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viernes, noviembre 6, 2026

Movilizaciones por el costo de vida y la educación pública sacuden a Europa 

Por Fausto Solano Pomar

Europa se encuentra en un cierre de año agitado. Las calles de Francia y España están colmadas de jóvenes manifestantes desde septiembre y no parece que la situación vaya a apaciguarse pronto. Durante el fin de semana del 17 y 18 de octubre, las protestas se intensificaron en Italia, Albania, Portugal y Bélgica y, más allá de sus formas, los reclamos evidencian problemáticas que golpean tanto a la juventud europea como a la sociedad mundial.

En Francia, entre 550.000 y 800.000 personas marcharon el sábado 17. La crisis educativa sigue como motor de las protestas desde hace semanas: docentes y estudiantes reclaman salarios dignos para los maestros, quienes tan solo cobran 1,2 salarios mínimos netos por mes (1.700 euros aproximadamente), y rechazan la propuesta del Gobierno de aumentar 1,2 mil millones de euros en el presupuesto educativo de 2027 a costa de recortar personal.

También reclaman por las malas condiciones de la infraestructura —se estima que el 80% de los establecimientos educativos tienen más de 50 años de antigüedad— y que las aulas no dan abasto para la cantidad de alumnos, quienes padecen el calor extremo en el verano y el frío hostil de los inviernos europeos dentro de los edificios. Además, con la incorporación de la Confederación General del Trabajo francesa, los reclamos se ampliaron más allá de lo educativo y ahora demandan mejoras salariales, mayores pensiones y la baja del costo de vida y el petróleo. 

La jornada del 17 de octubre derivó en disturbios y represión policial. Laurent Nuñez, ministro del Interior, confirmó más de 1.200 detenciones, 150 policías heridos, establecimientos dañados y tiendas saqueadas. En redes sociales circularon videos que mostraban al ayuntamiento de la ciudad de Limoges, a 440 kilómetros al sur de París, en llamas, enfrentamientos entre policías y manifestantes y saqueadores que llevaban a cabo sus robos. El presidente Emmanuel Macron habló en cadena nacional al día siguiente y advirtió: “Los que destruyeron deberán pagar, los que saquearon deberán devolver lo robado y los que intentan hacer caer a la República deberán responder por ello”.

Este descontento se extiende por el continente. España lleva semanas movilizada tras el desalojo de Maricarmen, la ya fallecida anciana de 87 años que no pudo pagar un aumento del 200% en su alquiler, y continúa sus reclamos por la crisis de vivienda. Por su parte, el presidente Pedro Sánchez adelantó las elecciones de 2027 para el 29 de noviembre de este año y disolvió el Congreso tras la derogación de dos decretos que buscaban combatir la crisis. También se realizaron marchas por la educación pública y la Unión General de Trabajadores convocó una huelga general para el 11 de noviembre.

En algunas ciudades de Italia como Milán y Roma, las manifestaciones iniciaron como réplica de las francesas. 400.000 personas marcharon el mismo fin de semana por el alto costo de vida y las políticas de carácter neoliberal que impuso la presidenta Giorgia Meloni. Además, los jóvenes se pronunciaron en contra del límite de extranjeros en las escuelas, tomaron institutos y se instalaron en campamentos. 

Aun así, el fenómeno no se limita a grandes potencias europeas. En Albania, las protestas estudiantiles en contra del gobierno escalaron a tal punto que los manifestantes incendiaron la Corte Suprema y exigen la renuncia del primer ministro Edi Rama. Bélgica también está sumergida en protestas estudiantiles por el presupuesto 2027 y el costo de vida, y manifestantes en Portugal imitan el modelo de los españoles y acampan por su crisis habitacional. 

El fenómeno también repercute en Latinoamérica con protestas en Argentina, Colombia y México que comparten mucho con las de Europa. Pero más allá de las particularidades de cada país, las marchas en todo el mundo exponen una incertidumbre de los jóvenes hacia el futuro, principalmente causada por la crisis de vivienda y educación, el costo de vida y el cambio climático. 

Aunque es temprano para determinar del todo su impacto, las movilizaciones ya sacuden la agenda política europea, fuerzan respuestas inmediatas de los gobiernos y reconfiguran el panorama electoral. Evidencian que, en un contexto mundial caracterizado por el encarecimiento del costo de vida y deterioro de los servicios públicos, el descontento social encontró en la juventud un medio para expresarse y sostener dignamente los reclamos de múltiples países.

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