Por Constanza Berdún y Martina Gutiérrez
El bloqueo del estrecho de Ormuz, desencadenado tras los bombardeos de Estados Unidos e Israel sobre Irán a fines de febrero, trajo consecuencias que se extienden en todo el mundo. Por allí transita aproximadamente el 20% del consumo mundial de petróleo. Cuando quedó interrumpido, el efecto fue inmediato: cada amenaza de cierre disparó el barril Brent por encima de los 90, 100 y hasta 120 dólares. Además, los precios de fertilizantes como la urea registraron un incremento del 35% en un solo mes, con consecuencias directas sobre la producción agrícola mundial.
Martín Schapiro, analista en relaciones internacionales, sostiene: “Los países más ricos van a encontrar problemas y malestar por parte de sus consumidores, que deberán pagar los bienes más caros, pero no deberán enfrentar ajustes radicales en su calidad de vida. En países y sectores más pobres, el impacto de los aumentos incide directamente en el uso de la infraestructura de transporte y la alimentación de las personas. Muchos quedarán debajo de la línea que divide satisfacer o no las necesidades básicas“. Los datos de los organismos internacionales confirman este diagnóstico. Según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, hasta 32 millones de personas podrían caer en la pobreza si la crisis se prolonga.
Pese a los golpes recibidos, Irán no emerge del conflicto como un actor derrotado en términos políticos. Según Schapiro, “el gobierno iraní aparece más fuerte políticamente y las especulaciones iniciales sobre un cambio de régimen aparecen menos verosímiles aun cuando sufrió algunos golpes sobre su capacidad milita”.
“En este sentido, todos estos países deberán replantear su relación con Irán con el fin de obtener alguna garantía de no ser atacados en el futuro, ya sea mediante acuerdos o mediante la generación de capacidades de disuasión”, señala el analista.

A pesar de los intentos de mediación por parte de Pakistán y Omán, el estrecho de Ormuz sigue bajo un régimen de bloqueo, lo que ha llevado a un estancamiento del comercio marítimo y a un alza significativa en los costos de transporte. Para Beijing, la duración de la crisis es una variable estratégica en sí misma. En palabras de Schapiro: “La apuesta de China es que sus reservas excedan a la duración del conflicto y dañen más a los Estados Unidos por vía de inflación que a China”.
En una actividad realizada por el Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) en la que se discutieron las consecuencias del conflicto en el estrecho de Ormuz, José Siaba Serrate, economista y miembro del CARI, sostuvo que “la derrota geopolítica de Estados Unidos es formidable” y que “no hay ninguna ganancia para él de esta situación”, refiriéndose a los beneficios que podría tener el presidente estadounidense Donald Trump a partir del conflicto.
Pakistán aparece como un actor con incentivos propios para buscar una salida diplomática. Schapiro explica: “Pakistán tiene interés en una estabilización de la situación como vecino de Irán, como socio político de Estados Unidos, aún con los problemas de la relación, y como aliado muy cercano de China; además, Pakistán es un país consumidor y relativamente pobre. En este marco, su rol como mediador puede ayudar a resolver un conflicto que le resulta incómodo, además de sumar soft power como país capaz de generar diálogos entre posiciones irreconciliables“.
Pero a pesar de los intentos de mediación por parte de Pakistán y Omán, el estrecho de Ormuz sigue bajo un régimen de bloqueo, lo que llevó a un estancamiento del comercio marítimo y a un alza significativa en los costos de transporte.
Edición: Martina Gutiérrez Borda
