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martes, noviembre 3, 2026

“En el Complejo Teatral de Buenos Aires las cosas siempre suceden”

Por Sofía Menica

El Teatro Sarmiento bordea el mítico Jardín Botánico de Buenos Aires. Ubicado sobre la avenida de su nombre, el edificio fue inaugurado a finales de la presidencia de Agustín P. Justo, en enero de 1937. Esta obra que le da un sentido elegante a la arboleda de Carlos Thays empezó siendo un teatro infantil. Sin embargo, en un acontecimiento patético, fue convertido en un depósito del Zoológico hasta que en 1955 la municipalidad le devolvió su identidad artística, quizás con el presagio de que con el pasar de las décadas incorporaría otros géneros teatrales.

Magdalena Berreta Miguez es productora técnica de esta sede del Complejo Teatral de Buenos Aires. Trabaja en el Sarmiento desde desde 2017 y cuenta que el equipo se encarga de fabricar los vestuarios y los objetos de utilería ahí mismo, por lo que “siempre está bueno ir a ver, aunque sea la escenografía, el vestuario, la puesta”. 

—¿El vestuario y la escenografía los realizan con plata de la venta de entradas?
—No, es con el presupuesto del Gobierno de la Ciudad. Se encarga de comprar todos los materiales y las escenografías que están acá. Este año no sé si hay tanto presupuesto. A veces, es menos. Las cosas se compran tarde, pero se terminan comprando. En el San Martín siempre se encuentra la manera de que igual suceda, con alguna productora de afuera que pone plata o con algo, las cosas suceden. Había otras épocas donde acá había más plata y había más obras o las obras eran más grandes. En lo personal, para mí, después de Milei todo fue en decadencia. Ahora capaz es una obra muy grande y a veces se lleva todo el presupuesto, y lo otro queda más relegado.

—¿Cuáles fueron las últimas obras? ¿En alguna pasó algo tierno, gracioso o misterioso que recuerdes?
—La última obra que hicimos acá fue para el Festival Internacional de Buenos Aires (FIBA), de unos chicos que la trajeron de España, se llama Mónica. Está basada en una historia real que trata de una pareja de dos chicos. La mamá de uno de ellos estaba viva y la otra no, y las dos se llaman Mónica. Es como una biografía de ellos donde nombran a sus madres. Y me acuerdo de que ese fin de semana que la montamos acá se hizo todo en tres o cuatro días, pasaron cosas raras en el Teatro. No fue una opinión personal. Yo lo sentí al toque, pero todos lo sentimos, hasta los actores.

—¿Qué cosas?
—Se nos quemaron cuatro tachos de luces en simultáneo. Durante la función hubo un corte de luz, que puede pasar, pero fue una seguidilla de cosas. Veinte minutos sin luz. Había una energía rara. Pero no eran ellos. Ellos no tenían mala energía. En uno de los camarines de una de las secciones del teatro salió volando un tubo de TBC de una manera muy insólita. Es verdad que se largó una lluvia muy fuerte ese domingo y que había viento, pero no adentro del teatro. Se cayó un tacho de luz en un momento, también se rompió una morsa.

—En estos casi diez años que llevás trabajando en el Teatro, ¿recordás alguna persona que participó que te haya llamado la atención por cómo resultó ser?
—Sí, a Marilú Marini. Las últimas obras que hicimos fueron Manifestum, donde ella fue la actriz, y La lluvia de fuego, que se hizo en la Sala Casacuberta, y ahí fue directora. La verdad, si me preguntás, le dije “volvé” (risas). Porque fue ella como humano. Cómo coordinó el equipo y su manera de trabajar, y que todo fluyó. Hay veces que los directores son recaóticos y veces que no. O son muy déspotas. En el caso de ella, no. Es un amor. Igual, creo que todo el mundo la quiere porque es un ser especial. Y tiene una manera tan dulce y tan copada para trabajar, y tan atenta… Y tiene todo en su cabeza. Es una mujer grande pero muy lúcida. Super amor. También me acuerdo de las hermanas Marull. Con ellas hicimos una obra hace muchos años, en pandemia, que se llama Lo que el río hace. Como las primeras funciones fueron en pandemia, las grabamos, las hicimos en el Teatro San Martín, en la sala Coronado. Ellas también, unas genias.

—¿Qué te gustó de las hermanas Marull o de trabajar con ellas?
—Pasa que el teatro tiene esta cosa de estar corriendo por todos lados y a veces es un caos, y bueno, somos personas. Cuando te topás con gente copada es como que te acordás. Trabajamos bien con ellas, y la obra es buenísima. Es divertida, lloras y te reís a la vez.

—Y de Marilú Marini, además de lo que mencionaste, ¿qué otra cualidad podés destacar?
—Es una persona que tiene la obra en la cabeza, que sabe dirigir y sabe lo que quiere. Ella se sabía los nombres de todos, y nos acababa de conocer. Somos un montón allá en el San Martín, entre utileros, sonido, luces… Y te veía que bajabas o a lo lejos, y ya te estaba saludando, o te traía facturas.

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