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viernes, noviembre 6, 2026

Las visitas papales a la Argentina, de Juan Pablo II a León XIV

Por Santiago Sesto Marsico

Durante 1987 Juan Pablo II recorrió diez ciudades argentinas en plena primavera democrática. Casi cuatro décadas después, el país que espera la llegada de León XIV es una sociedad profundamente distinta en su política, su economía y la intimidad de sus creencias.

El 6 de abril de 1987, cuando el avión papal tocó tierra en Buenos Aires, la Argentina intentaba dar sus primeros pasos en libertad. Raúl Alfonsín gobernaba un país entusiasmado por el retorno del orden constitucional, pero acorralado por la inflación y las sombras aún frescas de la dictadura. Durante seis días, Juan Pablo II encabezó un recorrido espiritual que atravesó diez ciudades de nueve provincias y la ciudad de Buenos Aires, y movilizó a casi cuatro millones de personas. La imagen del Sumo Pontífice polaco rodeado de multitudes en la avenida 9 de Julio quedó grabada como una postal emblemática de aquella transición.

Debajo de la devoción masiva, los primeros roces entre la doctrina católica y la realidad social ya eran evidentes. Mientras el Papa advertía en sus discursos sobre los riesgos de la secularización, el Congreso de la Nación debatía la ley de divorcio vincular, aprobada finalmente el 3 de junio de 1987, casi dos meses después de su llegada. La Iglesia conservaba un lugar de peso como mediadora institucional y reserva moral del país, pero la ciudadanía comenzaba a reclamar autonomía sobre su vida privada. Para colmo, apenas cuatro días después de la partida del Santo Padre, el levantamiento carapintada de Semana Santa expuso las profundas fracturas que todavía amenazaban a la joven democracia.

Casi cuarenta años después, el cuadro política y social es otro. La Argentina que aguarda a León XIV atraviesa la experiencia libertaria de Javier Milei, marcada por el repliegue del Estado, la desregulación económica y un fuerte desacoplamiento respecto de la política tradicional. El cambio va mucho más allá de quién ocupa el Sillón de Rivadavia, la sociedad actual ya no busca grandes certezas colectivas. Se mueve al ritmo de la cultura digital, procesa la realidad a través de las redes sociales y mira con escepticismo a las instituciones que en el siglo pasado moldeaban la vida comunitaria.

Esa transformación se advierte en el mapa de las creencias. Los estudios sociológicos del Conicet muestran un cambio de fondo en la relación de los argentinos con la religión. Según las encuestas nacionales de 2008 y 2019, la población que se declaraba católica pasó del 76,5 por ciento al 62,9. Al mismo tiempo, el grupo de personas sin filiación religiosa escaló del 11,3 al 18,9 por ciento, porcentaje que alcanza los 24,7 puntos entre los jóvenes de 18 a 29 años. En paralelo, las comunidades evangélicas ganaron terreno y pasaron del 9 al 15,3 por ciento de la población.

Más allá de los números, cambió el modo de vivir la fe. El argentino del siglo XXI suele construir su espiritualidad por cuenta propia, sin someter sus pautas éticas, su sexualidad ni sus opciones electorales a los mandatos eclesiásticos. La sanción de la ley de matrimonio igualitario en 2010 y la legalización del aborto en 2020 reflejaron un proceso de laicización que ya habitaba en la vida cotidiana.

En 1987, la palabra papal funcionaba como un faro institucional para una sociedad en reconstrucción. En 2026, la llegada de León XIV encuentra a un país fragmentado y pragmático, donde ningún liderazgo moral sostiene un monopolio. La Argentina que lo recibe no es la feligresía obediente de finales del siglo XX, sino una comunidad secularizada, diversa y acostumbrada a tomar sus propias decisiones.

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