedad del consumo instantáneo?
EL TEATRO COMO CAMPO DE BATALLA
Durante las décadas de 1830 y 1840, la música fue utilizada por los movimientos nacionalistas en Europa Central y Oriental como un medio sistemático de construcción nacional. A través de instituciones y asociaciones culturales, la ópera ayudó a definir los estilos estéticos que hoy consideramos nacionales, uniendo a la población detrás de mitos e historias compartidas.
En Italia, la figura de Verdi se convirtió en un símbolo político casi por accidente. Más que un homenaje al compositor, el lema “¡Viva Verdi!” funcionó como un código político clandestino dentro de los teatros: detrás del nombre del músico se escondía Vittorio Emanuele Re d’Italia, el futuro rey de una Italia unificada. En ese contexto, la ópera funcionó como el principal espacio donde circulaban las ideas de libertad y los sentimientos de pertenencia.
Sin embargo, la relación entre la ópera y el Risorgimento no fue tan lineal ni espontánea como suele contarse. La historiadora Carlotta Sorba sostiene que el vínculo entre teatro y movilización política se desarrolló dentro de un contexto más amplio, marcado por debates intelectuales que atravesaban distintos países europeos. Desde esta mirada, la identidad nacional italiana no salió mágicamente de las partituras, sino que fue el resultado de un proceso cultural complejo que el teatro ayudó a amplificar y que se consolidó recién hacia finales del siglo XIX. La ópera, por lo tanto, funcionó como la red social de su época, capaz de concentrar la atención pública y encender la chispa colectiva.
LA ÓPERA EN LA ERA DIGITAL
Creer que la ópera es algo que solo pertenece al pasado o a los museos es un error: aunque estas obras nacieron hace siglos, hoy se siguen usando para hablar de los problemas geopolíticos actuales. Un ejemplo clarísimo es Khovanshchina, del compositor ruso Modést Mussorgsky. Fue escrita en 1870 sobre conflictos del siglo XVII, pero lo que cuenta suena con mucha vigencia debido a cómo se lee políticamente en la Europa contemporánea.

En puestas en escena recientes en ciudades como Berlín, Ginebra y Salzburgo, los directores decidieron sacar todo lo que daba aires de viejo y reemplazarlo por oficinas modernas, pantallas gigantes y elementos del mundo digital. En Ginebra, por ejemplo, convirtieron a un personaje del siglo XVII en un hacker sentado frente a una computadora; en Salzburgo, el director Simon McBurney puso a un político de traje, idéntico a Vladímir Putin, dando un discurso. Para McBurney, la clave es que estas obras logran capturar esa sensación de desastre cercano que sentimos hoy. Esto demuestra que el drama sigue siendo una herramienta potente para pensar el presente, más allá de que los palcos hayan sido cambiados por las pantallas.
DE LOS TEATROS A LAS PANTALLAS
Si en el siglo XIX los teatros eran el espacio central donde se construían las identidades, hoy ese rol está completamente fragmentado. Los grandes teatros fueron reemplazados por plataformas digitales, redes sociales y servicios de streaming que organizan y atomizan nuestro consumo cultural.
Mientras que en 1840 una melodía de Verdi podía unificar a una Italia dividida bajo un mismo sentimiento, hoy el consumo es instantáneo y disperso. Spotify y los algoritmos de las redes sociales nos encierran en “burbujas de filtro” donde solo terminamos escuchando contenidos que refuerzan nuestras propias creencias previas. La música actual sigue teniendo una carga política, pero perdió un poco el efecto para conmover a todas las clases sociales con el mismo mensaje.
La concentración de personas ya no pasa por reunirse en la plaza del teatro, sino por buscar la viralidad digital. Aunque esa búsqueda sigue dependiendo del mismo motor que en el pasado: la necesidad de pertenencia, el deseo de libertad y la resistencia contra el poder de turno. El arte actual moviliza, pero lo hace de manera diferente: ya no construye naciones a largo plazo, sino tendencias de indignación o apoyo que duran lo que dura un video en el feed.
