Juan Graña: “El problema es que la convertibilidad era un sistema super rígido”

El 1º de abril de 1991 comenzó a regir en la Argentina la Ley N° 23.928, que establecía la convertibilidad del austral, el signo monetario de entonces, con el dólar estadounidense a una relación de 10 mil australes por dólar. Luego, el austral tomó el nombre de peso argentino y se le “quitaron” cuatro ceros, por lo que la relación con el dólar pasó a ser de 1 a 1. El Plan de Convertibilidad había sido diseñado por el equipo económico del presidente Carlos Saúl Menem, encabezado por el economista Domingo Felipe Cavallo, con la intención de reducir la inflación y estabilizar la economía. 

Según el economista Juan Graña, dos procesos importantes derivaron en un período de estabilización durante la década de 1990: En principio, la década de 1980 fue muy complicada para América latina, sobre todo por la deuda externa, y en segundo lugar por la alta inflación”. En ese sentido, la Argentina optó por fijar el tipo de cambio y el Banco Central (BCRA) funcionó como una caja de conversión: por cada dólar que ingresaba se emitía un peso convertible.

La convertibilidad fue la medida principal dentro de un sistema económico cuya rigidez aseguraba no solo su estabilidad, sino también su credibilidad. El objetivo de este modelo era reducir el campo de acción del Estado a partir de normas como el financiamiento del déficit mediante emisión monetaria, con la intención de evitar que la ley fracasara.

¿En qué contexto económico se desarrolló el Plan de Convertibilidad?
―La Argentina venía del Plan Austral de 1985, que tuvo un éxito importante al principio pero que después se descontroló. El Plan Primavera fue más pequeño y también fracasó, y ya en 1989 vino la primera hiperinflación. Eso generó un clima de época. En 1990 hubo una segunda hiperinflación en el gobierno de Menem, y la complicada continuidad económica llevó a un plan de estabilización súper estricto que fue la Ley de Convertibilidad. El problema fue la forma de aplicarlo, que fue lo que nos llevó a las consecuencias sociales y productivas de la década de 1990 y finalmente a la crisis de 2001.

¿Cómo fue recibido el plan tanto en el plano nacional como en el internacional?
―A partir de principios de los 90, con la caída del muro de Berlín (fin del bloque socialista de Europa del Este), el neoliberalismo y el consenso de Washington (conjunto de reformas financieras para países en desarrollo), había un contexto internacional que avalaba planes de estabilización de esa magnitud y violencia. En la Argentina, evidentemente, la población aceptó eso y le pareció bien, a tal punto que hubo una reforma constitucional en 1994 y Menem ganó la reelección cómodamente en 1995. Entonces el conjunto de variables internacionales y nacionales cerraron en que el principal objetivo era parar la inflación sin importar el costo, sobre todo porque las consecuencias se vieron más tarde y no inmediatamente.

Con la restricción del BCRA para emitir, ¿de qué manera se vieron afectadas las políticas sociales?
―En la década de 1990 la política social era muy reducida, no solo por las limitaciones del BCRA para emitir, sino que gran parte del sistema de seguridad social que existía no se había adaptado a la situación de la desocupación, que era un rasgo nuevo. La política social era muy pequeña y contaba con pocos recursos. Estaba centralizada en problemas de asistencia muy focalizada, como el Plan Trabajar 1, 2 y 3, que eran subsidios muy pequeños a una parte chica de la población. El deterioro de la situación social fue brutal. Cuando hablás de niveles de inflación arriba del cinco mil por ciento, la discusión es completamente otra. Fue una situación extremadamente compleja y evidentemente todos los cañones apuntaron a resolver la inflación lo más rápido posible.

―¿Cómo afectó la paridad en el tipo de cambio a los productores y los comerciantes nacionales?
―Cuando un plan de estabilización tiene éxito en bajar la inflación, sobre todo una inflación tan alta como la de 1990, inmediatamente genera una reactivación económica. La estabilización vuelve a hacer aparecer el crédito y entonces hay un boom de consumo. Gran parte de las instituciones que tiene la Argentina hicieron que los salarios reales se recuperaran. Entonces, en ese contexto, la estabilización fue muy positiva en términos económicos después del shock inicial. La economía argentina en 1991, 1992 y 1993 creció muy rápido y se terminó de cerrar el consenso a favor de la convertibilidad. Menem había parado la inflación, y existía la idea de que era un problema del pasado. Además, los costos económicos y sociales de la sobrevaluación empezaron a tener efecto sobre el empleo y sobre la distribución de ingresos más adelante. A partir de 1994 empezó a haber tasas de desocupación muy altas, cercanas al 14 y 15 por ciento. Ahí efectivamente comenzó a romperse el consenso, no de la estabilización, sino de la idea del plan de convertibilidad. Luego, con la segunda crisis de la deuda mexicana, la Argentina entró en una recesión porque se retiraron capitales y la caja de conversión implicaba que la economía se debía achicar. Sin embargo, la salida que aplicó el gobierno fue, en vez de flexibilizar, reforzarlo. Eso incrementó los costos del régimen y los costos para salir. Por un lado, se necesitaba empezar a pensar en la salida mientras los incentivos económicos iban para el otro lado. El sistema político estaba anclado en sostener la convertibilidad y ni siquiera los costos sociales evidentes lo hacían cambiar de idea. 

¿Hasta qué punto se podía sostener el plan?
―En esa época se planteaba que la convertibilidad era un esquema de corto plazo para estabilizar y después salir, pero tuvo mucho éxito en términos políticos. Además, con la crisis del Tequila (escasez de reservas y devaluación en México) se fue reforzando el hecho de continuar. El principal problema en estos planes de estabilización es que el tipo de cambio normalmente se aprecia y aumenta el poder de compra. Mientras estabilizás, tenés una inflación más alta que la de Estados Unidos, entonces cualquier tipo de cambio que dejes fijo se va a apreciar. Esto afecta la competitividad, la producción y las exportaciones, entonces después de la estabilización hay que corregir. Cuando se logra bajar la inflación se devalúa o ajusta el tipo de cambio para recuperar esa competitividad que se necesitó para estabilizar. El problema es que la convertibilidad era un sistema súper rígido. Si se intentaba salir de la convertibilidad se podía generar un caos. En el refuerzo de la convertibilidad, durante la crisis del Tequila, muchas empresas comenzaron a tomar deuda nominada en dólares, mientras tenían ingresos en pesos, como si el 1 a1 fuera para siempre. Entonces, salir de la convertibilidad implicaba generar una situación muy complicada para las empresas en términos de su balance. Eso lo hacía muy difícil de salir sin costos. Por ejemplo, el Plan Real Brasileño era un esquema mucho más flexible, que sirvió para la estabilización y permitió la continuidad económica. En la Argentina salir implicó la crisis de 2001. Prohibir una herramienta de política económica tiene problemas, porque en algunos contextos, necesitás tener algún tipo de cambio para que los ajustes no sean brutales, necesitás poder emitir para compensar la caída de ingresos.

Por Manuel Mandelman y Facundo Cabrera

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