Por Santiago Sesto Marsico
Walter Bulacio tenía 17 años, era fanático de San Lorenzo y de los Redondos, quería estudiar Derecho y trabajaba de ayudante en un campo de golf para pagarse el viaje de egresados. El 19 de abril de 1991 se subió a un micro con sus amigos desde Aldo Bonzi rumbo al estadio Obras Sanitarias, donde esa noche tocaba Patricio Rey. No tenía entrada. Quería conseguir una en la puerta o esperar a que habilitaran la entrada para quienes no habían podido comprar, como pasaba en los shows de la banda.

Pero nunca entró. Una batida de la Policía Federal lo interceptó en los alrededores del estadio. Lo trasladaron a la Comisaría 35º, donde lo golpearon. Cuando llegó al Hospital Pirovano, le preguntaron quién lo había lastimado y respondió: “Fue la yuta”. Murió el 26 de abril. Antes de salir de su casa esa noche le había prometido a su abuela María Ramona que iba a cuidarse.
LA MÚSICA COMO RESPUESTA
Tras la muerte de Bulacio, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota se alejó de los escenarios y comenzó la grabación de La mosca y la sopa, publicado el 27 de octubre de 1991 bajo el sello Del Cielito Records. No hubo comunicados. No hubo conferencias. La respuesta fue el disco.
El título viene de un prólogo que el Indio Solari escribió para el arte de tapa, al estilo de sus columnas en la revista Cerdos y Peces. La imagen es simple y brutal: hay una mosca en la sopa. Un comensal rechaza el plato. Otro saca la mosca y sigue. El tercero la exprime hasta la última gota y come todo. Al final del texto, casi de paso, escribe: “Puede que alguna de estas noches no nos encontremos aquí ya. Puede ser cualquiera de nosotros el que se va al pasado”.
El disco abre con “Toxi-Taxi”, y desde los primeros segundos hay algo tenso en la guitarra de Skay Beilinson, algo que no busca convencer sino incomodar. Skay no toca para lucirse, toca para decir lo que con las palabras solas no alcanza. “Fusilados por la Cruz Roja” lleva esa energía más lejos, con un swing oscuro que parece describir exactamente el clima de una Argentina donde la democracia tenía casi diez años pero la policía operaba como si el tiempo no hubiera pasado.
Después de eso, el disco respira. “Un poco de amor francés” y “Mi perro dinamita” no abandonan la tensión, pero la procesan desde otro lugar, más íntimo. El Indio canta como si las palabras tuvieran doble fondo, como si lo más importante siempre estuviera un poco más abajo de lo que se dice. Esa forma de cantar, esa sensación de que cada verso guarda algo sin terminar de explicarse, es lo que convierte a estos temas en clásicos: no se agotan. Cada escucha encuentra algo distinto.
“Blues de la artillería”, con Lito Vitale en teclados como invitado, es el momento más abierto del álbum. Sergio Dawi suma saxofón y armónica en capas que amplifican algo que el disco sostiene todo el tiempo: esto no es catarsis individual sino algo compartido por una comunidad que procesó un golpe sin saber bien cómo nombrarlo. “Tarea fina”, con Luis “Mississippi” Robinson en armónica como invitado, es otro de los puntos altos: más contenida, más quieta, pero igual de cargada.

El cierre es “Queso ruso”, el tema más extraño y quizás el más honesto del álbum. Muchos interpretan la letra como una reflexión sobre la Guerra del Golfo con una complejidad que desconcierta en la primera escucha y se va abriendo con el tiempo. Hay algo en esa canción que resume lo que el disco entero propone: el mundo es complicado, la violencia no siempre tiene nombre claro y la música sola no va a resolver nada de eso. Pero puede quedarse al lado.
UNA FORMA DE DIGNIDAD
Lo que La mosca y la sopa transmite, y que es imposible separar de lo que pasó antes de grabarlo, es una forma específica de dignidad. No la del que alza la voz y exige, sino la del que aguanta el peso de lo que ocurrió y encuentra la manera de seguir. Los Redondos no nombran a Walter en ninguna canción. Pero en los shows que siguieron al disco, una foto de Walter con la palabra “JUSTICIA” apareció en las pantallas del escenario. Al final de cada recital, el Indio repetía: “Salgan tranquilos, vayan en paz”. Era todo lo que podían hacer y también era mucho.
El comisario Miguel Ángel Espósito fue condenado en 2013, más de veinte años después, a tres años de prisión en suspenso sin cumplimiento efectivo. Nunca estuvo preso de manera real. La abuela de Walter, María Ramona, encabezó las marchas durante más de dos décadas. Murió sin ver lo que consideraba justicia.
La mosca y la sopa no da respuestas. No pretende hacerlo. Abre una pregunta que el prólogo deja sin resolver: cuando la mosca está en la sopa, ¿qué hacés? El disco existe en ese espacio sin consuelo fácil. En esa incomodidad que sostiene sin apuro, hay más verdad sobre la Argentina a principios de los 90 que en cualquier análisis de la época. Treinta y cinco años después sigue siendo un reflejo de la realidad.
