Buenos Aires

lunes, octubre 26, 2026

“Solo se puede ser cristiano si se es humanitario”

Por Ana Otharán

Para comprender el abismo de la pobreza estructural en la Argentina no alcanza con repasar los índices periódicos del Indec ni las estadísticas universitarias. La pobreza estructural es una realidad persistente que abarca mucho más que la insuficiencia de ingresos monetarios. Implica la privación de derechos fundamentales como el acceso a una vivienda digna, agua potable, red sanitaria, educación de calidad, nutrición adecuada en la primera infancia y empleos formales que permitan proyectar un futuro. Mientras que la pobreza por ingresos se mide según la capacidad de una familia para adquirir la Canasta Básica Total (CBT), la pobreza estructural alude a deficiencias arraigadas que se heredan de generación en generación, consolidando núcleos de exclusión que parecen inmunes a los ciclos de crecimiento económico coyuntural.

En este complejo escenario socioeconómico, donde las respuestas estatales históricamente oscilaron entre el asistencialismo y la entrega de recursos sin contraprestación productiva, emerge una experiencia contundente a pocos kilómetros de la Panamericana. En la localidad de Lima, dentro del partido bonaerense de Zárate, un doctor en Economía de 37 años nacido en Santa Fe decidió romper con la teoría de escritorio para dar una batalla cultural y concreta en el territorio. Gastón Vigo Gasparotti dejó la comodidad de la empresa familiar y una prominente carrera académica para fundar Akamasoa Argentina, replicando la gran obra del sacerdote argentino Pedro Opeka en Madagascar.

Akamasoa en lengua malgache significa “los buenos amigos” y es un movimiento humanitario compuesto por 5.000 voluntarios que construyen un oasis de esperanza mediante el trabajo, la educación y la disciplina. Sirven pensando que el otro tiene cinco litros de sangre, 206 huesos y es un ser humano, por lo que con eso basta para que suden juntos con el fin de progresar y salir de la extrema pobreza que intenta quemar el espíritu. En el predio de Lima, los propios vecinos y familias en situación de vulnerabilidad levantan sus casas de ladrillo y hormigón, cultivan sus alimentos en huertas comunitarias, capacitan a sus adultos en oficios y garantizan la escolarización de sus hijos.

Sin embargo, la historia de Vigo Gasparotti no solo impresiona por la dimensión de su gestión social, sino por el trasfondo humano que nutre su empatía. En el fuero más íntimo de su biografía habita una vivencia dolorosa: los abusos sexuales que sufrió durante su infancia a los 7 años. Un trauma que durante 27 años permaneció silenciado y que intentó tapar detrás de la hiperactividad académica, la acumulación de títulos de posgrado y una autoexigencia feroz. Fue precisamente al sumergirse en la realidad más postergada, escuchando las historias de sufrimiento y resiliencia de las familias vulnerables, donde encontró el espejo para sanar su propia herida y volcar ese proceso en el libro El dolor, la traición y la esperanza, escrito junto a su padre, Javier Vigo Leguizamón.

–Tu infancia y adolescencia transcurrieron en la ciudad de Santa Fe, en un entorno familiar que te brindó oportunidades de formación. ¿Qué cercanía tenías de chico con la realidad social más desprotegida? ¿Tu sensibilidad frente a la pobreza la mamaste en tu casa o se despertó de grande? 
–Fui a un colegio en donde el lema era “ser con y para los demás”. Permanentemente se nos proponía la posibilidad de ayudar en aquellas miserias cercanas al colegio, misionar en el norte. Y eso me hizo conocer otras realidades. A quince minutos de donde yo apoyaba la cabeza en la almohada, había alguien sufriendo. Eso sin duda hizo que nunca olvidara que cuando uno mira a los ojos a la miseria, no hay forma de no tener esa función de ayudar, de buscar la forma de unir esfuerzos, de transpirar a la par, de estar para el otro, junto con el otro. Sin duda, y contestando porque son dos preguntas en una, en mi casa tenían dos grandes hábitos que me los inculcaron y despertaron esa intencionalidad de siempre ayudar y de tener una vida atenta al que sufre, al que está en la marginalidad. Mi madre, cada vez que alguien tocaba el timbre, me decía: “Le das un sándwich, pero lo hacés pasar. Le preguntás si va a la escuela, si necesita útiles, si vos lo podés ayudar a brindarle los conocimientos que tu colegio está recibiendo”. Eso era un sacudón, porque me crié haciendo la tarea con otros que tenían realidades distintas. Y mi padre me decía: “Gastón, siempre poné tus ideales por encima de cualquier interés económico”. Eso también hizo de que yo jamás priorizara mi bienestar individual por encima de la posibilidad de ayudar a los colectivos.

–Durante mucho tiempo la autoexigencia, la excelencia académica y el trabajo social funcionaron como una “máscara” o coraza para tapar el inmenso dolor de los abusos que sufriste de chico. ¿Esa herida silenciosa fue el motor inconsciente que te llevó a entregarte a los más vulnerables? 
–Sin duda, si no hubiera sufrido todo lo que padecí de los siete a los catorce años, no hubiera tenido la capacidad de hermanarme en el dolor cuando uno ve las otras historias. No es que la cruz de uno se disminuya, pero tiene la posibilidad de entender que todos cargamos tristezas, traumas, que podemos ser personas que hemos sufrido pero no personas que estamos predestinadas a una vida que sea una agonía constante. El servicio me dio la paz que yo no tenía y me dio la fuerza para decir la verdad. Si no hubiera escuchado a tanta gente abusada, jamás hubiera dicho lo que a mí me había pasado, porque uno escondía. Escondía con los libros, con los estudios, con el trabajo, tanto cuando lo hice en el mundo corporativo, en la academia, o después ya con la parte social. Fue fundamental ir a entender que esta lucha iba a ser espalda con espalda, cuerpo con cuerpo, alma junto con almas. Eso hizo de que no quisiera ser un hipócrita, que quisiera desnudar mi verdad porque otros también lo hacían. Así que sin duda fue un motor inconsciente.

–La obra del padre Pedro Opeka en Madagascar, en la cual se inspiran, tiene un origen católico. Cuando decidiste volcarte de lleno a replicar ese proyecto en la Argentina, ¿qué peso tuvo esa identidad religiosa? ¿Fue esa base de fe compartida lo que te atrajo o el pragmatismo de ver un modelo metodológico que funcionaba en la práctica? 
–La obra de Pedro sin duda que tiene una raíz católica cristiana. Él es sacerdote, pero sobre todo es una obra humanitaria. Bien dice Pedro: “Si vas a ayudar a alguien, jamás le preguntes su credo religioso, su nacionalidad o su ideología. Ayudalo porque tiene cinco litros de sangre, doscientos seis huesos y es humano, pero eso basta”. Me encanta la idea que tiene Pedro de la fe. Es una fe que vuelve a las raíces, a las raíces que inculcó Jesús con sus actos, con su vida: entregarse hasta el final, no ser mezquino, no enamorarse de los discursos, de los sermones, de las palabras bonitas, sino que nuestras acciones sean lo que respalde nuestra fe. Que lo que hagamos en el día a día tenga un correlato con lo que pensamos y con lo que sentimos. Esa fe compartida a mí también me hizo leer el Evangelio de otra forma. Me di cuenta de que solo se puede ser cristiano si se es humanitario. Porque uno puede ser humanitario sin ser cristiano, sin ser católico, pero uno no puede ser cristiano católico si no es humanitario. Porque Jesús fue claro: “Cuando veas un hambriento dale de comer, cuando veas un sediento dale de beber, cuando veas un peregrino recíbelo, cuando veas a alguien en la cárcel visítalo y cada vez que veas un niño ayúdalo, porque lo estarás haciendo conmigo”.

–En contextos donde la urgencia inmediata suele ser el plato de comida de hoy, ¿cómo se logra que una familia confíe en un proyecto a largo plazo que le exige esfuerzo, horas de trabajo y pautas comunitarias estrictas en lugar de una asistencia estatal directa? 
–Que además de ese plato de comida, de esa urgencia, de esa necesidad que puede ser desde un plato de comida hasta una patología médica que no se ha resuelto, hasta un intento de suicidio o una adicción que les termina perturbando su día a día, se sostiene con mucha paciencia. Diciendo las cosas con franqueza, acompañando la urgencia, no disminuyéndola, acompañándola. En Akamasoa todos comen, a todos se los ayuda en temas psicológicos, en temas legales, en temas de salud. Pero naturalmente se les dice: si uno quiere vencer, derrotar, ganarle pulgada a pulgada a la pobreza, va a tener que trabajar, va a tener que estudiar, va a tener que tener disciplina, va a tener que aprender a vivir en comunidad. En donde el respeto, el diálogo, la paz, el esfuerzo mancomunado, la ayuda mutua y el esfuerzo individual serán pilares. Lo que nosotros hacemos, que es fundamental para sostener ese proyecto de largo plazo que pregonamos y que vamos logrando objetivos de mediano, de corto y de largo, es la transpiración compartida. Ese anclaje invisible que hace que nos miremos y nos conozcamos.

–Después de estos años de trabajo cotidiano en Lima, lidiando con la burocracia, la falta de recursos y las condiciones duras de la provincia de Buenos Aires, ¿qué es lo que hoy te devuelve los pies a la tierra o te hace sentir que vale la pena todo este esfuerzo?
–Lo que me hace sentir esa satisfacción de que vale la pena todo el esfuerzo son los triunfos, las victorias en medio de las derrotas. Cuando veo que los niños juegan, cuando un adulto consigue su casa, termina los estudios, cuando alguien puede sostener unas horas de trabajo, cuando decide retomar los estudios, cuando dice la verdad si no pudo sostener una semana de estar limpio con la adicción contra la que lucha. Cuando empieza a ver mejores hábitos y trata a sus hijos con amor y a su pareja también, cuando tienen actos de misericordia, de compasión, de compañerismo, cuando se esfuerzan aunque no lo sepan todos pero lo intentan como la primera vez. Cuando son auténticos, cuando sueñan, anhelan y van detrás de ello, cuando se caen y al otro día lo vuelven a intentar, cuando saben pedir perdón, cuando se reconocen humanos y aprenden a convivir con otros que, aun pensando distinto, están abrazando la misma causa.

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